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El vacilón del mambo al chachachá

El vacilón del mambo al chachachá

El vacilón del mambo al chachachá
septiembre 09
06:49 2014

Cuando Rosendo Ruiz (hijo) compuso en 1955 su Rico vacilón  —el chachachá más interpretado y reproducido mundialmente, dicho sea de paso—, el autor seguramente usaba el término vacilón en el sentido de embriaguez que antiguamente le daban nuestros mayores en el habla popular cubana. La palabra pegó, pero con un sentido diferente. Amplió su campo semántico —o, más exactamente, se resemantizó—, de manera que empezó a emplearse para referirse a la diversión y la juerga, así como a la vida muelle y regalada. De ahí que al chachachá a menudo se le relacione con el esplendor de una época en que se afianzaba la modernidad, se popularizaba la televisión y la vida nocturna habanera se prolongaba hasta el amanecer.

Pocas veces, sin embargo, se identifica al chachachá como la variante del danzón (más precisamente, del danzón-mambo) que en realidad es. Bailado por nuestros tatarabuelos desde Las alturas de Simpson (1877), el danzón se había mantenido durante décadas como opción número uno en los bailes de sociedad gracias a sucesivas innovaciones. Algunas tan revolucionadoras como la incorporación del montuno en el famoso danzón El bombín de Barreto (1910); o la creación en 1929 del danzonete, un híbrido sonero que inició la era de los vocalistas en las charangas.

Pero el danzón tiene un formato fijo y no es tan dúctil y maleable como el son. Pertenece a una familia de géneros que, al modificarse mucho, mutan y se transforman en un nuevo producto (contradanza> danza> danzón>mambo>chachachá). De modo que cuando a fines de los años treinta los hermanos Cachao lanzan el danzón de nuevo ritmo (también denominado moña), se le desataron todas las amarras al danzón. De bailar en un solo ladrillo, se pasaba a la soltura coreográfica de lo que finalmente se conoció como mambo.

El nombre de mambo le venía del danzón homónimo (Mambo, 1938), un hecho que sin querer marcó un punto de inflexión en la historia de la música bailable de la Isla y mucho más allá, indudablemente. Durante largos años los distintos monarcas del género reinaron a un tiempo, aunque disputándose el trono e incluso la paternidad de la criatura. Cada uno en su estilo, cada cual en su sede: Dámaso Pérez Prado, el Rey del Mambo, en México, DF; los Mambo Kings, en Nueva York; y los mamboseros de La Habana, con el cetro del ritmo en la Playa de Marianao.

Tomando el mambo como punto de partida, una década después el violinista y compositor Enrique Jorrín se propuso hallar un ritmo más fácil de bailar. En vez de seguir el camino trillado, cambió de rumbo y llevó más lejos la experimentación con el danzón-mambo en la Orquesta América. Le transformó radicalmente el montuno y el resultado fue toda una revolución musical.

La innovación, acentuada por el coro de los músicos cantando al unísono, causó tal sensación que el maestro Jorrín decidió cortarle el cordón umbilical al montuno separándolo totalmente del danzón. De ese modo nacía el chachachá, como se ha encargado de contarnos el propio Jorrín:

   “Casi al principio de empezar a componer observé los pasos de los bailadores del danzón-mambo. Noté la dificultad de la mayoría en los ritmos sincopados, debido a que los pasos de los bailadores se producen a contratiempo, o sea en la segunda y cuarta corchea del compás 2/4. Los bailadores a contratiempo y las melodías en forma de síncopa hacen en extremo difícil la colocación de los pasos con respecto a la música. Empecé a hacer melodías con las que se pudiera bailar sin necesidad del acompañamiento, procurando hacer las menos síncopas posibles. […..] Con melodías casi bailables por sí solas y el balance que surge entre melodías a tiempo y contratiempo es que nace el Cha-cha-chá”.*

El chachachá surgía pues, hace más de sesenta años, por la interacción dinámica  entre la orquesta y el salón de baile, pero sin que su creador tuviera plena conciencia de su novedad ni sospechara toda su trascendencia. A tal punto que La engañadora aparecía con el rótulo de mambo-rumba en la primera grabación con los estudios Panart en 1953.

No existía aún el nombre ni se tenía siquiera una noción clara del chachachá como género, aunque desde Silver Star (1949) y otros temas precursores ya se había puesto de moda un baile que retumbaba en el salón como un golpe triple (cha-cha-cha) por la cadencia de tres pasos que seguían los bailadores. De ahí que Jorrín terminara llamándolo chachachá y con ese nombre onomatopéyico lo lanzara al mercado. El estribillo “chachachá, chachachá, es un baile sin igual”, más que un eslogan de autopromoción, se convirtió en una verdad de validez universal.

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* Helio Orovio, Diccionario de la música cubana, Editorial Letras Cubanas, Ciudad de la Habana, 1981

Sobre el autor

Nicolás Águila

Nicolás Águila

Periodista cubano con residencia en Madrid, licenciado en Filología Inglesa, Nicolás Aguila ha sido colaborador de numerosos publicaciones en varios países, entre ellas Cubanet y la Revista Hispano Cubana. Ha trabajado como docente universitario, traductor y editor de revistas médicas. Residiendo en Brasil obtuvo por concurso una beca de ICI para curso de profesores de español en Madrid. Ha realizado numerosos cursos de posgrado en el área de Lingüística Aplicada y enseñanza de idiomas en Cuba, Brasil y Estados Unidos.

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