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En tiempos de cenizas viles

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En tiempos de cenizas viles

En tiempos de cenizas viles
enero 15
23:04 2017

Regla, La Habana, 27 de noviembre de 2016

 

-Buenos días compañero Michael.

-Buenos días Rigoberto.

-Hoy, y hasta nueva orden, soy el compañero Rigoberto.

Michael sonrió. El tabaco recién encendido quedó fijo en medio de la boca, los ojos se entrecerraron por causa del humo y la amplitud de la sonrisa.

-¿Órdenes de quién? Yo no soy militar, no recibo órdenes.

– Órdenes del Partido. No hace falta ser militar para recibir órdenes del glorioso Partido Comunista de Cuba. ¿Se puede saber qué hace Ud ahí, sentado tan tranquilo?

Michael lo miró fijamente. Las patas traseras de la silla recostada a la pared de madera, aguantaban casi todo su peso. Tenía las piernas colgando.

-Vivo aquí Rigoberto -dijo con sorna-, hace un dia lindo -señaló con el dedo el azul que se extendía sobre sus cabezas y que se reflejaba a lo lejos en la bahía, haciéndola parecer limpia- y como hoy no trabajo, no tengo nada que hacer… ¿Por qué me tratas de Ud?

Rigoberto siguió el dedo con la vista e hizo una mueca de disgusto.

-Rigoberto no, compañero Rigoberto, ya se lo dije -tenía un tono de represalia que combinaba con su postura erguida-, lo trato de Ud porque es necesario en estos días de respeto institucional. ¿No fue Ud a la reunión del CDR de anoche donde se expusieron las pautas a seguir que dictó el compañero Raúl?

Michael inhaló el fuerte humo de su tabaco y lo exhaló despacio, poniendo una capa rala de gris entre sus ojos y el cielo. “Paciencia Micha“ -pensó.

-Ayer llegué muy tarde Rigoberto, ya la reunión se había acabado.

-Compañero Rigoberto, no se lo repito más – el tono insolente de su voz demostraba su inconformidad con la conversación.

-Te conozco de toda la vida y nunca te llamé “compañero”, me resulta raro hacerlo de buenas a primeras.

Michael miró a ambos lados. En cada esquina había una moto suzuki roja con un hombre vestido con jeans y camisas de rayas en cada una. Parecían ajenos, distraídos. Volvió a sonreír con el tabaco en medio de la boca.

-Tiene que hacer un esfuerzo compañero Michael, son las directrices del gobierno. Aún no me respondió por qué está aquí sentado, en la puerta de su casa, sin camisa, en chancletas y fumando tranquilamente.

Michael suspiró de nuevo. Se quitó el tabaco de la boca y miró de nuevo al cielo como quien pide paciencia a Dios.

-Ya te respondí Rigoberto. No tengo nada que hacer hoy. ¿Acaso estoy haciendo algo malo al estar cómodo y tranquilo en la puerta de mi casa?

Rigoberto cruzó los brazos a la altura del pecho y abrió los ojos fingiendo sorpresa.

-Estamos de luto compañero Michael, y Ud no tiene cara de tristeza. Ayer en la reunión del CDR leímos la petición del compañero Raúl donde se dirigía al pueblo revolucionario…

-¿Dijeron que había que tener cara de tristeza? -había una mezcla a de sorpresa e incredulidad en su voz- ¿Es obligado? ¿Y si llevo el luto por dentro? ¿Estás seguro que fue una petición y no otra orden “voluntaria“?

La interrupción y las preguntas descolocaron a Rigoberto, sin costumbre de ser cuestionado, que comenzó a mirar hacia las esquinas indistintamente.

-Fue un pedido, el com… el compañero Raúl… pidió al pueblo revolu… revolucionario… pidió, no fue una orden… es un sentimiento común entre todos nosotros … -tartamudeaba y comenzó a sudar. La camisa de rayas dejó entrever las manchas húmedas del desconcierto- El compañero Raúl y toda Cuba están llorando la desaparición física de nuestro líder histórico.

Michael volvió a fumar sin dejar de mirar con el rabillo del ojo las dos motos suzuki y a sus acompañantes que ya no disimulaban y estaban viendo la escena con la atención de un cazador.

-¿Quién dice que no siento la muerte de Fidel? -Michael estaba serio aunque el brillo de sus ojos denotaba ironía- ¿Lo dices tú?

Rigoberto no respondió. En vez de eso, sacó una libreta del bolsillo trasero, la desenrolló, y se puso a escribir con la pluma mordisqueada que hasta entonces sobresalía del bolsillo de la camisa. Mientras anotaba, murmuraba frases inteligibles. Cuando terminó estaba más calmado y había recuperado la seguridad.

-Se dice “la desaparición física del invicto comandante en jefe” ¡Fidel nunca va a morir! -se llevó el puño cerrado al pecho y bajó la cabeza, en un movimiento dramático- Compañero Michael -levantó bruscamente la cabeza, con la nariz arrugada- ¿Eso que huelo es ron? -El tono de voz era amenazante- ¿Es ron?

Michael dejó caer la silla sobre sus cuatro patas, se inclinó sobre su abdomen y observó la silenciosa e inusualmente vacía calle. Sólo cuatro personas, uno en cada esquina, Rigoberto y él.

-Es ron, sí.

La cara de Rigoberto se iluminó con esa chispa que sólo tienen los censores. Esa mezcla de superioridad y mezquindad que otorgan a su portador los rasgos de un buitre hambriento ante la visión de un cadáver putrefacto.

-¡Pero está prohibida la venta y consumo de bebidas alcohólicas por 9 días! ¿Cómo es que Ud está tan tranquilo cometiendo tamaña ilegalidad? -no podía suprimir una sonrisilla maléfica, estaba feliz de haber encontrado una brecha por donde introducir su ponzoña vengativa- ¡Hoy es un día triste para todos los cubanos “de bien”! ¿Qué digo hoy? ¡Son 9 días de riguroso sufrimiento para todo revolucionario!

Michael lo miraba con repugnancia mal disimulada. Odiaba a esa clase de cobardes, tan abundantes en Cuba, que encontraban la felicidad intimidando a todo el mundo, basándose en leyes creadas y desarrolladas para amedrentar y controlar a sus coterráneos. Suspiró y volvió a fumar buscando algo de calma en la indignación que lo corroía.

-El ron se lo acabo de soplar a mi Elegguá… ¿Anoche en la reunión del CDR dijeron que el luto se extendía también a los Orishas? -quería sonar tranquilo pero las palabras salieron duras, como los puñetazos que hubiera querido darle a Rigoberto.

El censor presintió el peligro y volvió a mirar nervioso en dirección a las suzuki. Sus ocupantes encendieron los motores y el ruido le dio algo de tranquilidad a Rigoberto.

-Están prohibidas la bebidas alcohólicas para todo uso. Está prohibida la música, los chistecitos y los rezos. ¡Está prohibida la felicidad, carajo! ¡Hasta los santos le deben todo al Comandante en Jefe, el eterno Fidel!

Michael se puso de pie y dejó el tabaco encendido en el borde de la silla. Las suzuki aceleraron al unísono pero sin moverse. Una ruidosa advertencia que Rigoberto asumió como protección ante la mirada lacerante que lo escudriñaba. Sonrió evitando los ojos de Michael y enderezó el cuerpo de manera desafiante. Sólo sus manos, temblando sin control, reflejaban el miedo real que tenía.

Michael se inclinó sobre él y le susurró.

-Pues tú pareces muy feliz ahora mismo para ser ilegal la alegría. Estás sonriendo y tus amiguitos de las camisas de rayas y las motos pueden pensar que te alegras de la muerte de Fidel. ¿Te alegras Rigoberto? Yo creo que Fidel te importa y te importaba lo mismo que un mojón en la Calle Martí. ¡Pero qué linda justificación para que un pendejo como tú se sienta poderoso!

Rigoberto levantó la cabeza aterrado. Quería moverse, dar un paso atrás y alejarse de ese rostro que lo miraba con odio, pero las piernas no le respondían. Le faltaba el aire, los esfínteres amenazaban con abrirse en una pestilente cascada, los hombros le pesaban. La camisa estaba pegada a su cuerpo como una segunda piel. La segunda piel del represor, la misma de la que no podría desprenderse nunca. Agitó las manos llamando a las suzuki en el único movimiento que fue capaz de articular, justo antes de que un mareo oportuno, preámbulo del desmayo salvador de sus aterradas neuronas, pudiera sobrevenir.

Michael sintió las motos acelerando hacia ellos y su odio aumentó.

-¿Ahora llamas a la pandilla? ¿Necesitas refuerzos? ¡Eres un cobarde de mierda, compañero Rigoberto!

Rigoberto consiguió moverse hacia atrás, alzó la libreta y la pluma para comenzar a escribir. Fue un acto involuntario. Un gesto de burócrata medular.

Michael le dio un manotazo a la libreta que cayó al suelo, abierta, mientras las suzuki rojas con sus agentes de camisas rayadas y jeans, llegaban hasta ellos frenando ruidosamente.

-¡Tírate al suelo! -gritaron a Michael los dos agentes de paisano mientras se bajaban corriendo de las motos- ¡Que te tires al suelo!

Michael permaneció de pie, mirando fijamente a Rigoberto.

Los policías sacaron las esposas y cogieron a Michael de los brazos. Michael no forcejeó pero tampoco se tiró al suelo. Los agentes, en una sincronización casi perfecta, lo tumbaron boca abajo, con un movimiento brusco e innecesario.

La cara del Michael se cubrió de polvo y sangre. El golpe brutal contra el asfalto le había quebrado la nariz. La libreta abierta de Rigoberto quedó a escasos centímetros del rostro ensangrentado de Michael, que pudo leer lo que había escrito el represor:

“Elemento subversivo, sentado frente a su casa, fumando, sin camisa y con cara de felicidad. Se alegra de la muerte de nuestro líder supremo. Procedo a interrogarlo antes de llevarlo preso… posible consumo de alcohol y mariguana… con antecedentes contrarrevolucionarios y que no asistió a la reunión del CDR de ayer en la noche ”.

Rigoberto recogió la libreta manchada de sangre del suelo, la cerró y gritó:

-¡Llamen a la patrulla para que se lo lleven a la Estación! -tenía una sonrisa de éxtasis enfermiza y una voz chillona, muy parecida al sonido de una hiena en peligro.

La patrulla tardó cinco escasos minutos en llegar, llevarse cargado al sangrante Michael dentro del carro y salir quemando ruedas, en un alarde superfluo de conducción temeraria.

Rigoberto tuvo el instinto de cerrar la puerta de la casa de Michael cuando la sirena de la patrulla se tornó un susurró lamentable en la lejanía. “La segunda buena obra del día”, tuvo el cinismo de pensar, pero el olor a ron, que evidenciaba la presencia del Orisha oculto tras la misma puerta, más el humeante tabaco que descansaba en la silla vacía, lo hicieron desistir. “Que Elegguá proteja su bajareque, ya que creo en él. A mí me protege la revolución“. Fue el pensamiento ladino que usó como mordaza para acallar la minucia de conciencia aún remanente en él y que luchaba por aflorar.

Antes de subirse a una de las motos, Rigoberto se volteó para observar la cuadra vacía. Sólo los gorriones se movían en aquella inusual quietud. Un escalofrío le recorrió el cuerpo. Aunque no podía ver a nadie, sintió como decenas de ojos, camuflados detrás de las ventanas, lo maldecían entre lágrimas.

Sobre el autor

Andrés Barca Jr.

Andrés Barca Jr.

Andrés Barca Jr. (La Habana, 1977) es escritor, fotógrafo y traductor. Cuentos suyos han aparecido en publicaciones como la “Antología del IV Premio Internacional Orola 2010 (Ediciones Orola S.L, Madrid), y en sitios digitales. Actualmente reside en Valencia, España.

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