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Fidel Castro muerto: Legado y contralegado

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Fidel Castro muerto: Legado y contralegado

Fidel Castro muerto: Legado y contralegado
noviembre 30
13:20 2016

 

La quiebra de la historia, resultado de la petit revolución bolchevique antillana: la revolución cubana de 1959, finalmente termina con la muerte de su hiper líder Fidel Castro, ocurrida el 25 de noviembre del 2016, a sus 90 años. Todo el mundo sabe de la desmesura de esa historia, azarosa y dada a montones de agónicos reclamos en pro y en contra. Por lo visto, Castro ni muerto para de generar turbulencias, dolor de las cenizas, y en mi caso me vienen los recuerdos. Los recuerdos de cada cual son el otro legado (o contra legado), son los trozos de la verdad, hasta que la historia se haga valer, si no la falsifican.

Hay recuerdos de idólatras, de seducidos compañeros de viaje, de desertores, de fieles fundamentalistas, de aupados y tronados, de gente común, de lunáticos, hasta recuerdos de mierda. Pero hay recuerdos de las vidas despedazadas por las pesadillas de la historia. Recuerdos que siguen vivos, algunos proscritos, esos que forman los pedacitos de la vida machacada y burlada. Lo que recuerdo de la pesadilla va desde los Versos Sencillos de Martí a la Marcha Fúnebre de Beethoven, y no me produce lágrimas sino náuseas y, como a Stephen Dedalus, me sirven como una reflexión sobre la libertad. Como siempre pasa, somos embaucados, pero lo que queda en la memoria pocas veces engaña. Por eso entiendo ese escurridizo post de Internet que lo dice todo: Ha muerto Fidel Castro. ¡Viva la muerte!

Cambio en las paredes

Aquello del 59 empezó con fiesta patria, pero enseguida se tornó esquizofrenia. La gente quitó de sus paredes los cuadros del dictador Batista y puso los del revolucionario mesías barbudo Fidel, luego quitó los de Cristo para poner a dos desconocidos: Marx y Lenin. Para colmo, Martí fue sustituido por Camilo Cienfuegos y otros mártires, más tarde el Che le robó el altar a todos, menos a Castro. La figura de Fidel capitalizó por 58 años la iconografía cubana, reduciendo a Martí a una estatuaria formalista. Para Castro, Martí había inspirado la revolución, pero nunca dijo que Martí había sido un antimarxista convencido. Castro es un espectáculo de culto a la personalidad que le gana a todos los caudillos, hasta al Gran Dictador de Chaplin, y es muy probable que se haya creído más grande que Alejandro Magno y Nerón, pero veremos, la gloria está hecha de otra estirpe de hombre y hay mitos que se convierten en estatuas descabezadas.

Enfermedad y locura revolucionaria

En 1959 toda la gente parecía haber sido poseída por la enfermedad o la locura de la revolución. Unos se santiguaban, otros dejaron de creer en Dios, unos se iban del país, otros creían que se construía el paraíso. Para los niños (como yo), se fueron acabando muchas cosas: los muñequitos americanos, las películas de Jerry Lewis, las de Tarzán, y el heladero con su campanita. Luego vinieron los cartones de palo rusos. Las películas rusas (soviéticas) de guerra invadieron el cine Manzanares, el Maxim, todos los cines, no había forma de pescar una película del oeste o mexicana; mucho tiempo después autorizaron películas norteamericanas los sábados. Ponían de vez en cuando películas francesas que revolucionaron a los varones porque salían mujeres con las tetas fuera. Fue una revolución sexual, pero al mismo tiempo vino otra revolución contra las prostitutas, y luego otra contra los “pájaros” (homosexuales, gays), luego otra contra los que se dejaban el pelo largo y escuchaban placas de los Beatles, una muy dura contra los hippies, otra contra los lumpen y los vagos, y siempre hubo una revolución encarnizada contra los gusanos (llamados también, contrarrevolucionarios, desafectos, apátridas, diversionistas ideológicos, agentes de la CIA, desviados, escoria, traidores, disidentes, opositores, etc.) A los revolucionarios que se hacían comunistas se les llamaba ñángaras, luego mayimbes.

La era de los iguales

Poco a poco se fue revolucionando todo, se veía mal ser de una clase social enemiga, se hablaba muy mal de los burgueses y de los capitalistas, aunque uno de chico no sabía de esas cosas; al volver del extranjero me dijeron que tenía pinta de bitongo, es decir, de burguesito, por lucir una camisa de cuadros y zapatos nuevos. Había llegado la era de los iguales, blancos, negros, mulatos, jabaos, pobres, rubios, trigueños, fiñes y viejos, malos y píos, todos metidos en el mismo saco (colectivismo). A los ricos y religiosos les tocó la mala. Mi madre me ordenó no hablar de Dios, ni de los judíos, fuera de la casa. Para ella sucedía algo parecido a la maldición que se había abatido contra los judíos en Europa, el holocausto. Tenía olfato para esas cosas, pero no era para tanto, aunque los judíos se fueron del país, también lo hicieron mis amigos, primero Juan y Pedro, luego Raulito, después Felito, y quedaron muy pocos. El escritor disidente Orlando Freyre sabe bien de lo que hablo, si lee esto. Éramos dos niños idealistas mirando la locura de los mayores.

La vida iba a mil, vida de patria o muerte, comenzó una escasez de cosas y alimentos que nunca se acabó, uno de mis tíos dijo que Fidel había inventado el hambre, ya antes habían condenado a otro familiar a larga prisión por contrarrevolución verbal. Los temas importantes en toda conversación eran: la falta de comida y de ropa, lo mal que estaba todo y la posible invasión yankee (nunca la hubo), y un tema que se hablaba muy bajito, irse del país. La sicosis por la comida y por salir de país fue todo un trauma pues era un delito decirlo y nadie se va tan fácil de una isla en guerra.

El país de Caín y Abel

También existía el contagio de que ser revolucionario era heroico e inevitable, el mundo iba camino del socialismo igualitario y eterno. Para muchos jóvenes sonaba romántico. La Nueva Trova con botas cañeras le cantaba loas a la revolución. Parecía que no quedaba más remedio que meterse en el proceso, porque era peligroso no ser revolucionario. De ahí nació el nuevo teatro cubano de la supervivencia: la simulación, la doble cara, la ética cubiche, hipocresía perfecta, que más tarde culminó en la miseria de la mentira ambulante, encarnada en la falsa moral del “hombre nuevo”. En el curso de los años, la Perla de las Antillas derivó en el país de Caín y Abel y terminó en la Granja utópica y blindada de Fidel Castro, dueño de todo. El cubano se impregnó de los rasgos de su máximo líder, de la educación que recibía y del sistema que lo modelaba, con alto grado de metamorfosis de lobo con carnero, aura tiñosa y gavilán, con miedos, contradicciones, narcisismo, hipertrofias y una profunda alienación (muerte del Yo), aunque la ingeniería social nunca pudo modificar el alma ni controlar la mente. Nada de esto nos gustaba porque nos obligaron a ser una especie distinta, los hijos del caballo, del Yo el Supremo. Había una religiosidad con escopeta y consignas en todo que daba miedo. Pero ¿qué íbamos a hacer? Los escarabajos de Kafka se multiplicaron, así como los gusanos, las arañas peludas y los hijos de puta.

La línea recta

En los 70 nos encaminaron hacia la perversión ideológica y el pathos de sufrimiento obediente, que consistía en seguir una línea recta de simulación ideológica y de fidelidad al sistema. La revolución alcanzó dos niveles: fue instaurado un partido comunista y una infame constitución con una cláusula de apología, dígase, chicharronería, a la URSS. Fin del fidelismo nacionalista, comienzo del comunismo real. A la vez, se pasó de la depuración intelectual, que comenzó con el drama del poeta Heberto Padilla, a la comunización de la mentalidad a escala de la sociedad. Mientras unos intelectuales escapaban al exterior o eran encarcelados por disidencia, otros aceptaron las reglas y, desde luego, se beneficiaron como todo lamebotas. La división entre los cubanos se hizo morbosa y enajenante. Millones de cubanos fomentaron el exilio cubano en Estados Unidos y en otros países.

Una puesta en escena de la relación satelital con la URSS fue el envío, desde 1975, de tropas cubanas a Angola, luego a Etiopía, como carne de cañón del expansionismo imperial soviético (llamado “internacionalismo proletario”). Esta acción es una de las glorias que se le adjudican a Fidel, pero ha sido muy criticada por la mentes lúcidas del mundo. Las invasiones soviéticas y la subversión inoculada por Castro en América Latina fueron de efecto muy negativo para la imagen del comunismo mundial. Lo real: a los de abajo les tocó poner el muerto, mientras los comandantes con Fidel a la cabeza dirigían las batallas desde una oficina con aire acondicionado. No hay nada de grandioso en eso, ni siquiera como geopolítica. Teníamos que vivir fingiendo que todo estaba bien, pero en la casa queríamos llorar. Nos dolía todo el disparate. ¿Tantos muertos para qué? ¿Ha valido la pena?

Castrocracia

En la universidad el adoctrinamiento ganaba adeptos solo en los oportunistas y en los micropensantes de familias fidelistas acomodadas que creían en el socialismo, digámosle epicúreo (origen de la nueva clase, los hijitos de papá, castrocracia). Por aquel entonces, el aislamiento informativo y la propaganda no permitían que la gente tuviera parámetros alternativos para juzgar la realidad del mundo, por eso es difícil olvidar las jornadas clandestinas a la orilla del mar, recuerden la Playita 16, tratando de captar la radio del exterior, “del enemigo”, por donde entraba la voz libre de detrás del muro. Era un movimiento underground de gente ávida de conocer la vida exterior. Los libros de los disidentes de Europa del Este pasaban de mano en mano, pero en círculos muy cerrados. Pasaba igual que en la Unión Soviética, la oposición siempre existió entre cuatro paredes o encerrada en los gulaps, como lo narra la premio Nobel Svetlana Aleksievich en su libro “Fin del Homo Sovieticus).

Los terribles 80, fascismo corriente 

Una serie de hechos extraordinarios me recuerda los 80. Unos 10 mil cubanos invadieron la embajada del Perú, luego comenzó el gigantesco éxodo del Mariel, esta gente fue tratada como perros, los castristas activaron los métodos fascistas, las razzias nazis, la tiradera de huevos, los mítines de repudio, todo eso se conoce y fue brutal. La represión sistemática se volvió virulenta desde entonces. Los 80 entronizaron la nueva clase, el régimen familiar de poder, pero no hubo dulce vida como en los 70. Desde 1983, tras la invasión norteamericana a Granada, se palpaba un ambiente de decadencia y desilusión. Una nueva generación de cubanos se hizo más firme en la disidencia, los nuevos artistas se volvieron más críticos y contestatarios, y por ningún lado se veía la prometida prosperidad económica. El mito se fue por el inodoro. No obstante el miedo al Gran Hermano petrificaba a la gente. Nos íbamos a explorar montañas y cuevas con el maldito policía adentro. Las cárceles se llenaron de rebeldes encabronados del mal vivir. Cuba tiene el triste record de tener más cárceles y presos políticos por habitante.

Solo las remesas de los exiliados y el petróleo soviético mantenían a flote la maquinaria totalitaria, más el miedo. Desde los años 60 yo había viajado al exterior, privilegio que no tuvo base política, y cada vez que regresaba contaba lo que había visto: otra vida. Fui a la Checoslovakia invadida y al retornar conté que los checos odiaban a los rusos, llamados “bolos” en Cuba. Otros hicieron lo mismo, contar sobre el “otro mundo”, el capitalista, eso levantaba el espíritu de la gente, les hacía soñar. ¡Qué malevolencia aislar a Cuba!, fue uno de los peores castigos impuesto a los súbditos. Sin embargo, había una canalización de la información del exterior que fue socavando la propaganda del régimen, ya en su fase de corrupción orgánica. La cultura de la libertad llegaba boca a boca, por la radio exterior, por los turistas, por los exiliados que viajaban a la isla. Hubo una ola de funcionarios de alto rango del régimen pidiendo asilo político incluyendo a héroes, a agentes de la seguridad del estado. Benigno, uno de los guerrilleros del Che, pidió asilo en Francia. A los cubanos les encanta saber de esas señales de putrefacción en la cúpula. Les resulta surrealista que Fidel Castro sea uno de los hombres más ricos del mundo, en un país de alimentos racionados y precariedad material. Un país abandonado por Dios, alegan algunos.

El llamado de Numancia

La dureza de Castro no tenía límites. Fusilaron al general Ochoa, héroe nacional, en 1989, por implicación en el narcotráfico, lo que fue mal visto. Abatieron una avioneta civil con jóvenes por lanzar octavillas. Hundieron un remolcador lleno de mujeres y niños. Cada vez más los hechos acusaban a la dictadura. Castro fue perdiendo su base intelectual de amigos, hasta que llegó la hecatombe: la Perestroika. Luego, la caída del muro de Berlín, en 1989. Finalmente, el fin de la Unión Soviética en 1991. Comenzaron los cambios en el mundo. Este hecho fue de muy mal sabor para el castrismo, perdió su alimentación petrolera y militar, el respaldo de un imperio y qué decir del trauma que produce la derrota ideológica.

Pero, ¿qué le pasó a Cuba? Recuerdo que la tierra baldía y comer croquetas de gato no importaba tanto como la frustración y la impotencia, la soledad. Para Castro importó más su ego, su soberbia, que el sufrimiento y los deseos de cambio de los cubanos. En vez de realizar cambios, endureció la maquinaria de terror. La apología comunista ha visto esta actitud inhumana e irracional de Castro como una de sus grandezas cuya finalidad fue salvar la revolución, una Numancia revolucionaria, ¡a morirse todos, venceremos!. Para los cubanos y los estudiosos honestos fue una terquedad del poder, una acción propia de déspotas que temen el curso de los acontecimientos y el juicio final. Para la gente de la calle fue la continuidad de una maldición, un karma.

Cuba se pudo recuperar gracias al apoyo económico regalado chavista desde 1998 y por la atroz política de austeridad impuesta al pueblo. Recuerdo que arreciaba la miseria, ello condujo a una nueva fuga masiva de balseros en 1994, se legalizó el manejo de dólares, hubo cierta tolerancia controlada, apertura al capitalismo mixto (solo para extranjeros), y se autorizaron algunos negocitos por cuenta propia. Desde el exilio llegaron las remesas y los turistas con sus bonanzas. El Papa bendijo a la isla. Se volvió a salvar Castro. Los cubanos creían en la superstición de que un hado lo resguardaba. Los fanáticos lo veían inmortal. Muchos desconocen (jamás se dice en las escuelas cubanas) que los dictadores comunistas jamás abandonan el goce del poder.

La muerte del inmortal

La de Fidel ha sido de las más duras tiranías del mundo. No lo ven así los procastristas y la izquierda radical, pero ha sido la realidad de Cuba. Castro enfermó después del derrumbe soviético, y en el 2008 cedió el poder a su hermano Raúl Castro. Siguió declinando y en sus conocidas “reflexiones” no hay un ápice de análisis moderno y humanista, sino mucho de anacronismo despiadado y de nostalgia napoleónica. En su visión del mundo el destino de las masas vale menos que la utilidad del poder, así se valga de un lenguaje de buen samaritano para tapar su ego. Debió creerse un César, tal vez Dios, aunque no creía en Dios, un ente superior, el último revolucionario. Pero nada de eso lo salvó de la muerte biológica ni del juicio de la historia. Como hay tanta sangre por el medio, Castro no será una anécdota, como no lo son Hitler, Stalin, Mao, Pinochet, Mussolini, Franco… A fin de cuentas murió rodeado de riquezas, pero murió. Tal vez era el único obstáculo que quedaba para el total enterramiento del pasado y el surgimiento de una nueva Cuba libre.

Nota: este artículo contiene entrelíneas del libro del autor ‘El país de Caín y Abel, recuerdos’ (En preparación).

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Sobre el autor

Antonio Ramos Zúñiga

Antonio Ramos Zúñiga

Antonio Ramos Zúñiga es un periodista freelance, además de dedicarse a la arquitectura, la fotografía de viajes y la historia del arte. Actualmente investiga el patrimonio cultural de México, donde reside. Es miembro de la Asociación de Amigos de los Castillos de Puerto Rico y de la junta de editores de la revista Herencia, en Estados Unidos. Ha publicado en periódicos y revistas de varios países y recibido premios por sus trabajos. Es autor de "La ciudad de los castillos" (2006) y de las novelas "Cornatel, el secreto español" (2014) y "Bonos chinos. Todo se sabe en la vida" (2015).

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