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Fidel Castro y la política heroica

Fidel Castro y la política heroica

julio 13
19:05 2013

El cadáver de Fidel Castro se resiste a morir, quizás intuye la desnudez del tránsito, la mirada de Dios. Aunque no lo desee Fidel se muere, muere el viejo que deja a un pueblo acuchillado y muere el niño que vivió con rabia. Los jesuitas de Belén le dijeron que Dios nos quería como un padre, entonces Fidel pensó en el gallego Ángel Castro, prescindió de la teología y compró un revólver.  Sus primeras incursiones como matón lo ayudaron  a descubrir que no era valiente, ambicionaba el poder y era consciente de la necesidad de una leyenda. Nada mejor para este fin en la Cuba de entonces que el impreciso oficio de revolucionario.

El criminal que padecemos nunca simpatizó con Jesús, menos aún con el  apóstol Pedro, pero se aseguró desde el principio un panteón de mártires que él mismo condujo a la muerte. Mira que nos cansaron con las torturas de Abel Santamaría, de Renato Guitar y toda  la épica revolucionaria del sargento torturador, esbirro-sudado-con-mocho-de-tabaco-que-aprieta-su-mocho-de-tabaco-encendido-en-el-pecho-del-joven-revolucionario-que-no-delata-a-su-célula.
Fidel mira a Cristo en la cruz y le parece un desperdicio, un Dios imbécil. En la escuela nunca nos hablaron de Jesús, menos aún del apóstol Pedro, el hombre que sería el primer Papa, el que negó a su Maestro tres veces.
Nuestra historia abruma con sus héroes. No cuenta que los héroes a veces traicionaron a otros héroes y a menudo se odiaron.  A Pedro, el apóstol que custodió las llaves del Reino de los Cielos, en un trajín de héroes lo hubieran fusilado.
En Cuba, el ejercicio de la política continúa teñido de heroísmo. A los opositores no les queda otro remedio que ser héroes y el cadáver de Fidel le reprocha a los defenestrados la adicción a la miel de un poder por el cual “no conocieron sacrificio alguno”.
Aquí, en el largo exilio, hay héroes verdaderos y falsos. La retórica heroica sobrevive a su rating y mucha gente también tiene la tentación de construirse una leyenda o prolongarla. Entre nosotros las ideas se subordinan al “mérito” del héroe. Por suerte en esta orilla nos ampara el sentido común  de la democracia anglosajona.
El cadáver de Fidel se muere, Raúl se morirá antes o después de Fidel, la muerte de estos tipos será el signo visible del final de una época que morirá con ellos. Un tiempo de “política heroica” que dará paso a un tiempo diferente, donde nadie se sienta conminado a ser héroe, ni  tenga que ostentar el valor, ni callar por el miedo que tuvo.
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Sobre el autor

Eduardo Mesa

Eduardo Mesa

Eduardo Mesa (La Habana, 1969), escritor y activista, fue fundador de la revista Espacios y coordinó las publicaciones Justicia y Paz, Órgano Oficial de la Conferencia de Obispos Católicos de Cuba, y Aquí la Iglesia. En la Isla formó parte de los consejos de redacción de las revistas Palabra Nueva y Vivarium, y obtuvo los premios de poesía Ada Elba Pérez y Juan Francisco Manzano. En la actualidad colabora con las revistas Convivencia, Misceláneas de Cuba e Ideal, y edita el blog Cuba Plural. Su libro “El bronce vale” fue publicado por la Editorial Silueta. Reside en Miami.

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