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El verano en que Dios dormía (fragmento II)

El verano en que Dios dormía (fragmento II)

El verano en que Dios dormía (fragmento II)
mayo 29
14:43 2014

Nos dimos la espalda con ganas de no habernos conocido, guardábamos demasiado dolor. Y en realidad no me alegré, quizá siempre quise verme como el equivocado, el rajado, el tipo que no supo entender las exigencias de mi tiempo. Tuve más deseos de gritarles traidores, porque a pesar de todo confié en ellos, que en sus manos las cosas serían mejores. Pero entonces, al verlos huir como yo, me dejaban sin aliento, sin esperanzas, sin la duda de haberme equivocado. Supe que necesitaba la duda, me era necesaria para reflexionar conmigo mismo. Ahora me quedaba sin el polo opuesto. Y sentía tristeza. Al carajo la historia, la épica, las ideologías. A la mierda todo. Al final siempre queda el ser humano al desnudo. Y quizá sea ese el momento que más importe y esta sea la enseñanza.

–Oye, Rafael –me gritó–, ¿no me vas a desear suerte?

–Jódete –le respondí.

Entonces sonrió como si no le importara.

–Está bien –dijo como algo inevitable mientras levantaba los hombros–, sólo recuerda que marineros somos y por la mar andamos.

Seguro era otra de sus amenazas. De todas formas, comprendí que era un enemigo declarado y debería cuidarme siempre que se cruzara en mi camino. Le guardaba rencor por el daño que me había hecho, pero sobre todo, al profesor de filosofía. Él era mi gran oponente, la persona que me había enseñado a pensar. Mi Rafael María de Mendive, salvando las distancias. Antes de mi desilusión, mi profesor me obligaba, a través de las discusiones, al análisis desde distintos ángulos. En los años en que yo defendía la revolución, sus ideas pegaban en mi cabeza como en un yunque. Y nunca trató de confundirme ni de cambiar mis ideas. Sólo se empeñaba en que razonara:

–En nuestro socialismo a la cubana es inevitable que tus neuronas se oxiden por la maldita monotonía de hacer diariamente una tarea cualquiera que no te reporte nada nuevo en meses, quizá en años; el tedio es un himno que nos despierta cada mañana y lo arrastramos por el resto del día hasta la hora de dormir, o como diría la clase proletaria cuando se les pregunta qué hacen: “aquí, machacando en baja”; lo peor es que sientes que la juventud se acaba y ese hecho no puedes hacerlo reversible. Miras a tus padres –decía y se rascaba incesantemente la cabeza–, en los rostros de esa generación, en la que me incluyo, se pueden ver grabadas las malas noches de las guardias de milicia, el sol incrustado en la piel, el sello de tantas zafras, sus esperanzas gastadas desde hace mucho tiempo por el cansancio y el sacrificio acumulado durante tres décadas, las ilusiones frustradas por lo que parecía imperecedero y ya no lo es, la gran debacle, la realidad que creímos imposible: la eterna hermandad que se juró con la Unión Soviética, convertida ahora en tantos Estados para quienes ya no somos importantes, cada uno intentando sobrevivir: se olvidaron de la historia compartida en el mismo bando, de las aventuras que emprendimos de mutuo acuerdo, de la sangre que se derramó, de que este país se convirtió en una provincia, un municipio, un koljoz, donde todos no éramos más que comisarios políticos –y lo decía con rabia, lastimado por una realidad que quiso cambiar y le negaron desde su primer intento de discernimiento–. También pagamos por ser sus aliados, por confiar ciegamente en la falsa fortaleza del muro de Berlín que se desmoronó y sus ladrillos son subastados en el mundo para ser usados como pisapapeles. Desde entonces comenzamos a desconfiar de todo lo que parecía ser y no fue. Ahora cada palabra nos resulta falsa, el Lenin que nos enseñaron a amar es una ofensa para la humanidad y ultrajan y derriban sus monumentos; nos educaron con el respeto a Stalin, por haber salvado el socialismo en la Segunda Guerra Mundial; lo que no dijeron es que fue otro gran asesino, que le construyó campos de concentración a su propio pueblo; recuerdo que nos pedían participar en el recibimiento a Honecker, a Ceausescu, con los hijos tomados de la mano a mover banderitas durante horas y bajo el sol, al borde de las calles, sin alimentos ni agua, para verlos pasar sólo unos instantes, todo ese sacrificio para ellos, que no merecían nuestra ingenuidad –decía con los ojos inyectados en lágrimas–. Creo que las grandes diferencias de los que defienden el socialismo y el capitalismo pueden ser aceptadas y respetadas por quienes las asuman de un lado o del otro –me aseguraba mi profesor de filosofía–. Pero en la Isla, el gran dilema del sistema caribeño está en que no es una cosa ni la otra, ese socialismo de mercado, además sólo para extranjeros, y es lo que lo hace diferente al de China, es un híbrido el cual no puedo digerir, me supera –decía–. Sin sumar la sensación de monarquía con que se administra el tesoro público, o el de un Pontífice guiando su rebaño en materia de política, fíjate que el nombre de guerra que eligió: Alejandro… fue el mismo que escogió el papa Borgia… Esto es una gran finca: Birania –repetía varias veces y abría los ojos como si quisieran salirse de sus órbitas–. Por eso, aunque sigan exhortando a tu generación con lemas, discursos y buenas intenciones, ya no convencen. Entonces es cuando se te unen la incertidumbre, el miedo y el cansancio.

La presentación el martes 3 de junio, desde las seis de la tarde, del libro de Ángel Santiesteban-Prats “El verano en que Dios dormía”, premio Franz Kafka de novelas de gaveta en 2013, estará a cargo de los escritores Carlos Alberto Montaner y Antonio Correa Iglesias en la Casa Bacardí de la Universidad de Miami (1531 Brescia Avenue, Coral Gables). La periodista Karen Caballero presentará el premio JOVENAJE y conducirá el evento, que contará con el arte de Raudel Collazo, Luis Eligio de Omni y Floyd Heglichs.

Y recuerdo por mi experiencia que fue así. Primero es una idea vaga, lejana, que toma fuerza en sueños, palabras no premeditadas, acciones, una chispa apenas perceptible que crece, comienza a hacerse notar, algo caliente que te obliga a pensar de otro modo, te amarga, nada te parece bien, lo criticas todo, te angustias, todavía sin saber en realidad qué es exactamente, y tienes descomposición de estómago, vómitos, fiebre, nauseas, acidez, los mismos síntomas de las embarazadas, pero con la diferencia del odio que sientes hacia el monstruo que se te va creando dentro, sin poderlo detener, y hacia ti mismo por ser el creador, y peor que a las embarazadas, porque no valen inyecciones de aborto ni legrados. Se concibe fuera de tu alcance y posibilidades de evitarlo.

Hasta que llega la crisis de no aguanto más, y dices en cien maneras diferentes la dolorosa decisión: Hasta aquí las clases, Me voy, Me largo, Brinco el charco, Me tiro, Al Norte, Voy tumbando, Pa fuera, Adiós, Lolita de mi vida, Parto, Completo Camagüey, Rajo, Abre que voy, Ojos que me verán ir, jamás me verán volver, Para luego es tarde, Como una veleta, Abandono el juego, Boto, Pa la poma, Montaré el tubo, Zafo, El manisero se va, Pelo suelto y carretera, Tumbo catao, Me echo a la mar, Al yelo, Barco parado no gana flete, Fastear, Malecón y 90, Voy quitao, Rompo el corojo, Como una tapa de lata, Hasta Santiago a pie, Con un cohete en el culo, Pongo pies en polvorosa, Me esfumo, Paticas pa qué te quiero, Abre camino, El último tren, San Blas: el que come y se va, Me evaporo, Voy abajo, La güagüita de San Fernando: un rato a pie y otro caminando, Me soplo, Paso doble, Bato las alas, Tumbo la mula, Hasta la vista, baby, Voy echando humo, Con el carcañal pegándome en la cabeza, Chillo goma, Me evaporo, Chancleteando, Aguántate de la brocha que me llevo la escalera, Voy volao, Emigro, No se me verán los pies, Me salgo, La peste el último, Voy a tomarme la Coca Cola del olvido, Me mudo, Paso a mejor vida, Como alma en pena que se lleva el diablo, Quemo el tenis, Daré el salto, Voy quintiao, Me piro, Me voy con los malos, Recoge la maleta y el bastón, Vuelo el caballo, Echo un pie, Andarín Carvajal, Me puse las pilas, Andando se quita el frío, Pa la yuma, Voy en bora, Ajilo, carajo, Voy que chiflo, Use tenis Tortoló, Alzo el vuelo como Matías Pérez, Voy soplao, Caminito del guaimaral, Me salgo del plante, Acomódate, que el viaje es largo, Tunturuntu, Aprieto el culo y le doy a los pedales, Me bajo, Al carajo albañiles, que se acabó la mezcla, Como bola por tronera, Voy que jodo, Rompo el cuentamilla, Me voy para el monstruo, Levanto el vuelo, El perro tiene cuatro patas y emprende un solo camino, Se va del parque, Pongo la quinta, Voy para los Amarillos de la costa, Quemo las naves, Me tiro la toalla, Hago las maletas, Voy pa el frente, Pincho el caballo, Que el último apague el Morro, Me voy como un volador de a peso, Tumbantonio, A bolina, Me libré, Huye pan, que te coge el diente, Hasta más ver, Escapo como Skipy, Viento en popa, Me voy a pique, Abriré una raya, Me voy al carajo, Al yanqui, Pa el gringo, Vuelo supersónico, Me afeitaré con Gillette, Espanto la mula, Me lanzo, Voy fugao, Alantifá, Se los dejo en los callos, Me desaparezco, Fuera de juego, ¡Y me cago en el coño de mi madre!; de pronto, esa idea se convierte en lo más importante de tu vida, en la meta a alcanzar por sobre todas las cosas. Vas a encontrar miles de obstáculos que te amenazan con cárcel, muerte, sufrimiento, pero ya nada te va a importar, ni siquiera tu propia vida, porque echarla al mar, a la pura suerte, para luego encontrarte a oscuras en aquel plato inacabable, sin bordes, dentro de esta boca de lobo que amenaza con tragarte, es una locura. Pero nada te detendrá.

Sobre el autor

Ángel Santiesteban

Ángel Santiesteban

Ángel Santiesteban (La Habana, 1966), escritor, bloguero y disidente, es autor de “Dichosos los que lloran” y “Los hijos que nadie quiso”, entre otros libros. Su obra ha sido acreedora de premios como el Casa de las Américas, el premio de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) y el Alejo Carpentier. Su novela “El verano en que Dios dormía” obtuvo el Premio Internacional Franz Kafka de Novelas de Gaveta, en 2013. Tras sufrir un juicio amañado y ser condenado a cinco años, se encuentra recluido en una prisión de La Habana.

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