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Esperando a MacDonald’s

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El primer MacDonald's en Rusia

Esperando a MacDonald’s
enero 15
02:41 2016

 

Es perceptible que lo más espectacular de la historia cubana está por venir. Y no será el funeral del régimen, la fiesta tantas veces pospuesta, sino una gran pachanga estomacal. Tiene que ver con El proceso de Kafka, el surrealismo y con la resurrección del alimento. También con la vida es un carnaval de Celia Cruz, por qué no.

En los años 60, una libreta de reparto comunal de comida trastocó de tal modo la cultura cubana que el arte de vivir se volvió ruso. Sin carne rusa, no habría revolución. Que yo sepa ni una sola obra de arte registra ese hecho dietético, que fue tan dramático como suplantar a Martí por Lenin. Los 70 fueron de vacilón, con las masas adaptadas a vivir del aire y con la nueva trova lavando cerebros musicalmente. La patria fue rebajada a una escala colonial en una Constitución que da asco; el bugarrón “homo sovieticus”, como le llama la premio Nobel Svetlana Alexiévich, se la clavó a Cuba.

A Lezama Lima, el gran genio comilón. A mi maestro Moreno Fraginals, que quiso comer en libertad.

En los 80, nada menos que una escultura profana, la cabeza de Martí servida en una bandeja plástica, puro arte protesta vanguardista, nos quería decir algo macabro acerca del ser y la nada y el diluvio mental que se padecía. El hombre nuevo popularizó el asere y el cheo, todo se fue volviendo marginal y cuadrado. Ese nuevo homo cubensis purgante, desconectado del mundo, y su opuesto, el gusano hereje, más la cultura jinetera y la nomenklatura mayimbe (nueva clase) encabezada por la castrocracia, le pusieron más travestismo al ajiaco (sinónimo de Cuba transcultural, según don Fernando Ortiz).

Así se impuso la brutal “nada cotidiana”, con el matiz de Zoe Valdés y el hastío existencialista del balsero argonauta. Fíjense en qué metamorfosis ontológica devino el proceso kafkiano-orwelliano que significó la traquimaña utópica y la ley barbuda. Luego vino aquello que tenía que ver con Numancia, morirse por el comunismo y comer croqueta de gato: la opción cero. No es leyenda urbana, es realismo puro con el grito de Munch en la mesa vacía.

Por esos extraños surrealismos ha culebreado la identidad cubana por más de medio siglo. Bueno, en la Bodequita del Medio se come rico en dólares, otro guión de Dalí, retocado por el cocinero Goya. Y es que de comer se trata. Desde la Perestroika y la caída del muro de Berlín (1989) las panzas cubanas se prepararon para banquetearse de colesterol capitalista, la gran mesa sueca liberadora. Pero la opción cero y una llamada “política de rectificación de errores” malearon las ganas, dando prioridad al hambre revolucionaria. Sin duda, reprimir las ansias estomacales es propio del totalitarismo más sádico y energúmeno, pero en la Cuba actual fidelista-raulista otro gallo canta: el restablecimiento de relaciones con los malos (Estados Unidos) pasa por la metodología china, la llave maestra de la supervivencia post-comunista: capitalismo con partido único y gastronomía libre.

Y es así como un gran sueño despierta. Desde los años de la desintegración de la Unión Soviética (1992), el más apremiante anhelo cubano es comer ese bocado que vuelve adicto a los paladares mundiales, el MacDonald’s. Así le llamen comida chatarra es mejor que comer gorgojos y falsas croquetas, o comer racionado. Los chinos y rusos capitalizados rompieron el record mundial de hacer colas por tal de llenarse al tope de papas fritas, mega hamburguesas y batidos estilo yankee. La comida rápida de MacDonald’s es la favorita de niños, jóvenes y pobres, a pesar de la mala fama que le dan los nutricionistas. Desde 1990 los rusos comen MacDonald’s, ¿cuándo le tocará a los cubanos?

Pudiera estar cerca el cambio, la potencial concesión totalitaria que suavizaría su imagen: liberar el menú. Barriga llena, corazón contento, lema más convincente que patria o muerte. Seguro lo piensan un tiempo, como buenos retrógrados que son, temerosos de la sazón ideológica agazapada en un suculento fiambre enemigo. Desde luego, una hamburguesa pudiera virarles la tortilla. Un plato de comida corrompe, esclaviza, pero también genera estados de conciencia, sinestesia, paradigmas y revisionismo. El hombre nuevo, cebado con MacDonald’s, es muy probable que haga comparaciones acerca del antes y después. Además, la necesidad cubana de comer alentaría el ideal de cambio pro democrático más allá del plato. La flaquencia cubana querrá ser libre cuando vea lo apetitoso que es ser turista americano engordado con MacDonald’s. Del surrealismo se pasa fácilmente al capitalismo culinario, como en toda divina comedia que cambia el buffet histórico. Viva la comida rápida.

“Todos los males que se derivan del exceso de comer son menores que los males que se derivan del exceso de no comer”, extractado de Paradiso, novela de José Lezama Lima.

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Sobre el autor

Antonio Ramos Zúñiga

Antonio Ramos Zúñiga

Antonio Ramos Zúñiga es un periodista freelance, además de dedicarse a la arquitectura, la fotografía de viajes y la historia del arte. Actualmente investiga el patrimonio cultural de México, donde reside. Es miembro de la Asociación de Amigos de los Castillos de Puerto Rico y de la junta de editores de la revista Herencia, en Estados Unidos. Ha publicado en periódicos y revistas de varios países y recibido premios por sus trabajos. Es autor de "La ciudad de los castillos" (2006) y de las novelas "Cornatel, el secreto español" (2014) y "Bonos chinos. Todo se sabe en la vida" (2015).

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