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Estados Unidos, una cultura de la acción

Estados Unidos, una cultura de la acción

Estados Unidos, una cultura de la acción
marzo 18
14:08 2014

En el sentido más amplio de la palabra cultura, que es el que abarca la tónica vital y espiritual media de un pueblo, la cultura de Inglaterra parece caracterizarse por una especie de dualidad o, en todo caso, por cierta aptitud para desdoblarse entre lo intrínseco y lo extrínseco, entre la sensibilidad y la voluntad, entre la conciencia y la acción. También pudiéramos decir, más convencionalmente, entre idealismo y realismo. Desde luego, estos dos polos se dan en todas las culturas avanzadas. Pero unas, como la de España, tienden a integrar los valores que a ellos corresponden: en otras, como en la inglesa, estos operan disyuntivamente, separándose lo religioso, lo ético y lo estético de lo conveniente y práctico. La política es entonces como una zona intermedia, que se inclina unas veces a un polo, otras al otro, pero que, por su mismo carácter de acción, tiende más al realismo que al idealismo.

También en esta polaridad la historia tiene mucho que ver, y acaso la geografía. Dueña de su destino desde el siglo XII cuando menos, Inglaterra contrajo muy temprano hábitos y actitudes de los que pudiéramos llamar centrípetos: un espíritu conservador y tradicionalista, que nunca ha dejado de ser su rasgo sobresaliente; el miramiento a las jerarquías y a las formas; un individualismo celoso de la libertad personal, del consentimiento como requisito del poder público y de la independencia crítica. Pero ya fuese por una acometividad propia de las islas, como pensó Ganives, o por necesidades políticas y económicas, que parece lo más probable, ya en la época isabelina Inglaterra sintió urgencias de imperio. Esta proyección centrífuga fue para ella un poco lo que la frontera había de ser para sus vástagos americanos. A los valores de la conciencia y de la sensibilidad yuxtapuso —y a todos los efectos exteriores sobrepuso— los valores de la acción expansiva: la agresividad, el gusto del riesgo provechoso, los cálculos del sentido práctico. El vejamen implícito en aquello de la “Pérfida Albión” alude, en el fondo, a ese desdoblamiento, que en la etapa victoriana no fue ajeno a ciertas formas de sutil hipocresía.

Estados Unidos, la otra frontera

Pues bien: esa dualidad se transmitió a América. Favorecida aquí por nuevas circunstancias, es la raíz profunda de aquella otra dualidad que Santayana señaló entre el puritanismo y el espíritu de frontera. Mientras subsistieron las necesidades de la acción expansiva, prevaleció este último, que en buena medida provee aún el acento característico de la vida norteamericana, pues lo primitivo de ésta no es el antecedente indígena, que apenas ha contado, sino el impulso que lo avasalló. Pero ya en la segunda mitad del siglo pasado, el movimiento abolicionista comenzó a marcar una reacción de la conciencia ética subyacente. El menester de solidaridad que la guerra civil dejó tras de sí se vio luego reforzado por la corriente inmigratoria. En ese ensanchamiento del espíritu de integración humana a costa del exclusivismo racial, ideológico y político, fue madurando el sentimiento democrático y, a la postre, una mezcla de idealismo y realismo que a menudo desconcierta a los observadores superficiales.

Fragmento del libro póstumo “Teoría de la frontera”, publicado en Puerto Rico en 1970.

De ese doble espíritu, que no siempre logra integrarse, está impregnada la cultura de los Estados Unidos. A los resabios de la frontera se deben, en último análisis, casi todos sus aspectos negativos: la polarización casi total de la vida hacia los valores económicos; la consiguiente absorción utilitarista, que se extrema en el “babitismo”, con su menosprecio de los valores puramente intelectuales y estéticos; la predilección consiguiente por los valores cuantificables y de masa, y la inevitable “estandardización” que ello genera; el prurito de lo superlativo y lo nuevo por el solo hecho de serlo; la prisa frenética con que se acentúa la tensión competitiva en la vida cotidiana; cierta arrogancia biológica que fue acaso el trasfondo de la discriminación racial en el pasado; la subordinación del humanismo y de la formación integral en las universidades. En fin, basta la simplicidad de gustos populares que tanto induce a representarse a los Estados Unidos con imágenes de Hollywood y de las tiras cómicas de los periódicos. Esto bien puede ser un modo más de escapar al déficit de satisfacciones espirituales que las letras más sinceras del país no se cansan de señalar tras el brillante proscenio de la vida norteamericana.

Mas no olvidemos que también responde al espíritu originario en la frontera mucho de lo más positivo en esa vida, y que ya son valores de universalidad dentro de su peculiaridad. Por ejemplo, al dinamismo innovador y experimental del pensamiento pragmático, tan injustamente desdeñado por las filosofías académicas europeas; la enorme contribución de los Estados Unidos al adelanto científico y técnico; la elaboración de un sistema democrático y eficaz, no obstante ciertas fallas internas; la exaltación del trabajo como dignidad del hombre; y ese optimismo y confianza en el progreso que Norteamérica opone al derrotismo y la angustia que amenazan a la cultura occidental. Ni es siempre su sentido de la vida como empresa algo exclusivamente económico, o el culto del success algo puramente lucrativo. He oído una anécdota de Edison que resulta muy significativa al efecto. Habiéndose asociado el gran inventor a un hombre de empresa, entre ambos se gastaron una buena suma en cierto proyecto industrial que resultó inviable. El día que llegaron a esa conclusión, Edison le decía a su socio: “Pero tuvimos un good time probando, ¿verdad?”. Este gusto del esfuerzo y de la exploración, esta capacidad de asumir riesgos, esta voluntad tensa contra la inercia y la rutina, forman parte del culto general de la energía que es el resorte maestro del alma americana y, sin duda, el legado más esencial de la frontera.

Cuando ese espíritu se mezcla con el impulso idealista, da de sí, repito, una síntesis ético-práctica que se manifiesta en la insospechada delicadeza de ciertas costumbres, en la mentalidad autocrítica, a menudo humilde y siempre respetuosa del mérito ajeno; en la disposición activa a ser generosos con la propia riqueza. Esa modulación es la causa más honda de que los Estados Unidos, después de darle rienda suelta en su primera etapa histórica a la voluntad de imperio, la frenaran visiblemente, participaran sin mayor provecho en dos grandes guerras mundiales, se echaran encima después la asistencia económica a numerosos países incluyendo los que fueron enemigos, y se hayan convertido, en fin, en veladores de la libertad política, al extremo de que, sin ellos, no se sabe qué suerte habría corrido ya la democracia en el mundo.

Sobre el autor

Jorge Mañach

Jorge Mañach

Jorge Mañach (Sagua la Grande, 1898 - San Juan, 1961). Escritor y filósofo cubano, Doctor en Filosofía y Letras, fue ministro y congresista durante el período republicano. Es autor de “La crisis de la alta cultura en Cuba” (1925), “Indagación del choteo” (1928), “Martí, el apóstol” (1933) y “Teoría de la frontera” (1960), entre otros ensayos. Fue editor de la Revista de Avance y Primer catedrático (desde 1940) de Historia de la Filosofía en la Universidad de La Habana.

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