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Errare humanum est

Errare humanum est

Errare humanum est
abril 06
06:42 2015

Involucrados, los que en este desliz participan ensayando, a diferencia de otras rectificaciones, ratifican que Errare humanum est. Pero la permisibilidad hacia el error y la filosofía del mismo no se han ampliado lo suficiente en el sentido que el latín abriga. Lo errático ha sido condenatorio, ignorando su capacidad epistémica, demostrada, eso sí, por los modelos de racionalidad. Sea como fuere, no es por error que nacemos en un lugar –como nos recuerda Eliseo Diego– sino para dar testimonio del mismo. De aquí que lo errático gestiona una nueva posibilidad para pensar. “Pensar es aprender de nuevo a ver, a estar atento, dirigir la propia conciencia, hacer de cada idea y de cada imagen, a la manera de Proust, un lugar privilegiado” (Albert Camus. El mito de Sísifo y el hombre rebelde).

Pensar entonces es manejarse en un margen de posibilidades que contempla al error como forma. Pero el error también como zona hechizada, como zona donde la oscilación de las cosas descubre un orden desorbitado y una osamenta dorada y florida nos avista, perplejos, en el desatino de nuestra mirada. El error como gazapo, como errata que hace las delicias al final de un texto, que por error hemos entendido de una manera y resulta ser de otra. El error florético y mosqueteril, el error travestido. El error, errado que erra errando, en un desierto lleno de hormigas tejedoras de sortilegios. La sensación del error. El error que por dignidad no supimos asumir y que, al tiempo, se trasmuta en cólera embotellada. El error que echa a perder los amores, en los pesimismos de otros errores. ¡Tienes razón, es un error, no debí venir! El error de decir que sí, cuando en realidad pensábamos que no. El irremediable error que sobrevive y sobreviene en el oportunismo, en la pincelada relamida y glamurosa, en el acorde complaciente y popular ¿populista?, en la nota desmedida en facilismos, en el discurso apologético y probatorio de otros errores que no quieren, no pueden hacer público. El error de justificar lo injustificable, el error de no tener coraje de decir, he errado, somos, hemos sido los responsables.

Al final, el error de haber sido, de ser, de pretender ser, de nunca haber sido. El drama ontológico que supone la invención de nuestro ser. El error que en la desobediencia lleva a Eva a extender, en la fragilidad de su blanquísimo brazo, el fruto del árbol prohibido, el mismo fruto que, antes de morderlo, no nos dejaba ver desnudos. El fruto de la verdad, de la liberación espiritual y física, la misma verdad que, vociferada, llevó a Bruno y a tantos otros a la hoguera. La misma hoguera que, durante siglos, ha ardido en nombre de la “purificación” de la expurgación de los errores, de lo nunca debió haber sido.

Al mismo tiempo, el error es motivo de muchos desasosiegos, de públicos “desatinos” y telúricas fulguraciones. Ensayar el error, ya sea en un espacio simbólico, sonoro o visual, nos muestra una suerte de ejercicio donde las demarcaciones se desdibujan y todo confluye en un torrente creativo que, yuxtaponiéndose e interponiéndose, teje una sensibilidad experimental que recuerda a las vanguardias en el empeño por descubrir nuevas territorialidades.

Lo curioso, en el error, es la vocación de hallar potencialidades heurísticas y comunicativas. El error como acción y propensión se convierte en artificio creativo en cuya interioridad gravitan las encrucijadas de nuestras propias desesperaciones. Si bien el error muestran gradaciones semiológicas propias de una indagación que se configura y versa; lo relevante es la posibilidad de asistir a esta franja inestable y escurridiza donde el “desatino” adquiere, como en el jardín de las delicias, la serenidad que reclama todo acto creativo.

Quizás por error he escrito estas palabras, que por error quizás no dejan advertir el sentido mismo de todos los elementos que se aglutinan en esta bitácora. Ya no sé. Lo que sí no es un error es el haber propiciado toda esta elucubración que me interna cada día más en el laberinto de mi conciencia. Lo que sí no es un error —a pesar de los escepticismos que nos rodean— es seguir construyendo espacios donde el error sea una máxima creativa y donde, al pasar de los años, hayamos ganado para nosotros el vértigo de la zozobra y la amnistía.

Sobre el autor

Antonio Correa Iglesias

Antonio Correa Iglesias

Antonio Correa Iglesias (La Habana, 1976) es filósofo, escritor y ensayista. Es coordinador del Programa de Filosofía y Ética, Programa de Ética, de la Universidad de Miami. Entre los años 2003 y 2012 fue Profesor Asociado por el Departamento de Filosofía de la Universidad de las Artes de La Habana. Ha sido crítico y curador de arte contemporáneo en varias revistas especializadas y ha trabajado con diversas galerías de arte en Alemania y Holanda (ancoiglesias@gmail.com Celular: 786-239-9642).

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2 comentarios

  1. Armando Añel
    Armando Añel abril 13, 15:41

    definiendo la intensidad del error. Monstruo.

  2. opinion
    opinion octubre 29, 02:05

    Yo se quien es la modelo! No madura.

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