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En la oscuridad de las ilusiones

En la oscuridad de las ilusiones

noviembre 22
00:18 2012

No recuerdo cuál fue la primera película que vi ni el primer cine al que fui. Lo que nunca he olvidado son las doce veces que tuve que ver en el final de mi infancia “La vida sigue igual” –en Cuba está peor–, que contaba la historia de Julio Iglesias. Mi abuela que me crió –pues mis padres estaban lejos: uno en la noche, otro en el comunismo– fue todos los domingos durante los tres meses que el filme se mantuvo en cartelera. Me usó como pretexto diciendo que me llevaba para divertirme. Mentira. Recuerdo cómo lloraba con la historia y cómo terminaba contento, cantando el tema que daba nombre al filme sin percibir que era solo una ficción y que fuera de la sala oscura ya nada sería como antes.

Debo confesar que llegué a odiar profundamente al cantante –que poco tiempo después fue prohibido–, no aguantaba más la melosa historia de final feliz.

Cuando la película salió de programación pensé que la libertad de la pre-adolescencia había llegado, engaño mío. Con un lapso de menos de un mes estrenaron “Nuevo en esta plaza”, otro melodrama español basado en la vida del torero Palomo Linares. El castigo dominical se repitió durante un mes en el cine “Apolo”, que estaba –siempre la duda del exilio– en esa calzada inmortalizada por Eliseo Diego. Hasta mi total rebelión de no soportar más toros ni canciones.

Lo inaudito es que nada de eso impidió que pocos años al frente, ya adolescente, mi pasión por el séptimo arte creciese. Claro que fue un conjunto de situaciones lo que contribuyó a mi inexorable retorno a la sala oscura.

Vivía en el Cerro  –que tiene… ya saben–, un barrio popular de los menos favorecidos pero que había heredado de un antepasado glorioso seis cines para una población interesada en otro tipo de arte. Uno de ellos, el “México”, estaba  –otra vez la incertidumbre– a cuatro cuadras de mi casa. Por otro lado era un pésimo pelotero –la mayor diversión de los niños de mi barrio–, nunca fui escogido para los piquetes de esquinas, hasta Chita “la marimacha”, hermana de Frankenstein –uno de los mayores hippies de La Habana, en otra ocasión les contaré–, jugaba mucho mejor que yo.

Ese contexto y la fascinación por las historias que pasaban del otro lado de la pantalla, en aquel lugar donde lo imposible era común, me llevaron a frecuentar casi diariamente la casa de las ventanas abiertas a los sueños. Por ser un cine de barrio, ya casi en ruinas con el techo lleno de huecos que permitían a la luz filtrarse o a la lluvia refrescar el insoportable calor del aire acondicionado que se nos negó, no pasaban estrenos, y sí películas de los años 30, 40, 50 y 60, la mayoría en blanco y negro. Podía parecer el peor de los lugares para cultivar ilusiones, pero debo admitir que aún conservaba una clásica elegancia con sus columnas redondas y trabajadas, con las pinturas ya ocres de sus paredes interiores y, especialmente, con la suntuosa entrada de cristales que desentonaba totalmente de la arquitectura del barrio.

Fue allí donde descubrí los clásicos del séptimo arte. En aquella época no sabía del privilegio que tuve al ver los mejores filmes de todos los tiempos. En un lugar –discúlpenme pero debo insistir– que todavía recordaba sus años de esplendor. La linterna mágica se iluminaba de lunes a viernes, de 5 de la tarde a 8 de la noche, y los fines de semana de 12 a 5.

Pagando solamente 40 centavos descubrí que el mundo era mayor y diferente de lo que habían aprendido hasta esos escasos años. Las palabras convertidas en imágenes  –o sería lo contrario– que salían de la oscuridad empezaron a modificar mi forma de pensar, que se llenó de  muchas preguntas para mi corta edad. Teniendo como compañía la soledad –pueden interpretar el sustantivo literalmente, pues no recuerdo haber compartido las sesiones con más de dos personas, y gracias a mi asiduidad, sólo pagué la entrada por más o menos un mes: Ante mi presencia diaria los dos funcionarios –el proyeccionista y la acomodadora, que también era la taquillera–, y vecinos que no conocí hasta ese momento, permitieron mi entrada gratuita.

El lugar misterioso de mi pubertad fue quedando en el pasado cuando ya había visto todos los filmes que disponían para un espacio casi surrealista. Esto no significa que lo haya olvidado, por el contrario recuerdo una madrugada de diciembre de 1995, en la que Ismael González Castañer y yo volvíamos a pie del Festival Latinoamericano de Cine. Al entrar en el canal –no se confundan geográficamente–, ese territorio prisionero de los muertos y de los vivos, decidimos pasar por el “México”, que ya llevaba algún tiempo cerrado. Nos sentamos en su portal con el viento invernal acariciando nuestras caras, y con la nostalgia en la punta de los ojos sentimos el olor de los recuerdos. Por un instante volvimos a la mocedad y lo fuimos, realmente sentimos eso que hoy tanto deseamos. Conmemoramos la suerte de haber tenido un cine casi particular que nos mostró que la vida no era tan limitada como pensaban la mayoría de nuestros amigos-vecinos.

Dimos gracias a ese viejo esqueleto urbano que abrió las puertas de nuestra imaginación y que nos enseñó que antes, mucho antes de que se escuche la palabra acción y se apaguen las luces de una sala, habrá alguien que en silencio inventa una vida deseada. No olvidemos que no hay mayor imaginación que la realidad.

Hoy sé que si tengo la escritura como oficio necesario de los mutismos y las angustias se lo debo a aquel sitio mágico que evoco en este texto, y que posiblemente no exista más. Quizás en su lugar haya un parque donde juega un niño sin saber que bien debajo de sus huellas está el cementerio de la ilusiones de mi infancia. El espacio donde nació la imaginación y empezó un sueño que aún no acabo. Ahora, con su permiso, paro por aquí, pues las luces ya se están apagando y en el viejo cine de mi barrio va a comenzar la función.

Sobre el autor

Javier Iglesias

Javier Iglesias

Javier Iglesias (La Habana, 1963). Poeta, traductor, guionista. Ha publicado el poemario “Mapa de soledad” y en Brasil obtuvo el 1º Premio “Filma Brasilia” con el guión cinematográfico “O Comendador”, filmado en 2001. Coordina el blog Escombros Hablaneros, seleccionado entre los 100 mejores de Brasil. Es miembro de la Comisión Organizadora de la Bienal Internacional de Poesía de Brasilia y del Sindicato de Escritores de esa ciudad. Actualmente vive en Miami.

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