Neo Club Press Miami FL

Entre viejos amigos

Entre viejos amigos

Entre viejos amigos
febrero 06
09:12 2014

Epifanio había sido lo que en lenguaje de barrio se dice un buen templón. Se sabe que viene de templar, como a la cuerda, y es uno de los sinónimos populares con que en Cuba se designa a esa acción sagrada que para los españoles es follar. Pero llevaba más de tres meses de abstinencia total desde que a Águeda, su esposa, se la llevó el ciclón que arrasó con un pedazo de Niquero y cuyo grito –¡¡¡Epifanio!!!– fue ahogado por la ráfaga de viento que arrancó la mitad de su casa.

Por eso sintió desconfianza, por primera vez en su vida de hombre, cuando Teresa se le insinuó. Nunca había visto a la gozadora, como él la llamaba con un poco de orgullo petulante, tan cabizbaja como en esos días posteriores a la ida de la difunta. La pieza de su humanidad que en otros tiempos había comparado con un poste de piñón, ahora le parecía un marteño podrido picoteado de pájaros, y si primero atribuyó esa tristeza a la falta de Aguedita, que Dios la tenga en la gloria, después pensó con tribulación que era la evidencia inoportuna de los setenta años recién cumplidos.

El hombre tiempla hasta que se muere, decía en las partidas de dominó, donde había sido una figura central y desde las que más de una vez se había llevado a una cristiana del barrio, unos decían que por el verbo, otros que por el garbo, y los más despiertos que por el Lada ganado con trampas en el corte de caña. Pero ahora estaba indeciso con Teresita, una mujer de 50 años, repetidamente divorciada e infiel, cuyas nalgas siempre fueron mejor cotizadas que su cerebro. Después que Epifanio concertó la cita para llevarla a Las Coloradas, se desconcertó al descubrir que estaba pensando más en el papel que haría que en el cuerpo prometido de la mujer.

Entonces salió a la carrera, a riesgo de quedarse sin gasolina, a encontrarse con su amigo de Manzanillo, a setenta y dos kilómetros de distancia. No le paró a nadie en las salidas de cada pueblo, donde decenas de personas levantaban las manos pidiéndole a Dios que un carro esporádico se detuviera. A las tres de la tarde estaba pasando por el Parque Céspedes  y al minuto se detenía frente a la casa del amigo Arnaldo de Jerez, que le esperaba con el encargo en las manos. Lo había llamado por teléfono antes de salir, para ver si tenía las dichosas pastillas, pero había hecho la solicitud con tanta desesperación que antes de la respuesta gritó “¡voy para allá!”.

Arnaldo era un hombre bueno, tan templón como él, aunque más jodedor. Sintió compasión por el amigo de la costa y no podía decepcionarlo. Esto lo arreglo yo, se dijo, y arrancó para la gaveta donde los nietos guardaban el  material escolar y con la misma velocidad hacia el estante que hacía el papel de botiquín. A los cinco minutos de terminar la obra, cuando  oyó el apuro con que aullaba una bocina, no tuvo que mirar por la persiana para saber quién era. Agarra, hermano, resuelve, fue lo único que dijo cuando le tendió la mano a Epifanio, que ni siquiera quiso apagar el motor de un auto que  tampoco estaba para esos sofocos.

Arnaldo, como casi siempre, estaba contento. Siempre había pensado que todo está en la mente y si el amigo iba convencido de que iba a poder, seguramente tendría éxito y de paso certificaría el poder de esta pastilla… Va a resolver, se dijo, y se olvidó del asunto.

Hasta doce días después, que se lo encontró en La Placita preguntando si había jengibre. Como siempre, y como hacía con tanta gente por la calle, le dio un abrazo sonriente:

–¡Coño, Epifanio! –y casi al oído– Bueno, ¿y la viagra qué?

–No me jodas, que esa mierda me jodió la noche… eso da unas ganas de dormir… más nunca…

Todos los que estaban en la larga cola de las viandas viraron automáticamente la cabeza, ante la conocida carcajada de Jerez.

–Lo siento, hombre –le dijo riendo todavía. Pero la sinceridad no le alcanzó para contarle al amigo que había echado a perder como diez meprobamatos, pues no le salía la línea azul con el plumón que le mandaron al nieto desde el yuma.

Sobre el autor

Gabriel Cartaya

Gabriel Cartaya

Gabriel Cartaya (Manzanillo, 1951). Fue Profesor en la Universidad Pedagógica de Manzanillo y es fundador del Centro de Estudios Regionales del Guacanayabo y la Sierra Maestra. Ha publicado los libros “Con las últimas páginas de José Martí” (1995), “José Martí en 1895” (2001), “Luz al universo” (2006) y “De ceca en meca” (2010). Tiene publicados varios artículos y ensayos en revistas cubanas. Reside en Tampa, donde dirige la revista Surco Sur, de arte y literatura hispanoamericana.

Artículos relacionados

1 comentario

  1. ..Callejas
    ..Callejas febrero 10, 19:28

    recuerdo al personaje, bello texto…

Escriba un comentario

Armando de Armas en el Festival VISTA:

Letras Online

LA REVISTA INTERACTIVA DE NEO CLUB PRESS
  José Hugo Fernández

Una trompetilla, eso es la libertad

José Hugo Fernández

  La trompetilla se fue de Cuba. Su ausencia representa para nuestra gente lo mismo que representó la retirada de los cohetes soviéticos para el régimen. De pronto, ya no

0 comentario Leer más
  Ángel Santiesteban

La Parca merodea

Ángel Santiesteban

  A la abuela se le ha hecho costumbre mantener la vigilia en las madrugadas. Espera impaciente en la oscuridad porque de todas maneras quedó ciega por la diabetes, y

0 comentario Leer más
  Nilo Julián González

Querido padre

Nilo Julián González

                si dejara de buscar el asombro de todo y del mundo si dejara de ver con sanidad con este es mi cuerpo

0 comentario Leer más
  Yosvani Oliva

Tenga cuidado la noche

Yosvani Oliva

                Ándese sobreavisada la noche tan permisora de este bufón aburrido buscando quien lo contente. Trastoca las prioridades y a quemarropa dispara estrellas

0 comentario Leer más
  Baltasar Santiago Martín

¿Suicidio?

Baltasar Santiago Martín

  En memoria de Juan O’Gorman             No entres al río con los bolsillos llenos de piedras como hizo Virginia; antes que suicidarte, arrójale las

0 comentario Leer más

Lo más reciente: