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Esperando al Dios Cargo

Esperando al Dios Cargo

Esperando al Dios Cargo
julio 18
02:29 2014

Soy oriundo de una de aquellas islas que salpican el gran Océano Pacífico, donde el horizonte es líquido y circular y cielo y mar se confunden. Siendo niño, fui testigo de la irrefutable existencia de los dioses que velaban por nuestro archipiélago. Vi cómo surcaban los aires y luego se posaban sobre nuestra isla en un lugar especialmente preparado por aquellos hombres verdes que un día llegaron a nuestra casa. Recuerdo su ronroneo constante, sus grandes alas plateadas, los dibujos que adornaban su piel y los exóticos regalos que nos traían. Recuerdo que a uno de estos lo llamaban chocolate. Tal vez esa palabra significara alimento de los dioses. Era negro y dulce y al comerlo me invadía una sublime alegría y una gran energía. Los dioses eran grandes y poderosos. Se posaban y despegaban con indescriptible elegancia, con la facilidad que a nosotros los mortales nos cuesta alcanzar. Mis amigos y yo corríamos, imitando su ronroneo y abriendo los brazos como si fueran nuestras alas. Pero el don de volar sólo pueden tenerlo los dioses, y por más chocolate que comiéramos, nunca logramos despegar ni volar como ellos.

Un día, de la misma  manera sorpresiva que habían aparecido, los dioses y los hombres verdes se fueron. En vano esperamos que volvieran. ¿Qué había sucedido? ¿De alguna forma los habríamos ofendido? Todos los días, acudíamos en vano al lugar donde solían posarse. Nos sentábamos a esperar. Las vigías colocadas en los puntos más altos de nuestra isla escrutaban los cielos, esperando algún signo precursor de la llegada de los dioses plateados. Nada. ¿Por qué nos habían abandonado? El océano que nos rodeaba nos parecía más grande y más vacío. Nuestras vidas, que habían transcurrido sin preocupaciones antes de que ellos llegaran, ahora estaban llenas de ellas, de expectativas, de preguntas sin respuestas. Los mayores resolvieron construir otro lugar donde los dioses podrían posarse, ya que, al irse, los hombres verdes habían destruido gran parte de las instalaciones que utilizaban. Así es como talamos parte del bosque de palmeras, nivelamos el suelo y reprodujimos de memoria todo lo que había estado allí antes. Pero aún así, a pesar de nuestra intemporal espera, los dioses no quisieron volver.

Por circunstancias de la vida, muchos años después, debí partir yo mismo. Hoy en día estoy muy familiarizado con los aviones y debo reconocer que siempre me maravillan, a pesar de que nuestra creencia en su deidad haya sido ridiculizada y calificada de primitiva. Nuestro dios incluso ha sido bautizado como el Dios Cargo, en clara alusión a los pertrechos que transportaba para los soldados americanos durante la Segunda Guerra Mundial.

Al recorrer el mundo con su inmensa variedad de pueblos y de culturas, cada vez que entro a una iglesia o a un templo y presencio un ritual religioso, recuerdo mi adoración por el dios de mi infancia, y me pregunto cómo será el dios de estas personas. Me parece obvio que dedicándose a sus ritos primitivos sólo están esperando a otro Dios Cargo, tal como antaño lo hicimos nosotros en nuestra isla precaria.

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Sobre el autor

José Luis Borja

José Luis Borja

José Luis Borja nació en Francia de padres españoles refugiados de la guerra civil. Estudió ingeniería electrónica en Toulouse. Por el texto “Dulce Venecia” recibió el Segundo Premio del IIº Certamen Internacional de Cuentos “Jorge Luis Borges-2008”, de la revista SESAM (Buenos Aires, Argentina). Suya es la novela histórica “Aroma de caña fresca”. Reside en Miami.

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