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El verano en que Dios dormía (fragmento I)

El verano en que Dios dormía (fragmento I)

El verano en que Dios dormía (fragmento I)
febrero 18
18:54 2014

El calor me abrasaba. Mis ojos se quemaban de mirar. Tenía la sensación de que mi piel hervía. Todo se fue cubriendo de una neblina que, empujada por el aire, creaba una cortina de seda que danzaba con el viento y me acariciaba el rostro. Me mareaba. Sentí fatiga. Y una luz que se acercó logró disipar la neblina. La debilidad cesaba. El calor disminuía. Sentí el chasquido de los remos en el agua. El viento arrastraba un olor a batalla ganada o por ganar. Luego supe que el brillo venía de un farol, no uno cualquiera, eso lo supe desde el primer haz de luz que cayó sobre mis ojos. Varias siluetas aparecieron traídas por un bote que llegó escoltado de peces plateados, levantaron los remos, y una figura de adolescente, vestida con traje negro y cuerpo menudo, fue la primera que descendió sosteniendo el farol, creí reconocerlo, ¿será posible? Y me le acerqué. Era José Martí. Sin dejar de mirarme avanzó hasta la balsa que estaba vacía, mis compañeros de viaje seguían desaparecidos; entonces desconfié de lo que miraba, de mí, de lo que soy, ¿me estaré convirtiendo en un enajenado? El Maestro depositó la lámpara en una esquina de la balsa, después se detuvo frente a mí y sentí su mirada tibia, pero fugaz, y encontré una agonía infinita en sus ojos que ocultó con rapidez, me dijo algo que no logré comprender, pero en sus palabras me llegó una sensación de seguridad, aquella bondad mágica que sólo había encontrado en mi madre en esos instantes volvió en voz de hombre. Y comencé a creer en lo que ocurría. Y moví la cabeza reafirmando. Luego caminó para unirse a sus acompañantes, les señaló hacia la bruma, y se alejaron. Por un rato mantuve la mirada por el lugar donde dejé de ver sus siluetas. ¡¿Maestro?!, creo que grité. Y unos deseos incontrolables de correr para alcanzarlo,  tomarlo de la mano y pedirle que no la soltara nunca. Que deseaba mantenerme a su lado para siempre. ¿Sería un sueño? Quedé como un niño a quien se le han perdido sus padres. Sentí el susto y el dolor del músico cuando se le parte la cuerda del violín a mitad del concierto. La luna, que se había escapado de otra noche más vieja que esa, regresó para llevarse las estrellas. Y se fueron. Me mantuve un rato temblando, un frío que nacía en mi mente y amenazaba con no extinguirse jamás. Me sentí como un tronco que la marea lanzaba a la orilla. Una cruz clavada en la playa.

El Maestro depositó la lámpara en una esquina de la balsa, después se detuvo frente a mí y sentí su mirada tibia, pero fugaz, y encontré una agonía infinita en sus ojos que ocultó con rapidez, me dijo algo que no logré comprender, pero en sus palabras me llegó una sensación de seguridad, aquella bondad mágica que sólo había encontrado en mi madre en esos instantes volvió en voz de hombre. Y comencé a creer en lo que ocurría.

Encima de la balsa me quedaba el brillo del farol que trasmitía algo más que fulguraciones, un resplandor que me cubría y cambiaba la temperatura, me bañaba, tenía el cuerpo frío y completamente húmedo. Pronuncié mi nombre, regresa, me dije: no puedes tener pensamientos negativos: la muerte no ha subido a esta balsa ni se hizo para ti, me insistí. ¿Te rindes? No tientes ni siquiera la posibilidad de rendirte. Si estoy aquí es para cumplir los sueños, y no habrá nada ni nadie que lo impidan, finalmente razoné. El canto de un gallo avisó que la oscuridad huía como un gato perseguido y era como si amaneciera otra vez.

De repente volví a escuchar las voces del resto de las personas que me rodeaban sobre la balsa, comenzaron a aparecer sus siluetas como si nada hubiese sucedido, sólo yo había presenciado la visita del Maestro. También distinguí a mi madre y a mi novia, estiré el brazo para tocarlas y no las pude alcanzar, hasta que deposité el pie sobre la balsa y el escalofrío desapareció.

–¿Qué sucede, mi amor? –preguntó mi novia desde la orilla.

–Nada –respondí.

Todo el tiempo que estuve mirando la aparición, la piel se me mantuvo erizada. Ahora no sé si la visión me hizo dichoso o por el contrario, trataba de evitar mi partida. Lo cierto es que la tristeza se adueñó de mí más que nunca a partir de esos segundos. La visita de Martí, a pesar de la alegría, de hacerme sentir la persona más importante del universo, me sabía a presagio, una incógnita que no era gratuita. Desde entonces trato de buscarle el sentido, tengo que saber cuál es el objetivo, el mensaje que el Maestro me quiso trasmitir; o si, en cambio, estaba completamente loco y aquello no había sucedido más que en mi imaginación.

–Dios está con ustedes –aseguró mi madre mientras caminaba hasta la balsa con el agua llegándole a la cintura; cuando llegó a mi lado, cerró los ojos y, orando, me persignó.

La abracé por última vez. Quería decirle tantas cosas. Necesitaba pensar que fue Dios quien subió conmigo a la balsa. ¿Por qué insistir en otro? Quizá si le contaba a mi madre la visión, lo que me acababa de suceder, ella me explicara, me convenciera de la verdadera intención del mensaje; pero no quedaba tiempo ni era el lugar para todas las explicaciones y detalles que ella me pediría. Por encima del hombro de mi madre, vi en la arena las marcas del bote que irrumpió en unos instantes de la noche más larga, y los pasos dibujados que se perdían entre los riscos hacia el empinado farallón.

Sobre el autor

Ángel Santiesteban

Ángel Santiesteban

Ángel Santiesteban (La Habana, 1966), escritor y bloguero, es autor de “Dichosos los que lloran”, “Los hijos que nadie quiso” y "El regreso de Mambrú" (Premio de Narrativa 'Reinaldo Arenas'), entre otros libros. Su obra ha sido acreedora de galardones como el Casa de las Américas y el Premio Nacional de Literatura Independiente 'Gastón Baquero' (2016), entre otros. Su novela “El verano en que Dios dormía” obtuvo el Premio Internacional Franz Kafka de Novelas de Gaveta en 2013, y en 2016 ganó el Premio de Narrativa 'Reinaldo Arenas' por "El regreso de Mambrú".

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