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En busca de Maurice Sparks

En busca de Maurice Sparks

octubre 29
19:55 2011

1-abc_ernesto_y_rodoApareció de improviso su nombre, debajo de un comentario ingenioso en aquel irreverente blog llamado Cuba Inglesa, de lectores muy crueles. Allí nada era sagrado. ¿Cómo lo iba a ser un tal Maurice Sparks, con pretensiones de escritor sajón a lo cubano? Nada de Maurice Sparks, lo llamarían Mauricio el Chispas, o simplemente El Chispas.

Una generación imbuida con novelas de aventuras, donde un enmascarado hacía mil peripecias sin descubrir su identidad, como El Zorro, La flecha negra y La máscara roja, nos ofrecía ahora un Maurice Sparks que se abría paso osadamente en el mundo de la palabra escrita. Evidentemente, su arma era el talento.

Como dice mi esposa Eva, soy convulsivo con lo que busco, y la tarea estaba en descubrir quién era el tal Maurice. Pensé primero en los amigos escritores más allegados, pero algunos estaban descartados. Talentosos eran, pero la brevedad no iba con su estilo y poseían, además, un ego inconmensurable. Citando a uno de ellos, podía terminar cada cuento hablando de sí mismo, no resistiría escribir con seudónimo y pasar de forma anónima con un cuento logrado, rechazando los aplausos, los halagos.

José Abreu Felippe mucho menos, él nunca quiso formar parte de ese, parafraseando a Sartre, cumbancheo literario llamado Cuba Inglesa; además, como me comentara un amigo, él escribe sólo ladrillos de setecientas páginas en adelante. Aquellos cuentos breves no iban con él.  Luis de La Paz no se hizo sospechoso, según él mismo menciona en su más reciente reseña, Maurice Sparks es un escritor focalizado. De La Paz no sería obviamente, ¿quién ha visto un bizco focalizado? ¿Sería Joaquín Gálvez? Qué va, su demasiada ética –a lo caballero de la mesa redonda– le impediría escribir con seudónimo. Además, el tal Maurice no mencionaba a La Otra Esquina de las Palabras. ¿Sería el mismo Armando Añel? Él sí coincide con Chejov en que la brevedad es hermana del talento, pero Añel dejó de ser sospechoso al darme cuenta que su diosa y dulcinea, llamada Idamanda, no estaba en ningún cuento. Denis Fortún fue un buen prospecto, pero no, Maurice no tenía cuentos de Cocozapatos ni de caperucitas rojas o cucarachitas martinas devenidas en jineteras. ¡Qué va! Denis fue descartado también. Y así seguí con muchos más, hasta que un día de presentación, en Delio Photo Studio, conocí a Ernesto G. Llevaba él unos espejuelos a lo Clark Kent antes de transformarse en Superman, o en Maurice Sparks, y exhibía una educación esmerada, extraña en nuestra caótica generación.

Un anglófilo en sus gustos musicales, un cineasta independiente que sabía trabajar en equipo con un ego sabiamente domesticado, al punto que no dejaba huellas. Me parecía un tipo sospechoso, tenía mucha vida y ese aspecto flemático le daba un aire de perfecto asesino en serie. No era extrema bondad –nada de eso–, era la capacidad de no malgastar el tiempo en discusiones inútiles. Decía que fajarse era lo más fácil, que lo más difícil era convivir.

Haciendo un paréntesis, durante un proyecto común de filmación, a varios pasos de La Carreta, le propuse tomarnos unas copas de vino; el efecto del alcohol para soltar la lengua es inigualable; además, alguien me había dicho que Ernesto G. se transformaba de Doctor Jekyll a Mr. Hyde con unos tragos.  Después de los primeros sorbos, lancé mi anzuelo diciendo lo que pensaba sinceramente sobre los relatos del tal Maurice Sparks. Le dije que, como Bukowski, era un tipo que no tenía tiempo para las metáforas, que tenía acierto estético y psicológico en sus personajes como Mark Twain, diálogos creíbles y prosa que se digería con agrado a lo Hemingway, historias de impacto, con economía de recursos y precisión de relojería, como los cronopios de Julio Cortázar. Pero yo no debía dejarme seducir por esa inevitable manía de ciertos críticos de buscarle una semejanza o una influencia a todo texto inédito o por publicar. En realidad lo marcaba la originalidad, no se parecía a nadie de los que merodeaban por nuestros pasillos literarios. Esa capacidad de digerir todo lo leído y amoldarlo a nuestra personalidad, a nuestro modo de decir o ver el mundo, es la clave para un estilo de expresión auténtico, y el misterioso personaje en realidad la tenía.

Después de escuchar aquello, mi sincera opinión, frente a la botella a punto de concluir, Ernesto G. me miró seriamente y con aire de seguridad me dijo: “Rodolfo, yo también escribo cuentos… en realidad yo soy Maurice Sparks”. Lo demás es historia, la afortunada decisión de una primera entrega de relatos que merecía el público, el propio convencimiento para tal propósito y un excelente libro: Los relatos de Maurice Sparks.

http://editorialsilueta.com/

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