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Fidel Castro y la Cuba invertebrada

Fidel Castro y la Cuba invertebrada

Enero 10
18:59 2012

Luego de que los camaradas de Moscú lo dejaron con el fondillo al aire al reconocer el fracaso total del sistema marxista-leninista y el fracaso de la propia filosofía  marxista, y ante la sorpresa general, Fidel Castro reaccionó “huyendo hacia adelante”. O sea,  declarándose el más puro, el más sabio, el más ortodoxo marxista del mundo.

Estaba muy contento con el título de “Lenin de América” que él mismo se había otorgado.

Miraba a todos los gobernantes de América por encima del hombro, porque todos,  al lado suyo, eran unos infelices, unos analfabetos desdichados, que no conocían las glorias y los frutos del marxismo. Él era el Bolívar, el Papa, el Napoleón de la América marxista. Estaba –o está — convencido de que sólo él sobre la tierra puede decir con el Salvador: “Yo soy el camino, la verdad, y la vida”.

Fue proverbial motivo de risa en las reuniones internacionales la manía de dar consejos que le fue creciendo a Castro como el marabú. En cuanto veía a un jefe de Estado hispanoamericano, o incluso español, se le iba encima con el índice en ristre y le soltaba un consejo, la solución de algún problema importante, el único pensamiento válido sobre la cuestión que fuera. Él sabe de todo. Recuerdo su famosa visita de casi treinta días a Salvador Allende (a quien, entre paréntesis, hundió); entre otras cosas, y en un receso de sus actividades de conspiración y armamentismo, se metió en una mina de cobre y estuvo siete horas explicándoles a los chilenos cómo había que picar el mineral, transportarlo, venderlo en el mercado mundial, etcétera. Los mineros, que como buenos chilenos tenían una fuerte dosis de humorismo y de ironía en su carácter, miraban al Supremo Líder como a un loco supremo. La prensa chilena rió a mandíbula abierta.

Y lo de él no es locura, es vanidad, es arrogancia sin límites, a lo que se une el talante dictatorial que sólo admite y permite el sí, el “tiene razón, Comandante”, el “lo que usted diga, Jefe”. Probablemente no habido en el mundo nadie que hable más y dialogue menos que Fidel Castro. El aplauso permanente, la aquiescencia  constante a sus opiniones y órdenes, la adulación y el miedo a sus  reacciones vengativas y punitivas, le han creado como una costra en el cerebro. Está encerrado en su omnipotencia y en su omnisapiencia, como Hitler en el  bunker. De ahí no hay quien lo apee. Su egocentrismo es su muro de Berlín.

Esa costra le impidió y le impide pensar a tono con la realidad exterior. ¡Y un hombre así se entremete todos los días en la política mundial!

No obstante, Castro conoce muy bien a los cubanos y a los norteamericanos. Sabe que éstos saben esperar, tienen paciencia. No cuenta con ellos. Pero cuenta, en cambio, con la desesperación, con la impaciencia, con el divisionismo insuperable de los cubanos, que por algo y para algo somos hijos y nietos de los españoles, de la España  invertebrada e insolidaria.

En el juego de ajedrez hay dos cosas que no pueden hacerse sin riesgo de perder: impacientarse y descuidar los movimientos del contrario. En la partida que nos ha tocado jugar a los cubanos, éramos hasta hace poco cuatro jugadores: URSS, USA, Régimen de Castro y  Adversarios de ese régimen, dentro y fuera de Cuba. Uno de los jugadores, heavy weight por cierto, se retiró casi por completo. El otro jugador heavy, USA, calla, observa, y espera. Quedan los dos jugadores históricos, y genuinos, los que verdaderamente tienen que continuar la partida y vigilar más que nunca los movimientos del enemigo. Vigilarlo sin precipitación, sin impaciencia. Con la calma de los guajiros cuando esperan que el venado se ponga a tiro.

Una versión más amplia de este artículo apareció en 1990. Cortesía El Blog de Montaner

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Sobre el autor

Gastón Baquero

Gastón Baquero

Gastón Baquero (Banes 1914 – Madrid 1997). Poeta y periodista, considerado un clásico de la literatura cubana con poemarios como "Memorial de un testigo" y "Saúl sobre su espada", autor de las revistas Orígenes y Espuela de Plata, se exilió en España en la primavera de 1959, tras el ascenso al poder del castrismo.

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