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Eliseo Alberto, de la delación y los frijoles negros

Eliseo Alberto, de la delación y los frijoles negros

Eliseo Alberto, de la delación y los frijoles negros
agosto 02
14:43 2014

Eliseo Alberto Diego García Marruz, más conocido por Lichi en los ambientes, se ha convertido en una suerte de icono de la poscubanidad a la deriva. Lo mencionan por aquí y lo mientan por allá, con devoción e incluso con untuosidad, pero nunca para citar algo suyo memorable (que alguna frase citable debe habernos dejado), sino para gloriarse de haber gozado del privilegio único de su amistad o de haber saboreado sus famosos frijoles negros en México, DF. “Él era mi amigo”, se apresuran a engancharse en la biografía del malogrado escritor, cuando no en su bibliografía pasiva, figurones menos interesados en ser que en parecer, adictos al name dropping y al seudofamoseo, o nostálgicos del Camelot de saliva ubicado en Arroyo Naranjo.

La popularidad de Eliseo Alberto, sin embargo, viene de mucho más atrás; no de ahora que ha sido canonizado por una diáspora progre y provinciana que practica el autobombo mutuo hasta con los difuntos. En mis años de estudiante, en un acto de la Facultad en el teatro Mella, se apareció Eliseo Alberto a última hora, como los celebrities que se hacen esperar por la fanaticada. Al instante se formó el alboroto entre sus fans de ambos sexos. Qué arrastre y qué tronío. Era como cuando llegaba la papa al agro del barrio. “¡Llegó Lichi!”, exclamó un diletante de dientes postizos y casi se le cae la prótesis. El fan club de Lichi cayó en estado de éxtasis. En arrobamiento y embeleso total. Y yo, un muchacho de pueblo que no había acabado de soltar los ariques en La Habana, me dije caramba, ni que hubiera hecho su entrada triunfal el príncipe de Gales. Solo faltó la fanfarria de los heraldos trompeteros.

En esa época, a inicios de los setenta, de más está aclarar que Lichi no había publicado aún sus novelitas light (que para mi gusto no son gran cosa). Así que salta la pregunta inevitable: ¿por qué le hacían la ola como si fuera un rock star? ¿Era acaso el más alto, el más guapo o el más simpático? Mejor plantados y con más guara los había y nadie les daba tanta bola. Pero algo tendrá el agua cuando la bendicen. ¿Cuál era, entonces, el truqui? Nada, que la popularidad le venía de casta y pedigrí, diríase que por transitividad. Lo mismo que su hermana Josefina — “la dulce Fefé”, para la diáspora bobalicona—, Lichi era hijo de su papi, el famoso poeta Eliseo Diego, y para de contar. Pertenecía al clan Diego-Vitier García Marruz, dos de las familias cubanas más distinguidas en el ámbito del arte y la cultura, pero oportunistas hasta la pared de enfrente.

Por otro lado, no parece ser una leyenda del exilio de terciopelo, radicado o de paso por el Distrito Federal, el hecho de que Lichi se mostrara afable y cordial con todos en la distancia corta. Era lo que se dice un tipo buena gente, según la opinión unánime de los que lo trataron de cerca. Yo solo lo vi dos veces en mi vida y, para eso, de lejos. La segunda vez fue en Madrid, hará unos quince años. Presentaba, entre lloriqueos y sollozos, el ‘Informe contra mí mismo’, un texto catártico y revelador donde los haya.

En el libro nada menos que nos cuenta cómo, durante años, delató para la Seguridad del Estado a su propio padre. Una confesión demasiado fuerte y difícil de comprender. Ojalá que Dios, en su infinita bondad, lo haya perdonado. Pues lo que es a mí, eso no me cabe en la cabeza. Me disculpan, pero no creo que a tres años de su deceso sea inoportuno dejar esto en claro. Yo no perdono a ningún chivato, ni vivo ni muerto. Y mucho menos al delator de su papá.

Sobre el autor

Nicolás Águila

Nicolás Águila

Periodista cubano con residencia en Madrid, licenciado en Filología Inglesa, Nicolás Aguila ha sido colaborador de numerosos publicaciones en varios países, entre ellas Cubanet y la Revista Hispano Cubana. Ha trabajado como docente universitario, traductor y editor de revistas médicas. Residiendo en Brasil obtuvo por concurso una beca de ICI para curso de profesores de español en Madrid. Ha realizado numerosos cursos de posgrado en el área de Lingüística Aplicada y enseñanza de idiomas en Cuba, Brasil y Estados Unidos.

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4 comentarios

  1. Armando Añel
    Armando Añel agosto 02, 16:58

    La tradición hispana de la casta, tan cerrada, tan retrógrada, generosamente rociada de sociolismo. Gracias Aguila.

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  2. Ernesto Sotuyo
    Ernesto Sotuyo agosto 03, 22:24

    Mira que escribir así de alguien que no tiene derecho a réplica es cobarde.

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  3. Armando Añel
    Armando Añel agosto 03, 23:57

    cobarde es la autocensura. la muerte nada puede justificar.

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  4. Manuel Ballagas
    Manuel Ballagas agosto 05, 10:51

    Debo decir, a riesgo de que me acusen de “name dropping” y de “famoseo” que conozco a los Diego desde que todos -ellos y yo- éramos niños. Recuerdo haber pasado tardes jugando con ellos en la casa de la familia en Santa María del Rosario, si mal no recuerdo. A Lichi le volví a tratar en Cuba, cuando ya yo empezaba a escribir y él ni soñaba hacerlo. Luego, la vida la dictadura nos pusieron en sendas distintas. Su padre, gran poeta, siempre fue un gran oportunista también. Yo caí preso, mientras Lichi hacía carrera escribiendo artículos para la revista Cuba, como uno en que ensalzaba la tarea de los gaurdafronteras. Que estuviera también delatando a su padre es algo tan impensable como abrumador para mí. Pero digámoslo claramente: en un clan oportunista era de esperar algo así, sorprendente es que no haya sucedido algo peor. En sus últimos días, traté a Lichi por Facebook y él compartió conmigo el inicio de una novela que espero será póstuma. Le pregunté si todavía tenía la fe de sus padres y me dijo que sí, y entonces le aconsejé que pusiera su suerte en manos de Dios. Este, por lo visto, le quiso con él, buen o mal escritor, que eso allá no importa. Lo importante es que toda la mierda que hacemos por acá se perdone.

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