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Extraterrestres y planetas habitables

Extraterrestres y planetas habitables

noviembre 25
05:57 2011

1-aaa_Gliese_586dGliese 581g, Gliese 581d, Gliese 581c, Marte, Mercurio, HD 69830 d, 55 Cancri c, la Luna y Gliese e, son los planetas y satélites descubiertos hasta ahora con más posibilidades de desarrollar vida en la forma en que la conocemos en la Tierra, según un estudio respaldado por la NASA y el programa SETI, y editado por la revista “Astrobiology”.

Sin embargo, el humano no es el único índice de habitalidad. Es lo que han planteado, a propósito del estudio mencionado arriba, científicos como Dirk Schulze-Makuch (de la Universidad de Washington) y Abel Méndez (de la de Puerto Rico, en Arecibo). En este sentido, la gran pregunta sigue pendiente:  ¿Son las leyes que dieron lugar al homo, a partir de la primera arcilla, las mismas que rigen para las estrellas, los exoplanetas y sus satélites, tanto en la Vía Láctea como en otras galaxias?

El astrofísico Carl Sagan planteó en reiteradas ocasiones el dilema de si estamos o no solos en el Universo. En su libro “Vida Inteligente en el Universo”, escrito conjuntamente con el soviético Carl Y. Shklovskii, Sagan escribe: “Siento que si la civilización sumeria es descrita por sus propios descendientes como de origen no-humano; deberíamos examinar sus leyendas más relevantes con extrema cautela. No estoy necesariamente afirmando que sean un ejemplo de contacto extraterrestre, sino que este tipo de leyenda clama por un estudio más cuidadoso. Así considerado, la leyenda sugiere que ocurrió un contacto entre humanos y una civilización no-humana de inmenso poder en las costas del Golfo Pérsico, quizá en las cercanías de la antigua ciudad sumeria de Eridú, en época anterior al año 4000 a. C.”.

A través de la Edad Media, siguiendo los argumentos de Aristóteles, se creía que la “pluralidad de mundos” era imposible. En el año 1277 un concilio de obispos en Francia condenó esta posición, abriendo oficialmente el camino para que muchos pensaran seriamente en la existencia de otros mundos. Alentados o desalentados por sus iglesias, cristianos prominentes llegaron a ser los promotores más entusiastas de la vida extraterrestre, como Giordano Bruno, Nicolás de Cusa, Kepler, el predicador puritano estadounidense Cotton Mather y, en el siglo XVIII, el ministro de Yale, Timothy Dwight. Con la filosofía de Kant del mundo reflejo, la raza humana comenzó a sospechar que no estaba sola en el Universo.

Una de nuestras interrogantes más constantes ha sido si en verdad existe un mundo extra-galáctico, o lo que es más intrigante, si existe o no un horizonte cosmológico. Al no ser el humano un resultado único de la naturaleza, la vida inteligente tiene que haberse reproducido en innumerables lugares del Universo; sumado al hecho de que este recodo galáctico dispone de características comunes con el resto del cosmos. La visión antrópica considera que somos excepcionales, y que la vida terrestre es un incidente único. Los que impugnan la presencia de civilizaciones alienígenas, se fundamentan en lo específico y especial que ha necesitado la vida para su comparecencia en nuestro planeta.

La práctica de la ciencia comienza con la suposición de que somos típicos, no excepcionales; a fin de cuentas, no podemos estudiar científicamente una muestra de un solo individuo. Además, la historia sugiere que con las ideas del polaco Nicolás Copérnico se inició la etapa hacia un progreso imparable: los más grandes pensadores modernos propusieron y luego probaron que la Tierra no era el centro del Universo, que el Sol y nuestra galaxia no lo eran igualmente y, finalmente, que no existe un centro universal. Copérnico estableció el paradigma para el primer paso; Galileo demostró su veracidad; Einstein nos confeccionó la teoría para dar los últimos pasos y las observaciones de galaxias distantes de Edwin Hubble convencieron al mundo.

En las primeras décadas del siglo XX, Hubble proporcionó la prueba fotográfica de que nuestra galaxia era una entre muchas. Las nebulosas, entonces entendidas como mechones de gas entre las estrellas de la Vía Láctea, resultaron ser galaxias más distantes, las cuales contenían miles de millones de estrellas propias. El astrónomo y teórico físico Robert Jastrow calificaba el logro de Hubble como “el último paso magnífico en la revolución del pensamiento respecto al lugar de la humanidad en el cosmos que había sido iniciado por Copérnico”.

Pero hoy el principio de Copérnico propone no sólo que el Universo no gira alrededor de la Tierra, sino que no lo hace alrededor de nosotros, ni literal ni figuradamente. Tras probarse que la Tierra, el Sol y la Vía Láctea son típicos, la ciencia debe aún preguntarse si lo somos nosotros, sobre todo al haber entendido completamente cuán diminuto es nuestro lugar en esta vastedad cósmica.

Claro que carecemos de la certeza absoluta de que no somos, en el sentido más importante, el centro, o el modelo. Hasta que alguien confirme la existencia de seres inteligentes en cualquier otra parte del Universo.

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