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Enemigo que huye…

Enemigo que huye…
enero 16
20:40 2017

 

Corría el año de 1865 cuando se produjo una pequeña conmoción durante el evento anual de la Academia de Medicina de Nueva York.

Ocurrió cuando el diplomático ─en realidad un traficante de objetos de arte y aventurero empedernido─ norteamericano Ephraim George Squier (1821-1888) presentó, como una curiosidad, un cráneo inca exhumado del cementerio peruano de Yucay. Una reliquia arqueológica que le había regalado una dama cuzqueña de abolengo muy amiga de él, la señora, o señorita, Zentino.

El alboroto se produjo porque la calavera en cuestión presentaba, en el occipucio, un orificio circular bastante grande que, sorprendentemente, presentaba signos evidentes de curación (cicatrización) del hueso.

Como algunos académicos presentes plantearon dudas en cuanto a la verdadera edad del susodicho cráneo ─y esas dudas eran lógicas en aquel tiempo─ se solicitó la ayuda del profesor francés Paul Broca (1824-1880), una autoridad mundial en el estudio del cerebro (fue el que definió los hemisferios cerebrales, sus funciones básicas y el área que lleva su nombre en el lóbulo frontal) y los huesos circundantes.

El dictamen de Broca fue contundente: el propietario de aquel cráneo había sufrido, en épocas ya bastante lejanas, una trepanación y había sobrevivido a ella el tiempo necesario para que el propio organismo del ahora difunto comenzara a reparar el daño.

Y, no faltaría más, que lo raro se hace moda; de ahí en adelante comenzaron a aparecer cráneos trepanados por todas partes.

Abrir un orificio de regular tamaño en el cráneo de alguien puede matarlo, por supuesto, pero también puede ser la única forma de salvarle la vida. Y eso no es nada nuevo, que ya los Neandertales y los Cromañones lo sabían, sobre todo estos últimos, o por lo menos creemos hoy que lo sabían.

El practicar, concienzuda y hábilmente, agujeros en el hueso craneal de un individuo fue, casi seguramente, la primera intervención quirúrgica que se llevó a cabo en la historia de la humanidad. Y fue la primera porque no hay pruebas de ninguna otra si nos remontamos a fechas tan lejanas como 8000 o 9000 años antes de nuestra era (finales del Mesolítico y período Neolítico) y quizás algo más atrás.

¿Perforar la cabeza de una persona viva?

Pues sí, y nos estamos refiriendo a trepanaciones ─abrir un orificio en el cráneo con un trépano, un instrumento filoso capaz de cortar el hueso limpiamente─ en personas vivas y que seguirían viviendo después de la intervención, lo que es muy fácil de demostrar hoy en día observando y estudiando el tejido óseo regenerado (lo que hizo Broca). O dicho de otra forma, el hueso nuevo que crece desde el borde del agujero con el fin de intentar taparlo. Un proceso fisiológico de cicatrización que requiere semanas, meses y años, pues es mucho más lento en el tejido óseo, el hueso, que en otros tejidos orgánicos como la piel o los músculos.

¿Pero a quién le trepanaban la cabeza?

A mucha gente.

De que las trepanaciones craneales se hacían por decenas y prácticamente en todos los lugares donde se habían asentado hombres en los tiempos prehistóricos, no hay la menor duda, pues contamos con numerosos cráneos muy bien conservados para demostrarlo.

Pero lo que sigue siendo motivo de discusión, y de perplejidad para los investigadores actuales, es la razón por la que se llevaban a cabo estas intervenciones, sobre todo cuando pensamos en las dificultades en cuanto al instrumental quirúrgico empleado ─léase piedras de xilex afilado, escoplos y mazas o martillos de piedra─ , el nivel de los conocimientos anatómicos de aquellos hombres (¿eran los shamanes y sacerdotes los trepanadores o algún otro especialista?), la contención de las hemorragias que seguramente debían producirse, el siempre presente peligro de las infecciones de las meninges (las membranas que cubren el cerebro) y el encéfalo, mortales casi por necesidad incluso hoy, y el tremendo dolor que le producía aquello al paciente ─no había anestesia─ y su alivio.

Y aún más interesante, las trepanaciones se practicaban comúnmente en el lado izquierdo de la cabeza con una frecuencia de 3 a 1, y desconocemos por qué. Lo cierto es que una parte apreciable de aquellos pacientes ─si es que podemos considerarlos pacientes en el sentido moderno de la palabra─ sobrevivían a sus trepanaciones y muchas veces, basta estudiar los huesos de la cabeza, por largos años.

El naturalista Frederic Cuvier (1769-1832) describió uno de esos cráneos (los newyorkinos arriba citados desconocían el informe de Cuvier, probablemente porque no era médico y porque se encontraba el párrafo descriptivo, sin mucha extensión, en uno de los cinco tomos de su Recherches sur les ossements fossiles en el que calculó una sobrevida, después de la intervención, de aproximadamente doce años. Un período sumamente prolongado si recordamos la bajísima expectativa de vida que tenían las personas en aquellos remotos tiempos.

¿Entonces se hacían trepanaciones craneales en todos los asentamientos humanos conocidos por nosotros?

Pues claro que sí, en casi todos.

Se han encontrado cráneos trepanados en Oceanía, casi toda Asia, Europa oriental, central y occidental, en Inglaterra e Irlanda, aunque en menor cantidad que en otras partes, en las islas del Mediterráneo, Malta y las Baleares, en las islas Canarias, la tierra de los guanches, en Palestina, y en Turquía, África, casi siempre en la zona mediterránea (África del norte) y muchísimo menos hacia el sur, y en las Américas, sobre todo en la América del Sur, especialmente en el área de la cordillera andina, aunque también en menor medida, en México y Centroamérica.

¿Y para qué se hacían esas trepanaciones?

Se nos ocurren varias explicaciones, y no debemos olvidar que esta pregunta se está debatiendo por los antropólogos, anatomistas y médicos desde el siglo XIX. Dos causas muy distintas son las más recurridas por los científicos:

La primera nos dice que las trepanaciones se hacían para intentar curar ciertos padecimientos como la migraña, la epilepsia, la locura, la compresión intracraneal que produce una hemorragia cerebral o un tumor, o incluso tratar de reparar una fractura craneal después de un traumatismo.

¡Eso sería neurocirugía!

Pues sí, sería una sorprendente forma precoz de la neurocirugía moderna, y decimos que es sorprendente por la relativamente baja mortalidad de la misma, algo que no se logró modernamente hasta las décadas del 30 y 40 del siglo XX,

Pero hay una segunda explicación.

Sería la religiosa o mágica, más o menos lo mismo. Pruebas, pocas, pero el haberse encontrado en casi todos los yacimientos arqueológicos las denominadas rondellas, los discos de hueso que se extraen durante la trepanación, ensartadas como cuentas o collares, dan fuerza a esta hipótesis.

¿O sea, que no desperdiciaban el rodete de hueso que cortaban durante la trepanación del cráneo?

No, para nada, lo convertían en adornos para el cuerpo o quizás en amuletos con algún objetivo que se nos escapa.

¿Se han formulado otras teorías para explicar algo tan sorprendente?

Sí. Hay otras explicaciones y teorías mucho más complicadas y sesudas, pero… ¿Por qué no abrir una puerta a los demonios y permitirles salir abandonando al endemoniado?

Quizá por eso es que abrían la cabeza de esos pacientes.

Quizás.

A enemigo que huye…

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Sobre el autor

Félix J. Fojo

Félix J. Fojo

Félix J. Fojo (La Habana, 1946) es médico, investigador, divulgador científico, ensayista y novelista. Es coeditor de la revista Galenus. Ganador de premios literarios como 'La Edad de Oro' con libros de divulgación y biografías para niños y adolescentes, fue finalista del Premio Casa de las Américas 1983 en el género ensayo. Recibió el premio al mejor libro del año de la Academia de Ciencias de Cuba (1984) con una biografía sobre Carlos J. Finlay. Ha publicado, entre otros libros, 'Crónicas de la secesión' (Editorial Palibrio, 2014), 'No preguntes por ellos' (Editorial Palibrio, 2015), 'El Corso me decían' (Editorial UnosOtrosCulturalProject, 2016) y 'De Venus a Botero: Breve historia de la obesidad' (Editorial UnosOtrosCulturalProject, 2017).

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