Neo Club Press Miami FL

Fragmento de La Regenta en La Habana

Fragmento de La Regenta en La Habana

Fragmento de La Regenta en La Habana
enero 16
00:13 2014

Yosván me esperaba en el parqueo de la universidad, junto a una Yamaha plateada y con un casco protector listo para mí.

—¿Y tú no tienes uno? —le pregunté, sintiendo que el instinto maternal se me despertaba inoportunamente.

—No, qué va. He tratado con varios pero me aprietan muchísimo. Es que yo soy un poco cabezón.

—Criatura, ¡eso es una imprudencia! Si te caes o…

—Deja la trova, mimi, que ya yo estoy acostumbrado. Pero ponte el tuyo.

Examiné la moto, que parecía una bicicleta futurista. Muy aerodinámica, con mucho cromo, pero una bicicleta al fin y al cabo. Disimulé la mieditis que ya me invadía preguntándole por una calcomanía pegada el manubrio —la foto de unos tipos peludos y vestidos como para ir a un funeral.

—Es Black Sabbath, la mejor banda de heavy metal que hay en el mundo. Dale, monta.

Aunque después de mi accidente le había cogido pánico a todo vehículo que no incluyese un carapacho metálico, cerré los ojos y me acomodé en el sillín trasero. Y me abracé con extremo descaro a aquella espaldota de nadador.

—¡Avanti!

Apretujados en su montura de hierro —me acordé del caballo blanco de don Álvaro— salimos por la calle G para abajo echando chispas. Yo trataba de olvidar el pasado imperfecto de la noche del accidente. Pero los flashbacks me asediaban. Me vi rodando por el pavimento, con la cabeza abierta y las llantas de aquel camión acercándose más y más a mi cuerpo paralizado por el miedo y enredado entre los radios de la Forever china… Se me escapó un chillido.

—¿Te asustaste? ¿Quieres que paremos un rato?

Yosván se detuvo en medio del tráfico, con la luz verde en el semáforo. Un ómnibus repleto nos pasó por el lado y sentí en la nuca su aliento ardiente de dragón urbano. El chofer de un Chevrolet tocó el fotuto escandalosamente y el de un Panataxi nos hizo la higa al rebasarnos a cincuenta kilómetros por hora. Aquello era peor que estar en movimiento.

—Sigue, sigue —le dije con voz débil—. No fue nada.

Seguimos. Apelando a toda mi fuerza de voluntad logré contenerme y no gritar de nuevo, no fuese el muchacho a pensar que era una vieja histérica y me mandara al diablo allí mismo.

No eran sólo los músculos que sentí duros y flexibles cual metal laminado bajo mis dedos, ni ese olor a sudor y a semen joven que me revolvió las hormonas, acallando los razonamientos de las neuronas… Era también el intuir que los pensamientos que cruzaban bajo su frente sin arrugas no habían tenido que descender aún a las necesarias, inevitables bajezas de la vida.

No me llevó a su apartamento porque, según me dijo, tenían unos parientes de visita aquella semana. Mejor. Prefería no encontrarme de nuevo con la madre, la hermanita o el abuelo senil. Así que nos zumbamos para el río Almendares que, a partir de su descubrimiento por Pánfilo de Narváez, ha albergado entre los hierbajos de sus orillas un millar de pasiones descosidas. Había leído que era una tragedia ecológica, y en efecto, desde que llegamos me dio en la nariz una peste a pantano en descomposición que imponía, pero nosotros no estábamos para fijarnos en esos pormenores.

¿No es verdad, ángel de amor,

que en esta apartada orilla

más clara la luna brilla

y se respira mejor?

Bueno, no había salido ni un cuerno de la luna y ya anoté que olía a podrido, pero apartada orilla sí que era. Por los contornos no pasaba nadie y el único sonido que se oía era el piar de los pájaros. Encontramos una yagruma florecida y caímos enroscados a la sombra de su ramaje, sobre el colchón de hierba que nos brindaba celestina la gran madre naturaleza. Ahí me desquité del hambre atrasada, como la llamaba Mesía; subí y bajé a las regiones celestiales varias veces y fui feliz.

Qué distinto de mi don Víctor aquel chiquillo. Qué caricias intrépidas de las que no sabían a miedo, a deja ver qué pasa, a no sé si podré. Qué empuje, qué calor. Pero no se trataba simplemente de la cáscara humana. No eran sólo los músculos que sentí duros y flexibles cual metal laminado bajo mis dedos, ni ese olor a sudor y a semen joven que me revolvió las hormonas, acallando los razonamientos de las neuronas… Era también el intuir que los pensamientos que cruzaban bajo su frente sin arrugas no habían tenido que descender aún a las necesarias, inevitables bajezas de la vida. Que aquel ser casi perfecto no había tenido aún que apelar a expedientes bochornosos para sobrevivir.

Caí. Lo digo sin escrúpulos. Caí más fácil que la Regenta, plaza que don Álvaro demoró más de treinta y seis meses en rendir a sus pies. Pero, como ella, por diez años fui buena. Dos lustros, que bastante es.

 

Esa noche, en mi cama, mientras mi marido roncaba (“achaque antiguo y digno de respeto”) no pude evitar ciertas cavilaciones sobre mi deshonra. Recordé que me había anegado por dos horas en el fluido eléctrico que salía de la piel tibia de Yosván. Que había volado con él, sin cortapisas ni remordimientos, por los espacios siderales. Vamos, que había gozado como una posesa, resarciéndome de la dieta forzada a que me había sometido mi mariducho en los últimos años. ¡Tacaño!

Ahora, tampoco iba a enamorarme del muchachito. Una cosa era el retozo al aire y por la libre y otra muy diferente una relación seria. Porque un chiquillo como Yosván, ¿cuánto aguantaría al lado mío? En la oscuridad de la habitación, acunada por un concierto de ronquidos en fa menor, me puse a analizar la probable vida que le quedaba a nuestro rollo. El semestre concluiría a mediados de diciembre. Quizá habría tiempo para unos cuantos revolcones más, allá en el Almendares. El embullo le duraría a mi galán —si es que no se le había bajado después de probar el mantecado— mientras nos encontrásemos en clases. Pero después que éstas se terminaran caería el telón. Amores de estudiante, flores de un día son.

Para la primavera nos tropezaríamos alguna que otra tarde por los pasillos. Yosván estaba en tercer año de bibliotecología, así que no había manera de impedir que coincidiéramos en la facultad. Y nos saludaríamos con un guiño de ojos y una sonrisa cómplice. O quizá nos esquivaríamos, avergonzados de aquel romance entre mayo y noviembre que murió a poco de nacer. Nadie más lo sabría (yo contaba con su silencio) y nosotros mismos haríamos lo posible por borrárnoslo de la mente cuanto antes.

A mí me resultaría más difícil que a él porque no me sobraban distracciones. Yo no tenía acceso a Internet ni entrada gratis a YouTube. Tampoco podía irme a un Pain de París por las tardes, ni beberme las horas en ensayos de tecno rock. Y quién sabe si lo llegaría a ver con una noviecita (¡aquella misma Larisa, tan salida del plato!) acomodada en el sillín de su Yamaha, sin miedos ni flashbacks, con las piernas macizas y el cabello flotando al viento. Por un segundo la odié a muerte. Putilla, descarada. La suspendería para que aprendiera a no sonsacar…

Al cabo de dos años, Yosván se graduaría y empezaría a firmar Licenciado delante de su nombre. Buscaría un trabajo, dejaría las aulas y desaparecería de mi vida y, con suerte, también de mis recuerdos. Yo continuaría con don Víctor a cuestas y con mi rutina docente, repitiendo a futuras generaciones de hispanistas que La Regenta representa el hastío de una mujer fogosa y soñadora que vive atada a las cadenas de la domesticidad.

El tiempo seguiría corriendo y algún día, cuando tuviera el pelo blanco, o bien canoso como mi marido, y Yosván se hubiese convertido en un cuarentón con barriga, nos encontraríamos por casualidad en la calle y entraríamos a un café. Yo me pagaría el mío, pues ya para esa época —el futuro perfecto— habría franquicias de Pain de París por todas partes y no sería un gran despilfarro, para una profesora retirada, gastarse un par de cucs, o un par de pesos, en disfrutar de un cortaíto. Y nos pondríamos a rememorar el pasado como buenos amigos (me acordé de Visitación y de don Álvaro) y hasta nos reiríamos, acordándonos de la plancha que me tiré con el sombrerón de Ana Ozores y de la tarde en que él me llevó a conocer YouTube. Al cabo de una hora de charla él se iría con su mujer y sus hijos y yo regresaría a mi casa, donde todavía estaría don Víctor confinado en un sillón y con los ojos eternamente fijos en una tele Panasonic…

No terminé de armar aquel episodio de culebrón. Me eché a llorar como una magdalena, mordiendo la almohada para no despertar al roncador. Repetí hasta el cansancio: “Acuérdate, tontísima, de lo que le pasó a Ana con su Alvarito, que buena percha resultó al final. Tómatelo con calma, no sea que éste resulte de la misma escuela,” pero no logré controlarme. Una voz interior me dijo, muy bajo, que me estaba enamorando del mocosuelo. Y eso sí que no lo podía consentir. De ninguna manera, santo cielo.

Pero, ¿qué tal si no nos separábamos? ¿Si seguía interesado en mí, si no me abandonaba? Esta hipótesis me causó más miedo que la anterior. Me sequé las lágrimas y me eché a temblar, de susto y de esperanza, mientras volvía a pensar en mi padre y en Piolín.

Idiota, no es lo mismo me discutió una voz irónica. Los hombres son distintos; las canas los hacen lucir interesantes, mientras que a nosotras nos hunden en el fango apestoso de la mediana edad. No es lo mismo, métetelo en la cabeza. Tu padre es un valiente, un coronel condecorado, un héroe de la patria, diga lo que diga el imbécil de Casquero, un tipo con conexiones en las altas esferas… todo eso influye a la hora púrpura del sexo. Mientras que tú, profesorcilla de tres al cuarto, ¿qué tienes que ofrecer, con tus senos ajados y tus ojos marchitos? ¿No comprendes que eso no puede ser?

No quise oír más. Me levanté de un salto, encendí el bombillo que tenía conectado al lado de la Underwood y comencé a teclear con toda el alma. El control de mi vida se me estaba yendo de entre las manos, pero yo arreglaría la de Ana Ozores. Vaya si se la iba a arreglar.

Sobre el autor

Teresa Dovalpage

Teresa Dovalpage

Teresa Dovalpage nació en La Habana y ahora vive en Estados Unidos. Ha publicado siete novelas: “Muerte de un murciano en La Habana” (Anagrama, 2006; finalista del premio Herralde), “La Regenta en La Habana” (Edebé, 2012), “A Girl like Che Guevara” (Soho Press, 2004), “Posesas de La Habana” (PurePlay Press, 2004), “Habanera, A Portrait of a Cuban Family” (Floricanto Press, 2010), “El difunto Fidel”, Premio Rincón de la Victoria 2009 (Renacimiento, 2011), “Orfeo en el Caribe” (Atmósfera Literaria, 2013) y varias colecciones de cuentos. Es profesora de la universidad y periodista.

Artículos relacionados

2 comentarios

  1. Beltran
    Beltran enero 22, 01:52

    El debate en este circuito, después de leer un texto tan excelentemente construido sobre la postmodernidad, gira alrededor de la más reciente narrativa hispanoamericana y cómo ayudó a establecer un rango entre narrativa realista e intimista, o sea, cómo constituyó esa lógica en la que vamos a encontrar, más que respuestas sobre el significado del conjunto narrativo, señales que la distinguen en el proceso literario cubano. En el proceso literario latinoamericano de los años noventa en adelante, se anticipó la tesis de que la narrativa cubana parte al exilio, y de ello Dovalpage es un ejemplo incuestionable, pero también las figuras formadas al calor de antologías como “Las iniciales del grupo”, y otras. También es de tener en cuenta a autores “antediluvianos” como Jesús Díaz, Miguel Collazo o Abilio Estévez, que por cierto ahora vive en Barcelona y es 30 veces mejor que escritores sobredimensionados como Padura o Arango. Esto efectúa tardíamente su recuperación en relación al canon de la narrativa hispanoamericana, que ha sido alterada en parte por la tradición sociolista que ahora muere en Internet, pero aún coletea. Tendremos que ir hacia el futuro para demostrarlo, y nada mejor que en brazos de libros como este, “La regenta en La Habana”.

  2. dovalpage
    dovalpage enero 28, 13:31

    Muchas gracias, Beltrán, por tu comentario tan lindo. Me encanta la obra de Abilio…su Inventario Secreto de La Habana es una de mis favoritas…Saludos desde Taos, la Te

Escriba un comentario

Carlos Alberto Montaner entrevista a Catalina Serrano

Letras Online

LA REVISTA INTERACTIVA DE NEO CLUB PRESS
  Adrián Morales

Borrón y cuenta nueva

Adrián Morales

  No podemos seguir dándole brillo al pasamanos del Titanic. En la tierra que veo un sabio meteoro (puede ser un drone) extingue carbónico al tiranosaurio racionalista que se aferra

1 comentario Leer más
  José Hugo Fernández

Una trompetilla, eso es la libertad

José Hugo Fernández

  La trompetilla se fue de Cuba. Su ausencia representa para nuestra gente lo mismo que representó la retirada de los cohetes soviéticos para el régimen. De pronto, ya no

0 comentario Leer más
  Ángel Santiesteban

La Parca merodea

Ángel Santiesteban

  A la abuela se le ha hecho costumbre mantener la vigilia en las madrugadas. Espera impaciente en la oscuridad porque de todas maneras quedó ciega por la diabetes, y

0 comentario Leer más
  Nilo Julián González

Querido padre

Nilo Julián González

                si dejara de buscar el asombro de todo y del mundo si dejara de ver con sanidad con este es mi cuerpo

0 comentario Leer más
  Yosvani Oliva

Tenga cuidado la noche

Yosvani Oliva

                Ándese sobreavisada la noche tan permisora de este bufón aburrido buscando quien lo contente. Trastoca las prioridades y a quemarropa dispara estrellas

0 comentario Leer más