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El viaje de Silvia (V)

El viaje de Silvia (V)

El viaje de Silvia (V)
octubre 09
03:58 2014

Por un lado, su intención era devolvernos la visita, unos cuantos meses después de que mi mujer y yo voláramos a Copenhague y Malmö en pleno invierno, pernoctáramos en su casa y conociéramos el Báltico y el estrecho de Oresund, el canal que une a dos países a través de un puente que es un hito ingeniero mundial.

También Silvia vio una oportunidad de conocer Barcelona, con la magnífica circunstancia –¡modestia, apártate!- de que unos lugareños le enseñarían la ciudad al margen de los típicos recorridos turísticos y a la vez dentro de éstos. Sin tener que treparse a un autobús con balcón a la calle, esos viajes guiados por la voz de una bella mujer, como ocurre generalmente.

Pocos días antes, yo había regresado de Cuba. Fui a despedirme de mi madre que estaba al borde de la muerte. Alcancé a verla y abrazarla con vida y regresé a mi casa con el corazón hecho un lío de sentimientos. Es cierto que, al cabo de unos diez años más o menos, el emigrante ya no es íntegramente de un lado ni de otro. Su alma y su vida misma están divididas en mitades que no tienen necesariamente por qué pesar lo mismo. En mi caso, a fuerza de realidades, la balanza se había inclinado hacia el lado de acá debido a que en Cuba lo había perdido casi todo.

Estaba triste -¡cómo no estarlo en medio de un trasiego de emociones fuertes al cruzar el Atlántico!-, pero deseaba recibir a Silvia; incluso puedo decir sinceramente que lo necesitaba. No es la típica cubana que utiliza siempre la nostalgia como arma fundamental; si estuviera ceñida exclusivamente a los recuerdos no hubiera amarrado sus señas en un puerto nórdico; no hubiera aprendido a hablar perfectamente en idioma sueco; no hubiera estudiado una carrera allá, donde la luz viaja a una velocidad mucho más rápida que en el Trópico.

Silvia me tenía como un buen hombre y amigo, todavía como un adolescente tranquilo que usaba su hidalguía sin ánimos de lucro. Me recordó aquellos días en los que le ofrecí albergue en mi casa de Nuevo Vedado, en La Maison, como bautizó ella misma aquel caserón semi abandonado y con ángel. El ángel debía ser yo, pero esto a decir verdad es un error de apreciación. No recuerdo casi nada de su estancia en mi casa durante la semana en la que Silvia escapó no sé por qué de al lado de su madre. Para ella debió de ser sumamente importante y guarda un recuerdo positivo de mí. Por si acaso, ya que ha pasado el tiempo -veinte años-y estábamos sentados en una terraza de un bar de Barcelona, lejos de todo aquello, le pregunté si en esos días había pasado algo entre nosotros. Me miró tranquilamente a los ojos y me dijo que no.

Yo me quedé más sosegado y le propuse bajar Las Ramblas por fin. Estuve esperando ese momento, idealizándolo como si me ganara la vida mostrando la calle más típica de Barcelona. A mí me llevaron de la mano la primera vez, lo cual agradezco infinitamente. Ahora me tocaba hacerlo, con mi experiencia de subirla y bajarla a todas horas –incluso de madrugada, porque Las Ramblas nunca duermen. Comenzamos por la Fuente de Canaletes, el bebedero que, según dicen, garantiza el retorno del forastero. Y fuimos bajando poco a poco vigilando nuestros bolsos de mano. Hasta el final, hasta casi tropezar con el obelisco donde, en lo alto, está Cristóbal Colón señalando la ruta de las Indias. Entramos en las callejuelas laterales que considero más importantes, y no porque tenga en mis manos la verdad absoluta, claro que no. Más bien lo hice siguiendo a mis pies, que se iban solos hacia mis lugares preferidos. Le dije a Silvia que esa jornada veríamos la línea recta de Las Ramblas –con dos o tres desvíos hacia el Mercado de La Boquería, que es espectacular y conserva una estructura Modernista, y un par de plazas aledañas que me inspiran buen rollo. Solamente Las Ramblas es un viaje; es un escenario de estatuas humanas, quioscos, dibujantes de caballete, prostitutas, chulos, timadores, vendedores ambulantes de cerveza (esto último de noche), turistas atontados, turistas despiertos, gente semi desnuda y alguna desnuda que caminan sin mirar atrás; carretilleros, artistas, ancianos apostados en los bancos, ingleses que vienen en manadas a participar de una despedida de solteros; vendedores de aves y, en fin, todo tipo de material.

Las Ramblas –alrededor de dos kilómetros en dirección al mar o viceversa- se parecen mucho al Paseo del Prado de La Habana, aunque sin aquellos leones de bronce. También hay que decir que son más estrechas, pero han tenido la suerte de estar cuidadas a la vuelta del tiempo. Las fachadas a ambos lados –incluyendo una muy famosa, la del Teatro del Liceo- muestran en general un magnífico estado de conservación. Al final, en dirección al mar –un regalo que tenía guardado para Silvia-, Las Ramblas se abren como un delta en una explanada que sirve de pórtico a los muelles del puerto. Allí, como una isla, han construido un centro comercial y lúdico llamado Maremágnum, al que se accede por una pasarela de tabloncillos que incluso crujen con ese fantástico sonido de la madera. Le propuse a Silvia descansar allí, sentados en una de las plataformas laterales de la pasarela antes de continuar viaje mar afuera. Es un decir. La primera vista del Puerto del Barcelona, bajando por Las Ramblas, es una dársena artificial, con canales por donde se cuelan buques incluso de gran calado.

Miré el reloj y, según mis cálculos, debía entrar el Isla de Botafoc, el ferry que cubre la ruta entre Barcelona y las Islas Baleares. Estuve meses esperándolo, cada día, junto a un anciano al que le hacía ilusión recibir a los pasajeros que llegan de Mallorca con las cajas de ensaimadas en las manos. Siendo honesto, Juan, aquel viejecillo inquieto que cuidé, fue el que me enseñó los manejos del puerto, los muelles a los que se puede acceder hasta prácticamente tocar los barcos. Estuve recordando aquellos tiempos mientras Silvia ordenaba sus pensamientos sentada a mi lado en el suelo, mientras observábamos a los turistas fotografiarse con las líneas del paisaje marítimo detrás.

El Isla de Botafoc, no sé por qué razón, no entró ese día. O al menos no entró a su hora.

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Sobre el autor

Jorge Ignacio Pérez

Jorge Ignacio Pérez

Jorge Ignacio Pérez, periodista, escritor y fotógrafo radicado en Barcelona durante once años, vive actualmente en el sur de la Florida. Reportero y cronista, graduado de la Facultad de Periodismo de La Habana, trabajó durante una década como columnista de teatro en Cuba. Desde febrero de 2007 es el autor de un blog personal llamado Segunda Naturaleza (www.queridobob.blogspot.com), que se ocupa principalmente de asuntos políticos y culturales de España, Miami y Cuba. Trabaja actualmente como editor del portal Cubanet

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