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En torno al ícono Martí en la cultura popular cubana

En torno al ícono Martí en la cultura popular cubana

En torno al ícono Martí en la cultura popular cubana
febrero 13
09:46 2014

DSC06707 (2)Hablar hoy, una vez más, de Martí, puede resultar un gesto agotado ante tanta manipulación política, literaria y cívica. Lo cierto es que las imágenes que hoy quiero compartir con ustedes no dejan de perseguirme. La historia de estas ideas se remonta al año 2008 cuando comencé a fotografiar (pura acción documental) los bustos, las pintadas callejeras y toda aquella acción que tuviera a Martí como centro de “devoción”, reafirmación, alusión, gesto o sencillamente, como mera decoración. Siempre supe que estas ideas no verían la luz en Cuba. En una oportunidad (diciembre 2009) presenté un esbozo de esta investigación en el Coloquio de Arte y Estética que coordinó el “Instituto de Filosofía” de la Habana Cuba, recuerdo que tuvo como cede la Casa del Alba Cultural y recuerdo también la reacción de los asistentes. Entre desconcierto y rostros visiblemente disgustados, logre esquivar todas las ¿preguntas? que se me formularon. Descubrí que otros tenían que ser los modos para socializar estas ideas. Fue entonces que decidí convocar a los actores y la directora del grupo de teatro El Ciervo Encantado (Nelda Castillo) para concebir lo que la propia Nelda llamó “Grupo de respuesta rápida”, franca alusión, aunque irónica en nuestro caso, a los grupos que “supuestamente” representan los intereses del pueblo en Cuba. Así comenzamos a divulgar un conjunto de ideas sobre las formas que estaba adquiriendo la representación del ícono Martí en la cultura popular cubana y la confusión que supone la recepción de estas imágenes. Comencé entonces a de-construir la forma imaginal y simbólica que venía siendo recurrente en cada uno de los casos y fue entonces que logré entrever un patrón en estas representaciones.

I

 La presencia y la figuración del ícono Martí en la cultura cubana, no ha dejado morfología incólume en tanto esfuerzo por resaltar los valores y la presencia del prócer de la independencia de Cuba. La teodicea representacional que cubre estas morfologías estuvo muy tempranamente signada por la ambigüedad propia que supuso este esfuerzo simbólico. ¿Cómo representar al hombre que al amparo de la República iba a tener un espacio de veneración?

“Olvidar a Martí es una tentación difícil de resistir. Desde que Cuba es país, su figura ha ocupado el centro de simbología nacional. Martí ha sido una especie de mónada –unas veces secreto, otras público– de la nación cubana. (…) Rey al fin, Martí está sentado en un trono y rodeado por esas neblinas que cubren los altares…”. Rafael Rojas, “José Martí: la invención de Cuba”.

La primera República (1902-1933) es el espacio donde el carácter cívico de la representación martiana va a revestir un romanticismo que colinda con una primera, pero justa, idealización. En muchas ocasiones Martí aparece estilizado, con una mirada perdida, como quien ve “como se distancia un esfuerzo colectivo”. Es un periodo mayoritariamente escultórico-monumentuario. Los bustos comienzan a proliferar y Martí adquiere una pose de arcano, matizado por una frente amplia y una mirada “caída por la vergüenza de tanta energía dilapidada”.

La temprana presencia de Martí en el imaginario popular, lo demuestra los resultados dados a conocer por el periódico El Fígaro el 28 de mayo de 1899, aunque ello no aluda al conocimiento de su obra. Más bien podría pensarse en una suerte de desconcierto ideológico. Lo cierto es que a la memoria de José Martí se le consagra la primera estatua, razón que resume las aspiraciones nacionalistas de la República independiente. Aunque la prevalencia hacia Martí fue de un muy estrecho margen (cuatro votos), le secundó a este empeño la proposición de erigir una estatua de la libertad expresión del desconcierto ideológico que vivía la naciente República.

IMG_1475 (2)Esta primera apropiación simbólica del ícono Martí en la cultura cubana, está inscrita en la necesidad constitutiva de un discurso histórico, discurso que comienza a establecerse desde el reconocimiento del panteón nacional. De aquí el carácter mítico que cifra el nacimiento de la República y de su épica asociada. José Martí se convertirá ya desde su representación, ya desde su historia o desde la vivencia de quienes lo acompañaron en fuerza genésica de la República que se inaugura en 1902, configurando la micro y la meta narrativa del discurso histórico que se comienza a establecer desde la oficialidad. “Esta historia «oficial» se impondrá como canónica no solo en textos escolares, monografías históricas o ediciones conmemorativas, sino también de forma iconográfica en versiones de mármol o bronce en las calles y parques, en los retratos que presiden las aulas y las oficinas del estado, acuñada en los sellos postales o en las caras y anversos de la moneda nacional”[1]

El hexagrama simbólico que gravitó en torno al pedestal que ocupaba la reina de España quedó resuelto el 24 de febrero de 1905 cuando Máximo Gómez deja inaugurada la obra del escultor José Vilalta Saavedra. José Martí, ahora de mármol y con gesto epígonal pero noble, vino a corroborar su primera existencia en la esfera simbólica y semiológica de la República. Una existencia que viene marcada por una heroicidad política pero que también conjetura un discurso integrador ante la necesidad de superar las antinomias de la racionalidad moderna[2].

La voluntad de exégesis y apología que se comienza a vivir la República a partir de la incorporación «oficial» del ícono Martí en la cultura nacional, ratificó el carácter epifenoménico que alcanzaría esta entidad simbólica. Y es precisamente esta una de los principales supuestos de la semiótica de la cultural. Al existir un espacio pre-extra-semiótico, se suele percibir una convención lógica –en este caso una forma representacional simbólica– como una realidad empírica. Al mismo tiempo, lo iconográfico va a estar en una relación metafórica o de semejanza, que, producto de su propia ambivalencia puede ser más fuerte o más débil. En el caso de una fotografía, el signo funciona al margen de toda convención previa; si la semejanza es débil, como ocurre en la mayoría de los casos, los iconos deben pasar por un proceso de convencionalización; no son válidos para todos los miembros de la especie humana sino solamente para los miembros de la comunidad que ha acordado atribuirles un significado concreto[3]. A partir de todo ello es que podremos establecer un lenguaje y una forma específica de la construcción del discurso histórico[4] en torno a la figura de José Martí.

De aquí que el temprano emplazamiento de la escultura de José Martí sea un recordatorio del drama épico de un hombre de vida ejemplar ante el nacimiento de nuestra primera república. El sentido mítico que comienza a comprobarse en el ícono Martí, se acompaña de un sentido incestuoso, que, aunque no es declarado, comienza a gravitar sobre su figura. Martí -el maestro- se ha casado con la Patria, su hija. José Martí es el Padre, el Apóstol, el Maestro, –véase el sentido trinitario y mesiánico y recordemos el carácter y la naturaleza del discurso martiano y cómo este ha actuado como mesianismo insular– y su hija la Patria, la Nación, Cuba. Esta percepción incestuosa que para nada defraudaría a los más freudianos, ha sido reproducida una y otra vez en la figura de Fidel Castro. De aquí la significación de su muerte y el sentido de orfandad que acompaña a quienes conservan la vida. Aquí subyace el lamento fantasmal que hasta hoy sobrevive: “y si Martí no hubiera muerto”.

IMG_1779 (2)El manejo simbólico a que ha sido sometido el ícono Martí, ya sea en un imaginario u en otro ha sido una de las zonas menos exploradas en la cultura cubana de la isla. Paradójicamente, pues Martí es el fundamento de todas las cosas. Para Jorge Mañach, Martí fue el Apóstol, apóstol de un martirologio prematuro, un martirologio atrapado en la disyuntiva que traza una disquisición geográfica: Yara o Madrid. Un martirologio prisionero de su pasión, una pasión expresada en el sentido poético de su vía cruxis. Recordemos el pasaje final se su texto emblemático. Para otros, Martí fue el autor intelectual de sus actos, deseo irrefrenable por vindicar, una aspiración personal de protagonismo y puja histórica, que muy a desmedro, tenía en Martí posibilidad real de vindicación. La responsabilidad moral de esta hipostasia, ha quedado evidenciada en un discurso que, como escarnio, rememora una y otra vez un pasaje cuyo único objetivo es subrayar el carácter mesiánico y teleológico de un proceso político. Razón tenía entonces Lichi Alberto cuando asegura que –de cierta manera– estas son las “personalidades redentoras de nuestro destino” encarnadas en el drama raigal de la historia de Cuba, una historia expresada desde una nación “inventada a la medida de sus convicciones”. Al mismo tiempo, para Cintio Vitier Martí ha sido “Ese sol del mundo moral” que asume desde el patíbulo a la cultura cubana, para Don José Lezama Lima Martí es “el misterio que nos acompaña” y el “dios fecundante, un preñador de la imagen de lo cubano. Llegó por la imagen a crear una realidad, en nuestra fundamentación está esa imagen como sustentáculo del contrapunteo de nuestro pueblo”[5]

En una u otra zona del discurso o del imaginario, Martí ha sido objeto de adoración, reliquia, resguardo, punta de lanza, tablero de Ifa señalizando los cuatro puntos cardinales, argumento socorrido y frase maltrecha. Una de las razones de este proceso debe encontrarse en el sentido de iconización que fue cobrando cuerpo tempranamente. Recordemos que el albacea de José Martí, Gonzalo de Quesada, trabajo para editar los primeros volúmenes de las Obras Completas entre 1900 y 1915 y ya en este primer esfuerzo sistematizador, vamos a encontrar los rasgos que van a prevalecer en el “entendimiento” común y político. Si este primer imaginario proviene de una vida ejemplar como habíamos dicho, la primera recepción textual opera en el orden simbólico una comprensión mítica. El anillo, el grillete, el caballo blanco, la madre, el drama del presidio, devienen ítems de una recirculación imaginal que tiene en el texto su articulación. Sin embargo, la prevalencia del imaginario no siempre está asociada al acceso y comprensión del texto martiano[6]. De aquí que su apostolado, su santidad, su calvario, su inmolación, su magisterio, el martirologio, la soledad, anatema del exilado, del exilio fundacional, del sujeto que se funda en la lejanía, son solo algunas de las condiciones de necesidad que comienzan a ser visible en el entendimiento epifenoménico de este hombre ahora esculturado.

IMG_1909 (2)En la primera Republica (1902-1933), va a prevalecer este modo de entendimiento, sin embargo, en la segunda República (1940-1952), es el temprano conocimiento de su obra el que comienza a “sustituir” este sentido de adoración casi mesiánico por una comprensión más orgánica y secular de su narrativa y su pensamiento. Pensamos sino en toda la obra desarrollada por Orígenes, Jorge Machach, Felix Lisazo etc[7]. Pensemos en la secularidad que los Origenistas reclaman en el entendimiento de Marti: “(…) Comprender no es bastante; amar y admirar son peligrosos. Hay que ir con tiento, a freno tenso, para que los caballos no se lancen a la carrera del entusiasmo. Y al mismo tiempo el ardor y el ímpetu deben estar presentes, porque no se trata de estudiar o dísecar un cuerpo muerto sino de ver las palpitantes entrañas del ser vivo y las trémulas alas del espíritu.”[8]

“Es cierto -dice José Lezama Lima- que su permanencia indescifrada ocupa todavía inmensos memoriales y abundantes mañanas del colibrí. Pero es una generosa ventaja y no la desventaja que alguno pudiera profetizar. Tener un manantial vivo, en el patio, en la raíz, al fondo, es una delicia comparable a la de haber bebido sin saciarnos. Diversos abracadabras nos abrirán esas grutas. Alguna vez dije en alguna parte: que sus palabras, hasta las más socorridas, tomarán nueva carne en los días de desesperación y justa pobreza[9].

II

 Noble en sus bondades, la República vio construir en torno a la figura de Martí una suerte de veneración. Sin embargo, el sentido de adoración republicano fue sustituido por una adoración, ahora desde el desconocimiento y la derogación de cualquier referencia al pasado. Pero sobre todo desde el desconocimiento de lo que se adora. Este sentimiento es precisamente el que se inaugura con el proceso político de 1959.

“La mitificación de nuestro pasado republicano es en realidad la contrapartida de otra mitificación: la que hemos hecho con el concepto de revolución. A base de una lectura teleológica de nuestro pasado revolucionario, el castrismo ha intentado justificarse como la culminación de una serie de revoluciones supuestamente fracasadas, y así las revoluciones de 1868, ‘95 y ‘33 son apenas el preámbulo imperfecto, el anuncio profético, de la única Revolución decisiva, definitiva, y desde luego perfecta, del ‘59, que no solo realiza las anteriores sino que anula su necesidad. Es esa lectura teleológica la que lee toda la trayectoria del pasado en función del evento único y trascendental en el futuro, la que provee el marco, por ejemplo, para la muy peculiar lectura castrista de José Martí”[10]

Toda la narrativa asociada a José Martí, va a pasar necesariamente por el refuerzo visual y conceptual puesto en función del discurso político. La divulgación de la obra martiana, estará solo en función de un criterio político que mutila su contenido y “pone” de manifiesto el sentido teleológico del proceso político cubano. Recordemos aquella socorrida pero recurrente frase-expresión-consigna “te lo prometió Martí y Fidel te lo cumplió”.

Lo interesante no solo es la parcialización y manipulación a que es sometido un discurso, sino cómo se va escamoteando un contenido que, al paso del tiempo, desaparece, una vez que se mimetiza. Es precisamente este elemento el que comienza a moldear la arcilla de las futuras representaciones iconográficas.

Si en la República el carácter escultórico monumenturio es el vehículo para socializar una percepción en torno a Martí, con la revolución este desaparece y da paso a una acción performática que, revestida desde un criterio de masificación cultural, garantiza una apropiación personalísima del ícono. La referencia a Martí desde este contexto, no es más que un puñado de citas y frases que, descontextualizadas, tienen el solo propósito de refrendar un discurso político. Discurso que “desacredita” lo que Rafael Rojas ha llamado “conglomerado textual que se forma con la escritura y la oratoria”[11]. Son muy pocos los que verdaderamente hoy leen a Martí y sí muchos los que se contentan no sé si consciente de ello o no con el busto o la pintada callejera.

La ontología asociada a este proceso vertebra la experiencia del vacío[12]. De ahí la tesis del vaciamiento del ícono Martí en la cultura popular cubana. El vacío o la experiencia del vacío, razón tenía Heidegger cuando afirma que hay experiencia de vaciamiento, una vez que hay un espacio a partir del cual el sistema funciona y las instituciones se reproducen y desarrollan pero por inercia en el vacío, sin adherencias ni sentidos. Esta experiencia de vacío, no solo está suscrita al ícono Martí en la cultura popular, sino al sentido mismo del hundimiento en la Cuba de hoy.

Imagen 146 (2)La instalación de esta estructura simbólica o, al menos, de este entendimiento simbólico generado desde la manipulación, ha establecido un conjunto de códigos que han devenido formas canónicas en los modos de representación. Lo preocupante de este procedimiento no solo es que se modela una percepción del icono que adolece de referencialidad simbólica, sino que establece una direccionalidad hacia objetivos pre-establecidos. Ahora, ¿por qué ocurre esto con el icono Martí y no con otros iconos también referenciales en la cultura cubana? La respuesta es “evidente”, Martí representa a Cuba y esta tesis no entra en contradicción con el sentido incestuoso que anteriormente esbozamos. Lo curioso de este esfuerzo está dado en la desnaturalización, reciclaje y resignificación de un icono fundamental en la cultura cubana, en función exclusivamente de un discurso político, necesitado de legitimación. Esa es la razón por la cual Martí prolifera en cada esquina de la isla, en cada rincón derruido, en cada portal apuntalado, en sitios inimaginables. Estas apariciones, dan cuenta de cómo algunos cubanos entienden a Martí o, si se quiere, de como un gobierno compulsado por la necesidad de legitimación iconográfica y política hace proliferar en cada esquina sus deseos de legitimación. Pero es precisamente este Martí el que se edita y desfigura una y otra vez. No es ese el Martí que aseguró su “(…) determinación de no contribuir en un ápice, por amor ciego a una idea en que me está yendo la vida, a traer a mi tierra a un régimen de despotismo personal, que sería más grave y difícil de desarraigar, porque vendría excusado por algunas virtudes, establecido por la idea encarnada en él, y legitimado por el triunfo”.

El Martí posesionado en las esquinas de casi todas las ciudades de Cuba, no es el que, asegura y afirma que “El espíritu despótico del hombre se apega con amor mortal a la fruición de ver de arriba y mandar como dueño, y una vez que ha gustado de ese gozo, le parece que le sacan de cuajo las raíces de la vida cuando le privan de él” No, no es ese el Martí al que tiene acceso el cubano, ese es precisamente el Martí que se desconoce. Pero es precisamente este sentido escatológico el que se constituye en bandera política. Las otras formas de leer o representar a Martí, no son más que formas edulcoradas o amaneradas que no entran dentro de la discursividad política. Si pueden ser negadas mejor. Ejemplo de ello es la obra de los origenistas y particularmente de José Lezama Lima y Cintio Vitier.

Imagen 143 (2)Recordemos que la economía simbólica del poder como llama y advierte P. Bourdieu, se fundamenta no solo en los artilugios retóricos sino en la posibilidad real de construir un espacio en el imaginario simbólico que, basado en la necesidad del mismo, parte de una legitimación subliminal. Es contrastante con esta posición la tesis de que «a pesar de que parecía un fenómeno ilógico, el exilio produjo, en el orden político, al más grande de los cubanos»[13].

Es precisamente este alto contraste al que no tiene acceso el cubano de a pie. Una vez que triunfa la revolución, toda la historia de la Cuba republicana es negada. Uno de los argumentos para esta negación es que tras la muerte de Martí, el Partido Revolucionario Cubano y el Ejército Libertador abandonan el proyecto martiano. Para 1901 el abandono de un proyecto ya era traición a un ideario. La “revolución cubana” refuerza y engalana todos los días la tesis del olvido, al tiempo que “recupera” para su legitimación política la figura de Martí. No nos llamemos a engaño, esta es una de las razones que fundamenta el carácter teleológico adjudicado desde el poder al proceso político cubano. Esta es una de las razones por las cuales en el año 2002 el gobierno cubano afirmó que el carácter socialista de la revolución cubana era irreversible. Aunque parezca absurdo y paradójico este es el fundamento a partir del cual funciona la lógica del poder en Cuba. ¿Cómo derrotar a un sistema que es inevitable? Lo sórdido de este argumento está precisamente en la negación de una lógica histórica en función de capitalizar un poder político que ha difundido una lectura completamente errónea y desajustada de esta tradición. Por ejemplo, desde el temprano año de 1968 Fidel Castro dijo en el discurso conmemorativo por el centenario del levantamiento de Carlos Manuel de Céspedes que la revolución que triunfó en 1959, había comenzado en 1868. Más allá del disparate epistemológico que supone este argumento, el fundamento del mismo está orientado a la búsqueda de legitimidad, pero sobre todo, está subrayando el carácter incuestionable de un proceso que, legitimado en una comprensión de la historia, haya en ella sus raíces, su fundamento. Todo va a ser puesto en función de esta legitimación. La identidad política construye para su legitimación, un criterio excluyente en la cultura nacional. Los “amigos” los “enemigos” serán los códigos para establecer este criterio de discernimiento en términos de política editorial, política cultural etc. En estas condiciones, el carácter de una tradición se desvanece como ontología, no hay acceso a ella o, en todo caso, el acceso a una producción que contraponga un correlato contrastante al discurso oficial es negado.

Este es el contexto donde el icono Martí prolifera. Algunos dicen que no, dicen que sencillamente cada cubano tiene su muy peculiar manera de entender a Martí y para ello se resguardan en argumentos estéticos que recuerdan a Juan Francisco Elso y a Raul Martínez y sus Quince repeticiones de José Martí de 1967, desconociendo las consecuencias que para Raul Martínez tuvo la conjugación entre el expresionismo abstracto y el pop-art[14] y para Juan Francisco Elso, su Por América de 1986.

Lo cierto es que, por alguna resolución, las instituciones y establecimientos del gobierno están obligadas a tener lo que se ha llamado “rincón martiano”. Como esta acción surge de lo performático y no de un conocimiento mínimo de la obra martiana sino desde su desconocimiento cabal, los rincones martianos deviene en rinconera, espacio donde se acumula y prolifera la mugre. Este es el espacio que el gobierno cubano le tiene reservado a Martí. Un Martí maltrecho, ruinoso inofensivo ante la necesidad de legitimación en la frase descontextualizada. El Martí al que el cubano tiene acceso es el “muñequito” de plástico que bajo el sol abrazador se desfigura, es ese mismo “muñequito” al que, como a un juguete se le arranca la nariz. El Martí al que el cubano tiene acceso es el que vende guarapo frío y posa con las más importantes modelos internacionales. Es el Martí inofensivo que el gobierno permite y necesita una vez que “representa” sus intereses. En los últimos cincuenta años, el gobierno cubano no ha emplazado una estatua de José Martí, más allá de las que históricamente habían existido, sin embargo el 4 de abril del año 2000, queda inaugurada la más bochornosa de las representaciones de José Martí. El Martí de la “Tribuna antimperialista” es el mejor ejemplo de lo que Martí no es, de lo que Martí no ha sido, del Martí que el gobierno necesita. Su escultor, un nombre que no quiero pronunciar no solo le hace juego al poder sino que demuestra una y otra vez su desconocimiento supino de lo que Martí ha representado para la cultura cubana.

unnamedoioEn la Cuba de hoy acceder a Martí solo es posible desde la “arenga de los políticos, desde los conglomerados de personas que pierden su identidad en los grupos en las militancias, las clases de los profesores de Historia de segunda mano, la columna del articulista de moda, los horribles niños memorizadotes de pensamientos y versos sencillos…Todo esto para convertir en mounstrosa la figura de Martí. Sé que hay enormes biografías al respecto, grandes ensayos escritos por profesores, pero Martí como actitud humana, como esfuerzo y descubrimiento, ha permanecido muy lejos de todo ese palabreo, de ese tam-tam verbal que nada tiene que ver con la realidad.” Así calificaba Severo Sarduy el olvido de la condición humana en José Martí, al tiempo que cifraba sus expectativas de que, con la revolución, se pudiera acceder al centro gravitacional de este hombre inmenso. Nunca más volvió a Cuba.

En los últimos cincuenta años el icono Martí ha degenerado en el imaginario y en la cultura popular cubana. Ha devenido en argumento socorrido y aditivo presuntuoso de un modelo político que trata de sostenerse apuntalado en su imagen. En los últimos cincuenta años Martí ha sido condicionado a las más inimaginables y bochornosas morfologías. ¿Han logrado sus objetivos? ¿No se? En oportunidades tengo la sensación de que sí, debo decirlo. En oportunidades me vence el agotamiento…

El Martí que necesitamos hoy más que nunca es el Martí retador y desafiante que nos propone su obra. Es el Martí humano que se nos ha negado en función de un discurso político. “No se puede picotear en libros raros hasta conocer el Martí montañoso, que como un Midas justo y atinado convierte en oratoria todo lo que lleva dentro de ensayista y patriota. Yo me cruzo de brazos y me balanceo, asombrado. Apenas puedo imaginar la infancia de un tribuno tan grande: ¿Qué decía, y cómo, a los amigos de juego, a las noviecitas de probar, con qué palabras respondía a quiénes se le enfrentaron en los patios de colegios? Quisiera mirar por un huequito. Debió blasfemar, como todos, pero ¿cómo articulaba, con qué sintaxis, sus apasionadas acometidas de adolescencia? Con la miel de sus amantes derretidas, se debió enlodar aquella Habana de 1800 y tantos.”

Quizás hoy más que nunca la conclusión de Arturo S. Carricate en su texto “La cubanidad negada del Apostol” de 1931 adquiera una vigencia inusitada. “Lo expuesto prueba de modo irrebatible que la obra de Martí, en lo político, en lo literario, en lo filosófico (…) no mostró identificación alguna con las ideas preponderantes en Cuba coetáneamente cuando vivía el Maestro (…) y que, muerto, sus doctrinas básicas para la organización del país han sido desoídas, sistemáticamente desdeñadas y, en los más casos, inversamente aplicadas. Vivimos en y a costa de un espejismo, que está produciendo innumerables y trascendentes daños: el creer que la invocación constante y cotidiana y en los más de los casos, “bona fide” de las ideas de Martí, significa que esté plasmándose en la Republica a la manera que él quería. Nos hallamos ahora, quizás más que nunca, lejos, en las antípodas del pensamiento político de Martí…”[15] Si bien la crítica está suscrita al orden de nuestra primera república, todo lo que acontece posteriormente, aplica a esta comprensión. Sin embargo, el orden de la “revolución” ni siquiera cae en esta cuenta, una vez que para ellos, encarnan definitivamente el orden martiano de la praxis política. Por ello, el Martí que necesitamos hoy es aquel que nos permita sacarlo del lodazal en el que ha “habitado” las cinco últimas décadas, quizás entonces, Severo Sarduy descanse en paz pues al fin, Martí está  en su centro.



[1] Para una interpretación de la importancia del mito martiano en el proceso de consolidación de la república en sus primeras décadas véase: Sergio López y Marial Iglesias, «José Martí: El origen del símbolo fundacional del nacionalismo en Cuba» en: L’Avenc, revista d’ Historia, núm. 217, Barcelona, septiembre 1997, pp. 38-43.

[2] Para un análisis más detallado, véase: Julio Ramón en Desencuentros de la modernidad en América Latina. Literatura y política. México FCE, 1989

[3] Para mas detalles véase Peirce

[4] Para más detalles, véase Lotman “Sobre la dinámica de la cultura”.

[5] Jose Lezama Lima “El 26 de julio: imagen y posibilidad” Imagen y posibilidad. Ciro Bianchi Ross. La Habana, Letras Cubanas, 1981. Pág. 21

[6] Para más detalles, véase Antonio José Ponte. “El abrigo del aire” Revista Encuentro de la Cultura Cubana, No 16-17 verano 2000

[7] Aunque no son extensas, las biografías más significativas en torno a José Martí han sido escritas por: Jorge Mañach, Luis Rodríguez Embil, Félix Lizaso, Roberto Agramonte y Ezequiel Martínez Estrada, en todos estos casos el énfasis ha estado en lo espiritual, suerte de arqueología intelectual y heróica y se ha puesto poco énfasis en el carácter del hombre propiamente dicho. “Los biógrafos (Félix Lizaso, Luis Rodríguez Embil, Mañach, Ezequiel Martínez Estrada, Carlos Ripoll, John M. Krik) proponen un discurso centrado en el discurso del héroe (…) Esta interpretación sacrifical se basa en aquellos textos en los que Martí invoca el silencio y promete, retóricamente, la renuncia a su escritura en virtud de la prioridad política de la revolución. Del otro lado, la crítica literaria (Cintio, Manuel Pedro González, Iván Schulman, Enrico Mario Santi, Emilio de Armas, Julio Ramos) entienden que la obra Martiana establece una imagen poética del mundo, dentro de la cual figura -como hipóstasis- la fundación nacional de la república cubana” Rafael Rojas. “José Martí: la invención de Cuba”  Editorial Colobri. España. Página 84

[8] Eugenio Florit. “Mi Martí”. Pág. 47-48. Revista Orígenes, No 33, 1953

[9] Jose Lezama Lima. “Para leer dejajo de un cicomoro” Página 21

[10] Enrico Mario Santí. Sobre la Primera República. Encuentro de la Cultura Cubana No 24

[11] Rafael Rojas. “La palabra escrita es signo de su poética, mientras que la palabra hablada es instrumento de su política” Obra citada página 36.

[12] La noción de vacío de Gill Lipovesky, expresada de cierta manera en “La era del vacío: ensayo sobre individualismo contemporáneo”

[13] Carlos Prío Socarrás: El emigrado político y el soldado mambí, La Habana, Información y Publicidad, 1946, p. 19.

[14] Para un análisis más detallado véase Yo Publio: Confesiones Raúl Martínez.

[15] Arturo S. Carricate. “La cubanidad negada del Apostol” La Habana, 1931. Pág 22-23

Sobre el autor

Antonio Correa Iglesias

Antonio Correa Iglesias

Antonio Correa Iglesias (La Habana, 1976) es filósofo, escritor y ensayista. Es coordinador del Programa de Filosofía y Ética, Programa de Ética, de la Universidad de Miami. Entre los años 2003 y 2012 fue Profesor Asociado por el Departamento de Filosofía de la Universidad de las Artes de La Habana. Ha sido crítico y curador de arte contemporáneo en varias revistas especializadas y ha trabajado con diversas galerías de arte en Alemania y Holanda (ancoiglesias@gmail.com Celular: 786-239-9642).

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1 comentario

  1. Gingerdiabelo.
    Gingerdiabelo. febrero 18, 20:04

    En realidad, para conocer mejor a Martí, hay que remitirse en la Publicación de sus primeras Obras Completas, a las que no le amputaron ni un solo garabato de los de José, estas fueron desgraciadamente recogidas y extintas, y las que conservé, en un arranque de rabia al desentrañar la verdadera naturaleza de la Revolución,las deseché en el año 89 en un tinaco de basura… Desgraciadamente, en su epistolario, se hallaban misivas para muchos de los otros comtemporaneos de su época, entre los que estaban Quintin Banderas, Antonio Maceo, Máximo Gómez y hasta incluso Karl Marx, donde se demuestra el verdadero pensamiento del poeta, y las cuales se encuentran hoy en la suerte de los Dinosaurios… No eran compatibles para la Primera, la Segunda, ni para ninguna de las hordas que han desgobernado la Gran Isla.

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