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Escalera de triunfo

Escalera de triunfo

Escalera de triunfo
septiembre 10
18:12 2014

Le tocaba jugar a Camilo. Miraba las barajas con detenimiento mientras el Chico, como le decían cariñosamente en la tropa por sus escasos diecisiete años, le retaba a que dejase ese sobre amarillo y superase las cartas: seis, siete, ocho y nueve de corazones que había puesto con una sonrisa de triunfo sobre el tronco del árbol talado que les servía de mesa a los dos jugadores. Pensaba el adolescente que tenía atrapado a su comandante. Con esa escalera de números, nadie podría ganarle ni siquiera el afortunado Camilo, que a pesar de ser el primero en disparar con su ametralladora en el combate, nunca salía herido: las balas enemigas no le tocaban o simplemente le rebotaban en el uniforme. Cuando le preguntaba cómo lo hacía, sonreía: “la suerte siempre está de mi parte”, pero esta tarde de agosto lo había abandonado y lo sabía muy bien porque el comandante le miraba frunciendo el ceño de la derrota.

El hombre cerró el abanico de naipes. Se levantó y comenzó a dar pasos cortos apartando las hojas y ramas caídas, regresando una y otra vez por lo andado y desandado como si buscara abrir con sus botas una trinchera y esconderse en ella. No hay escapatoria. Allí estaba el Chico bamboleándose con toda la alegría del ganador. ¿Cómo decírselo? El comandante se sentó ante el tronco sin prestarle atención al regocijo del joven que se declaraba vencedor. Separó sus tres barajas: un príncipe, una reina y un rey de bastos. Debía robar una carta del montón apilado y sus opciones serían un nueve o una A de bastos, pero ese no era el problema: el Chico hiciera lo que hiciera estaba perdido.

Y mientras miraba a su reina recordó la tarde en que la mujer le dijo que le entregaba al adolescente para que luchara por su patria. Al principio Camilo se negó: el príncipe era casi un niño, pero el rey le insistió: “es lo único que tenemos y no queremos que los soldados de Batista vengan a matarlo”. Se lo entregaron frente a la puerta del bohío, descalzo y con la misma sonrisa triunfante de ahora. Pese a que Camilo enumeraba los peligros de la guerra, el Chico abrazó a sus padres, agarró el sombrero de yarey y dijo: “a sus órdenes mi comandante”. No le quedó otra cosa que se los cuidaré. Les doy mi palabra que regresará sano y salvo. Le abrazaron con ternura y mientras la tropa se alejaba, Camilo maldijo el disparate que había cometido: ¿cómo iba a cuidar de un mocoso en plena contienda?

Se equivocaba. El pequeño resultó ser un guerrero. Su especialidad eran las granadas. Convenció a Camilo que nadie en el pueblo podía lanzar las piedras más lejos que él, pero esos no eran seborucos, insistió; la polea podía trabarse y perder un abrazo o la cabeza sencillamente. Nada de granadas. Su tarea era subirse a los árboles y divisar los movimientos de los casquitos. Cuando terminara la guerra, quería devolverlo de una sola pieza y Chico sonreía con esa picardía como si siempre tuviese una escalera de triunfo en sus manos.

Este cuento está inspirado en el libro “Memorias de un soldado cubano”, de Dariel Alarcón Ramírez (Benigno).

El destino baraja sus jugarretas y a veces el celador termina cuidado. El ataque de un avión los despertó al amanecer. Las ráfagas comenzaron a desmochar los arbustos como si supieran que abajo dormían guerrilleros en sus hamacas. Algunos no se levantaron de sus sueños y Camilo dio la orden de abandonar al campamento. Agarró su fusil y le dijo al Chico que no se apartara de él, que fuera su sombra donde quiera que fuera. El jovenzuelo obedeció recordando los cuentos que le había hecho su comandante de que las balas pasaban por su lado sin rozarle el esqueleto porque él era la reencarnación de un guerrero griego protegido por Palas Ateneas, la diosa de la guerra.

Aprovechando las irregularidades del terreno, se escondieron tras unas rocas mientras apareció otro avión lanzando bombas de napalm. El verde de los árboles se transformó en segundos en una bola de candela rojiza, ensordecedora y mal oliente que los obligó a retirarse hacia el descampado. No debían salirse de la arboleda porque serían cazados como liebres. Un avión pasó tan cerca de ellos que Camilo vio la sonrisa cínica del piloto. Mas al instante los ojos del aviador se desorbitaron de miedo cuando la granada entró en la cabina. El artefacto se elevó y explotó cayendo en varios pedazos sin rumbo ni dirección sobre la espesura del bosque. No se lo dije mi comandante que no hay en el pueblo quien me gane. Camilo se quedó atolondrado como ahora, dubitativo, si saber si levantaba el próximo naipe o regañaba al infante por usar las granadas.

Ni le amonestó ni agarró la carta. De nada valdría quién ganase o perdiese. Su suerte estaba echada. Vino con el sobre amarillo del Estado Mayor que daba la orden y llegó precisamente en el instante en que el Chico mostraba su escalera de triunfo. Se levantó dando vuelta de un lugar a otro con ganas de que la tierra se abriera y se tragase las barajas, el tronco, el niño, a él y a toda su tropa. No podía creer que Fidel hubiese dado ese dictamen. ¿Cómo iba a hacerlo? La guerra es la guerra y él robó a sus compañeros. Pero sólo fue una lata de leche condensada. Sí, eso fue hoy y qué será mañana. Además Camilo tú sabes que lo principal en una guerra es la disciplina. El comandante se sentó derrotado ante el tronco que servía de mesa de juego. Vio en sus cartas al príncipe, a la reina y al rey de bastos. ¿Qué les voy a decir a sus padres? Vamos, Camilo, juega. Es tu turno o es que se te acabó la suerte. La voz del superior acalló a la del Chico. ¿Estamos en una guerra? ¿No? Si la indisciplina comienza por nuestros soldados, cómo vamos a asegurar los bienes de los campesinos de la zona. Y la reina de bastos le miraba y el príncipe se le cayó de las manos. Cuando fue a recogerlo de la hojarasca, el Chico enmudeció al ver que las otras cartas eran el rey y la reina. Esa era una mano muy fuerte. Sus ojos se clavaron en el grupo de cartas que quedaba sobre el tronco, sujeto por una piedra y en la mirada sombría de su contrincante, que dijo con frialdad:

—Te vamos a fusilar a las cuatro de la tarde, Fidel lo ha aprobado.

Seguro que era una broma. Muchas veces Camilo se las ingeniaba para asustarlo como aquella vez que disfrazado de espantapájaros lo despertó a medianoche y el Chico salió gritando que había visto al Coco. Todos en el campamento rieron y le dijeron que se detuviera en su estampida que no era el Coco sino el diablo de Camilo. Por eso le respondió tranquilamente:

—Está bien.

Y entendió que debía seguirle el juego a su comandante, que aunque se levantara y no destapara el naipe debajo de la piedra, estaba seguro que había perdido. Y así lo comprobó al voltearla: era un As de corazón. Saltó de alegría mientras dos guerrilleros vinieron a sujetarlo. No hizo resistencia. ¿Ser el hazmerreír, otra vez, de todos? De eso nada.

Se dejó amarrar al tronco de un árbol. Tres hombres cargaron sus fusiles a unos metros de él mientras otro le leyó la razón de su condena. Sonrió. ¿Me van a fusilar por una lata de leche condensada? Miró a su alrededor y no estaba Camilo. Tuvo un poco de miedo, pero no lo mostró: estaba seguro que era otra travesura del diablo.

El comandante escuchó las detonaciones escondido detrás de un arbusto. No quiso ver a su protegido con el pecho deshecho por la metralla. Ordenó que le dieran sepultura y le mandó un mensaje a sus padres diciéndoles que su hijo había muerto y que después de la guerra vendría en persona a darles las condolencias.

Pero nunca lo hizo. Después del triunfo, cuentan algunos que se perdió en una avioneta y no encontraron sus restos; otros que lo mató el mismo Fidel temeroso de que el jaranero y popular Camilo tuviese escondido en su manga una carta de triunfo.

Sobre el autor

Jorge Luis Llópiz

Jorge Luis Llópiz

Jorge Luis Llópiz nació en 1960 en La Habana. En 1995 salió de Cuba rumbo a Estados Unidos y en el año 2000 dio a conocer su primer libro de cuentos, "Juegos de intenciones". Su segundo libro de narrativa corta, "Los papeles de Ventura" (2010), vio la luz diez años después. Otros libros suyos son la novela "Tarareando" (2011) y "El domador de ilusiones" (2013), otro cuaderno de cuentos. Reside en Texas, Estados Unidos.

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1 comentario

  1. BELTRAN
    BELTRAN septiembre 16, 17:22

    La selva de la narrativa cubana aguarda por un leñador como tu, LLopiz, que tambien sabes ser jardinero! Enhorabuena porque cuentos como este nos demuestran que no todo esta perdido…

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