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Europa, Trump y otras mentiras del montón

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Europa, Trump y otras mentiras del montón

Europa, Trump y otras mentiras del montón
febrero 27
16:40 2017

 

Donald Trump es considerado en Europa un populista paradigmático y la encarnación de lo políticamente incorrecto. Se ha atrevido a celebrar el Brexit y a poner en entredicho la viabilidad de Europa y de sus instituciones, en particular de la OTAN. Ha sido acusado de proporcionar combustible a los llamados partidos antiestablishment (el Frente Nacional Francés de Marine Le Pen, la Alternativa para Alemania de Frauke Petry, el Partido Holandés por la Libertad de Geert Wilders, la Liga Norte Italiana de Matteo Salvini y el Partido por la Libertad austríaco de Harald Vilimsky) que no disimularon su entusiasmo por su toma de posesión en una conferencia conjunta celebrada el pasado 21 de Enero en Coblenza (Alemania) y en la que convocaron a los europeos a participar en una “primavera patriótica” contra la Unión Europea.

El tono de las reacciones de los líderes del continente tras su toma de posesión indica una cautelosa preocupación, con la excepción de un entusiasta Nigel Farage, principal impulsor del Brexit, de Theresa May (ésta última con algunas reservas posteriores) y de un Mariano Rajoy, ajeno a su propia irrelevancia, que se ha mostrado dispuesto a ser el interlocutor de los Estados Unidos en Europa, América Latina, el Norte de África, Oriente Medio y más allá.

Por carácter transitivo, los que le dieron la victoria a Trump en las urnas son lo peor de la especie humana. Con matices y con mayor o menor énfasis según el medio de comunicación en cuestión, prevalece el perfil que presidió la campaña demócrata acerca de la catadura moral de sus votantes: Hillbillies contraculturales de los Apalaches, paletos autoexcluidos de la América profunda sin estudios y sin futuro, vagos, borrachos y drogadictos; fundamentalistas religiosos y antiabortistas, machistas y maltratadores, racistas y activistas del Ku Klux Klan, nacionalistas furibundos, cómplices de la violencia y del crimen afiliados a la asociación del rifle, fascistas, islamófobos, xenófobos, negros traidores a su raza, mujeres ignorantes e indignas, latinos aculturados y amnésicos que temen perder por culpa de la inmigración las migajas recibidas, cubanos instalados confortablemente en su “exilio de oro”, resentidos con los “logros” de la nueva política de Obama hacia el régimen de La Habana, y descerebrados ultraconservadores del Tea Party. Visto lo visto, ese es el retrato robot que hacen los medios de aproximadamente uno de cada dos votantes en las últimas elecciones. Al parecer la “cesta de los deplorables”, término con el que se refirió en campaña la señora Hilaria Clinton a los que no votaran por ella, es enorme.

¿Por qué tanta virulencia? Además de las formas del nuevo presidente (francamente mejorables) y de su inusual intención de hacer lo que prometió en campaña ¿qué es lo que disgusta o atemoriza tanto al establishment europeo? ¿Hay algo de razón en las apreciaciones de aquel sobre el funcionamiento de la Unión y de sus instituciones, en particular de la OTAN?

Desde la óptica de las élites gobernantes de aquí y de allá, Trump es un mercader advenedizo que se ha colado en el templo de la burocracia. Un templo celosamente custodiado por la izquierda y la derecha “moderadas”, que tras décadas de alternancia en el gobierno comparten un discurso coincidente en muchos aspectos por pragmatismo, por renuncia o incapacidad de sostener unos principios, por cálculos electoralistas o por sometimiento a una hegemonía cultural que constituye el principal logro (y paradójicamente la mayor debilidad) de la izquierda.

Más allá del discurso dominante, los gobiernos europeos son conscientes (o debieran serlo) de las debilidades del proyecto que pretenden preservar de cualquier crítica. Los pilares fundacionales de la Unión, la paz y la prosperidad, están en entredicho:

La izquierda y la derecha europeas con capacidad de gobierno se han ido aproximando hacia un centro dominado por un objetivo común: mantener el llamado Estado de Bienestar y el orden institucional que le acompaña. Pero no acaba de despegar el crecimiento económico, persisten el desempleo y los salarios bajos, el mantenimiento de las pensiones está en cuestión, las clases medias sufren una insoportable presión fiscal, y la confianza en el futuro está gravemente deteriorada.

Las recetas económicas que funcionan para Alemania no parecen beneficiar de la misma manera a Francia, a Italia y a un largo etcétera. El marco constitucional de la Unión consagra la posición hegemónica de Alemania una vez concluido su proceso de reunificación, y una Francia debilitada ya no sirve de contrapeso.

La colisión de los intereses nacionales de los miembros del club con Bruselas se manifiesta de múltiples formas. La larga crisis económica actual ha contribuido a aflorar la preocupación por los costes crecientes de pertenecer a la Unión. Si bien es cierto que la liberalización o “libertad regulada” del comercio en la zona intracomunitaria es un beneficio importante (al margen de que dicho proceso se ha estancado, sobre todo en materia de servicios) la participación en ella no es gratuita.

El proteccionismo comercial europeo con respecto al resto del mundo le cuesta a Europa según algunos estimados entre un 5% y un 7% del PIB anual, al tiempo que impide a los socios disponer de importaciones más baratas y aumentar la oferta para los consumidores. Si a esto se añade que es una práctica internacional bastante extendida el establecimiento de tratados comerciales entre dos o más países, los beneficios de pertenecer a la zona libre europea disminuyen de forma relativa. La alternativa a la Unión Europea no es el aislacionismo económico.

La red de subsidios y cuotas de producción conocida como Política Agrícola Común (PAC) además de costosa (absorbe casi la mitad del presupuesto europeo) es corruptora en más de un sentido (España sabe de eso) y su aplicación ha sido discriminatoria con los agricultores de Europa Central y del Este, lo que representa para estos países un agravio comparativo.

La maquinaria burocrática de la UE es un pesado y costoso lastre. Según la propia Comisión Europea, la reducción de las cargas administrativas podría incrementar el PIB comunitario en un 1,5%, unos 150.000 millones de euros. El Foro Europa Ciudadana, en su informe titulado “Hiperregulación en la Unión Europea”, señala que en el período comprendido entre los años 2000 y 2013 (último dato analizado en el informe) las instituciones europeas produjeron 39.832 normas jurídicas, 27.568 reglamentos, 2.098 directivas y 10.654 decisiones en calidad de actos definitivos, a lo que habría que añadir varios miles de actos modificativos. Si se tienen en cuenta los actos de transposición al Derecho Nacional interno de cada estado miembro, el volumen del Derecho Europeo en su conjunto podría superar los 200.000 actos jurídicos normativos, 15.385 al año, 42 al día en el período analizado. Para las empresas, en particular las Pymes, supone trabas y costes excesivos asociados entre otros a la política energética, por citar un ejemplo.

Si bien es cierto que los países del centro y este europeo se han beneficiado de la redistribución de dinero que aportan los Fondos de Cohesión, no es menos cierto que el compromiso asumido para rescatar el euro ha supuesto un gran esfuerzo. Las transferencias financieras y garantías aportadas han llegado a superar en algunos países sus ingresos fiscales de un año.

Por todo lo anterior, el coste de la adhesión a la Unión Europea sustanciado en las contribuciones al presupuesto comunitario (incluyendo los fondos de cohesión y la PAC) más los asociados al proteccionismo comercial, la regulación y los rescates, no es precisamente una panacea.

En otro orden de cosas, Europa está más preocupada por la seguridad que por la paz. La amenaza proviene de dos focos principales: el terrorismo islamista y la Rusia de Vladimir Putin. La OTAN como organización de defensa colectiva no ha sido capaz de diseñar y aplicar una estrategia común y unificada. Europa no tiene la voluntad de defender unos valores y unos principios comunes porque en la práctica carece de ellos, aunque estén escritos en algún lugar. Esa es su principal debilidad frente a la amenaza islamista y a los objetivos políticos de Rusia.

La percepción de los riesgos no es la misma para Alemania o Francia que para Polonia, Estonia, Letonia o Lituania, que han optado por fortalecer su propia estrategia defensiva, más allá del desarrollo de maniobras militares conjuntas con la OTAN, y del despliegue de fuerzas de la coalición sobre el terreno. Como ejemplo en los últimos tres años el Ministerio de Defensa lituano ha distribuido hasta tres manuales de autodefensa con el objetivo de preparar a la población ante una posible invasión rusa. No se trata de una respuesta exagerada, sobre todo si se tiene en cuenta que según una encuesta del Pew Research Center publicada hace algún tiempo, menos del 50% de los europeos se muestra favorable a la participación en un conflicto para repeler un hipotético ataque ruso a alguno de los aliados. La solidaridad intracomunitaria no es un valor seguro según de quién se trate.

El concepto tradicional de defensa territorial de la OTAN frente a una agresión externa no se corresponde con los nuevos retos:

-En primer lugar, el enemigo ya está dentro de Europa practicando una guerra irregular. Lo demuestran las agresiones terroristas perpetradas por ciudadanos nacidos en territorio de la Unión contra la población (lo cual se agrava con la entrada de combatientes yihadistas camuflados como refugiados políticos) y crece el peligro de la utilización de medios no convencionales como artefactos biológicos, químicos o radiológicos.

-En segundo lugar, el auge del islamismo agresivo, la conversión de Al Qaeda en el ISIS y las erráticas estrategias de respuesta aplicadas por Estados Unidos y Europa, han aumentado exponencialmente la inseguridad en el continente. La posibilidad de morir en París, en Madrid o en Estocolmo en una acción de guerra (una guerra de conquista) ya no es una abstracción.

Obama “el pacificador” deja tras de sí un agravamiento de todos los conflictos que heredó, más alguno que otro de cosecha propia por acción u omisión: Irak y Libia se desangran debido a la violencia sectaria agravada por la presencia del Estado Islámico, algo debilitado pero vivo; aumenta la violencia y la inestabilidad en Afganistán con el fortalecimiento de la insurgencia talibán; crece la inestabilidad política en Turquía, y se intensifica el conflicto con los grupos armados kurdos, que se extiende a Irán, Irak y Siria; se incrementa la división política y la violencia en Pakistán; continúa la guerra en Siria y su repercusión en Europa con la crisis de los refugiados; se aleja más si cabe la posibilidad de un acuerdo que solucione el conflicto palestino israelí, gracias a la escandalosa parcialidad de la ONU y de su Consejo de Seguridad, como denunciara recientemente la nueva embajadora norteamericana ante ese organismo, Nikki Haley, en su primera conferencia de prensa; las inmerecidas concesiones otorgadas al régimen de Teherán, lejos de apaciguar sus políticas expansionistas regionales, le han reafirmado como un destacado patrocinador del terrorismo en la zona, desde Hezbollah en Líbano y Siria hasta los hutíes en Yemen, y las células terroristas en Baréin, Irak, Arabia Saudí o Kuwait, lo que añade combustible a las guerras de Siria y Yemen por el aumento de la tensión entre Irán y Arabia Saudí.

-En tercer lugar, más allá de la posibilidad de un enfrentamiento armado con Rusia (ya algunos expertos sitúan el lugar de inicio en el llamado “Gibraltar del Báltico” o corredor de Suwalki, en la región de Kaliningrado) el verdadero peligro para Europa está en marcha desde que Putin anunció en la Conferencia de Seguridad de Múnich en 2007 que proporcionaría una “respuesta asimétrica” a la “expansión de la OTAN en Europa del Este, y los planes estadounidenses de instalar un escudo antimisiles en la región”. Dicha respuesta asimétrica se sustancia en una estrategia de erosión que incluye desde la financiación de partidos políticos radicales, hasta el empleo de espías, hackers, trolls, campañas de desinformación y difusión de fake news, campañas de difamación de líderes políticos, o medios militares irregulares (como “los hombres verdes” que patrullaban las calles en Crimea en 2014, que según la versión de Putin eran “grupos de autodefensa” integrados por residentes). El director del Centro para la Seguridad y la Investigación Estratégica de Riga, Janis Berzins, define esta estrategia en los siguientes términos: “Creo que Rusia tiene objetivos políticos que quiere lograr en Europa, y está haciendo todo lo que puede, dentro de ciertas limitaciones estratégicas. No me imagino a Rusia atacando a Francia o Alemania, eso no tiene sentido. Pero sí vemos a Rusia haciendo todo lo posible para influir en los resultados políticos, las elecciones, la gente… El objetivo final es usar la democracia contra nosotros”. La preocupación por éstas prácticas es evidente en un año de elecciones en Francia, Alemania, Holanda o la República Checa. Todos están aumentando sus protocolos de seguridad, y Holanda ha anunciado que el recuento de votos se hará manualmente en la cita electoral del próximo mes de marzo para evitar un ciberataque.

-En cuarto lugar, es una evidencia que el terrorismo islámico ha cambiado el orden mundial establecido tras la caída del Muro de Berlín y la desintegración de la URSS. Europa está condenada a entenderse con Estados Unidos, su tradicional proveedor de seguridad después de la II Guerra Mundial, porque el liderazgo le pertenece. No se trata de disminuir la dependencia de su principal aliado en esta materia, sino de desarrollar una estrategia multilateral y común fundamentada en el rescate de los valores occidentales para enfrentarse a los retos actuales, y comprometerse con ella. La alternativa probablemente sea el restablecimiento del Califato en Córdoba.

De todo lo anterior se desprende que la vulnerabilidad de Europa no es responsabilidad de Trump, de Putin o de Marine Le Pen. Pero más allá de análisis económicos y estrategias militares, el principal problema con el que se enfrentan los países europeos (y también los Estados Unidos) es una crisis de identidad cultural y moral. Si algunos pueden “usar la democracia” en su contra, es porque algo falla.

El auge de los movimientos antiestablishment es el resultado del hartazgo de los norteamericanos y de los europeos con el discurso dominante. La izquierda occidental ha logrado la hegemonía cultural, con la aquiescencia y la colaboración de la derecha democrática, imponiendo el “progresismo” a través de la censura. La opinión que no pase por el filtro de la corrección política es rechazada y condenada como inaceptable socialmente. El progresismo más que una ideología es una panoplia de ideas que pretende presentarse como la síntesis histórica de lo mejor y más avanzado del pensamiento occidental, como la encarnación de unos nuevos valores que se suponen universales. Ello le confiere una superioridad moral inapelable, y le hace acreedor del monopolio de la verdad. Por estas mismas razones se siente absolutamente legitimado para ejercer la intolerancia e incluso la violencia en cualquiera de sus manifestaciones, adquiriendo una notable capacidad de polarización y de intimidación.

Las encuestas previas a las elecciones están errando sus pronósticos en muchos lugares con una sospechosa regularidad. Ello puede ser el resultado de la manipulación política fraudulenta de los datos reales como instrumento para presionar y decantar a los indecisos, o puede ser una evidencia de que los encuestados simplemente no están revelando públicamente su opción por miedo a ser tachados de xenófobos, racistas, homófobos, machistas, negacionistas del cambio climático, nacionalistas, islamófobos, sionistas, fascistas o euroescépticos, entre otras etiquetas, por no encajar dentro de los moldes establecidos por el multiculturalismo, la alianza de civilizaciones, la ideología de género, el feminismo militante, el ecologismo, el victimismo tercermundista, el anticapitalismo en sus diferentes manifestaciones y grados, el Estado de Bienestar como coartada de la élite extractiva estatista y corrupta, el europeísmo y cualquier otra insignia del “pluralismo” progresista y excluyente. Estos adjetivos actúan como “policías del pensamiento” que activan el autocontrol y la autocensura.

El éxito de los llamados populistas antiestablishment consiste en decir lo que mucha gente piensa y no se atreve a expresar gracias a la dictadura de lo políticamente correcto, al margen de que las opciones que ofrezcan en muchos casos sean también mercancía averiada y de la peor calidad.

El populismo es una práctica universal de la que no escapa ninguna opción política conocida. Es una estrategia para acceder y ejercer el poder, cuyo fundamento es la conexión emocional con las frustraciones, la alienación o las creencias sentidas y compartidas por una masa social significativa. El populismo no se asocia a una corriente ideológica específica, se puede apoyar con total naturalidad en el fascismo o en el comunismo (incluso en los dos a la vez sin sonrojarse) en la democracia, en la raza, en la alianza de las civilizaciones, en el orgullo nacional, en el género, en la paz o en la guerra, en el miedo, en la desigualdad, en el clima o en la doctrina de los padres fundadores de una nación en cuestión. Será efectivo en la medida en que las frustraciones y creencias existan o se generen, en que sean compartidas por amplias capas de la sociedad, y siempre que el populista ofrezca una posibilidad de cambio más o menos creíble y congruente con las creencias de sus seguidores.

La búsqueda de la verdad es un concepto que ha sido desterrado de la política. El que algo aparente ser verdad es más importante que la propia verdad. El bloguero David Roberts acuñó en el año 2010 el término “posverdad” para referirse a esta práctica. Los hechos son ignorados en la discusión, porque de lo que se trata es de imponer y de preservar un discurso, aunque ello implique desconocer, negar o inventar la realidad.

Si la mentira, la falsedad y el engaño presiden el quehacer político sin disimulo, la observancia de cualquier principio en esta materia queda anulada, y la posibilidad de transformar positivamente la realidad se convierte en una quimera. La capacidad de manipulación de la información por parte de las élites gobernantes, y la falta de principios éticos de los medios de comunicación afines, hacen prácticamente imposible distinguir la verdad de la mentira. La verdad es sustituida por el espectáculo, y la comunicación es pura propaganda demagógica.

El actual presidente norteamericano puede que no sea la primera ni la mejor opción para muchos de sus votantes y para América en general, pero al parecer el triunfo electoral se lo otorgaron Obama, la señora Clinton y Bernie Sanders. Europa bien haría en tomar nota e intentar rescatar los valores occidentales como los definiera Samuel Huntington (individualismo, liberalismo, constitucionalismo, derechos humanos, igualdad, libertad, imperio de la ley, democracia, libre mercado, separación de Iglesia y Estado) para acceder a una nueva era de progreso, y enfrentar con éxito el embate civilizatorio del Islam fanático y homicida. El que avisa no es traidor, las elecciones de este año pueden cambiar muchas cosas.

Sobre el autor

Armando Navarro Vega

Armando Navarro Vega

Armando Navarro Vega (Cuba, 1955). Licenciado en Economía por la Universidad de la Habana, y profesor en dicha institución en los Departamentos de Estadística Económica, Planificación de la Economía Nacional y de Economía de Empresas entre 1981 y 1995, año en que se radicó en España. También colaboró en esa etapa como Investigador y Consultor en el Centro de Estudios de Técnicas de Dirección, y en el Centro de Estudios de la Economía Cubana. Desde 1996 ha trabajado como consultor y formador en empresas, organizaciones e instituciones públicas y privadas españolas. Su libro "Cuba, el socialismo y sus éxodos" puede adquirirse en Amazon.

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