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El viaje de Silvia (VII)

El viaje de Silvia (VII)

El viaje de Silvia (VII)
enero 13
18:54 2015

Desde todos los puntos de la ciudad, a pie de calle, veíamos un curioso edificio, unas veces silueteado por el contraluz y otras –al atardecer, cuando el sol se pone detrás de la montaña– marcando detalles en su fachada lisa, como si esos detalles fueran poros abiertos en una piel humana.

Antes de que Silvia me preguntara, con uno de esos arranques de pertenencia que tenemos sobre las cosas, los objetos, la materia en general, le indiqué, supongo que el primer día, la presencia de un cuerpo extraño perfectamente identificado en el perfil urbano de Barcelona. Es una rareza en forma de proyectil a gran escala, a punto de ser lanzado al cielo llevando en su interior un mensaje de paz. Otra cosa no podemos esperar de este mundo trágicamente marcado por el regreso de la lucha entre moros y cristianos. Después de la Guerra Fría y de lo que sufrieron nuestros padres por culpa del emplazamiento de misiles en territorio cubano, estamos obligados a quitarle hierro al asunto. Tenemos que ser lúdicos si queremos disfrutar de la vida. Tenemos que retomar la picardía, el choteo del que hablaba mi tocayo Mañach, aunque solo sea por momentos.

En ese plan andábamos, mezclando los matices serios de la historia de Catalunya con el panorama que ahora teníamos delante. Allá arriba, en el mirador del Parque Güell, no encontrábamos la rígida bala de cañón –¿todas las balas son rígidas, no?– que se veía desde todas partes. No era la vista cansada, no era falta de perspectiva ni obnubilación de los sentidos producto de jornadas tan intensas de exploración de Barcelona. Sencillamente no estaba.

Insistí en buscarla. La Torre Agbar, que vi levantar con mis propios ojos en los alrededores del Teatro Nacional de Catalunya, en la circunvalación del antiguo mercadillo de las Glòries e icono más reciente del sky line barcelonés, había desaparecido, justo unos minutos después de que Silvia y yo estuviéramos en su base, entráramos en la planta baja y lo admiráramos desde la acera torciéndonos el cuello, como mismo sucede a los advenedizos en Nueva York.

–No es una cosa del otro mundo –pensó Silvia, tal vez, digo yo.

Silvia está acostumbrada a ver un torso desnudo y giratorio de 54 plantas, obra del arquitecto valenciano Santiago Calatrava. La monumental elevación está en el paisaje de Malmö, al sur de Suecia, la ciudad donde vive. Pero está prácticamente sola, buscando el cielo sin rivalidades. En cambio, la torre que teníamos delante y que luego desapareció, ha llegado después de los altos pináculos de la Sagrada Familia y también de los dos rascacielos del litoral –el hotel ARS y la torre Mapfre- construidos estos últimos para la época de las Olimpíadas. Además, esto tiene un elemento diferenciador.

–Fíjate bien –sugerí como quien no quiere decir las cosas.

Silvia sonrío. La forma fálica es evidente, sea o no intencional en los planteamientos del arquitecto.

–¡Y espera a verla de noche! –dije, tirándola de la mano hacia las escalerillas eléctricas del metro.

Desde la terraza mayor del Parque Güell, sin embargo, no se veía. No la podían haber quitado mientras viajábamos en el metro. Era un problema de apreciación.

-O de ángulo –comenté muy seguro de que aparecería, aguzando la vista en el panorama azuloso y también medio gris, cuyos cambios de tonos iban a ratos, en dependencia de la posición de las nubes con respecto al sol.

La Torre Agbar, al fondo de la imagen, está en el centro de la polémica sobre la arquitectura actual de Barcelona (foto de Jorge Ignacio Pérez)

La Torre Agbar, al fondo de la imagen, está en el centro de la polémica sobre la arquitectura actual de Barcelona (foto de Jorge Ignacio Pérez)

Silvia estaba muy feliz disfrutando de los balcones sinuosos del parque, fotografiando a una jovencita portuguesa que hacía un dibujo a mano alzada, a su lado. No me gusta gritar, así que me contuve cuando la vi, lo que se veía de ella, detrás de la Sagrada Familia. Llamé a Silvia y le indiqué la posición. Solo faltaría que no la encontrara, porque entonces me hubiera quedado yo mismo dudando de la realidad de las cosas. Pero sí, vio lo que se veía desde allí, la punta redondeada del proyectil, colocada entre las torres talladas del templo de Gaudí.

–¿Es como si lo poseyera, no? –Silvia buscó solidaridad en mí.
–¿Como si poseyera a quién? –me hice el desentendido.
–Bueno, esto parece un tema religioso/sexual.
–Sí, por supuesto que lo es –dije–. Por obra y gracia de las casualidades. No creo que el arquitecto haya calculado su obra desde aquí. Pero fíjate en el simbolismo…
–¿Cuál?

Los ojos de Silvia y los míos morían de ganas de bromear. Queríamos divertirnos por el solo hecho de estar ahí, colocados por nuestros propios pies, en medio de una turba de extranjeros –¿acaso no lo somos también?– analizando a una ciudad que tiene personalidad propia, legendaria dentro de los caminos del Mediterráneo. Precisamente, ese mar lo teníamos detrás del paisaje, tranquilo, como le gusta estar. Quedaba en el aire el simbolismo de la punta del iceberg, lo que se suele ver a manera de aviso.

Esa noche, sin planificarlo, Silvia y yo nos fuimos de copas con licencia extraordinaria de mi mujer. El dueño del bar adonde la llevé, trató de conquistar a mi invitada.

(continuará…)

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Sobre el autor

Jorge Ignacio Pérez

Jorge Ignacio Pérez

Jorge Ignacio Pérez, periodista, escritor y fotógrafo radicado en Barcelona durante once años, vive actualmente en el sur de la Florida. Reportero y cronista, graduado de la Facultad de Periodismo de La Habana, trabajó durante una década como columnista de teatro en Cuba. Desde febrero de 2007 es el autor de un blog personal llamado Segunda Naturaleza (www.queridobob.blogspot.com), que se ocupa principalmente de asuntos políticos y culturales de España, Miami y Cuba. Trabaja actualmente como editor del portal Cubanet

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