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Gala de danza moderna y contemporánea del XX Festival de Ballet de Miami

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Gala de danza moderna y contemporánea del XX Festival de Ballet de Miami

Easton Blake en "Empatía". Foto de Emilio Héctor Rodríguez

Gala de danza moderna y contemporánea del XX Festival de Ballet de Miami
septiembre 13
14:40 2015

 

El domingo 6 de septiembre del 2015 tuvo lugar, en el Teatro Colony de Miami Beach, dentro de la programación del XX Festival Internacional de Ballet de Miami, bajo la dirección artística de Pedro Pablo Peña y la coordinación de Eriberto Jiménez, la Gala de danza moderna y contemporánea, cuya inclusión es otro de los grandes logros de la máxima fiesta dancística de los Estados Unidos, pues el maestro Pedro Pablo Peña, su fundador y director, no ha limitado el festival al repertorio clásico tradicional como otros festivales, sino que convoca a las compañías y a los bailarines que apuestan por proposiciones más innovadoras.

La primera parte de la función comenzó con Jamais Ton –inspirado en las cartas de amor de Beethoven–, a cargo de Chloe Slade y Jamal Chase, de Ballet Inc., de Nueva York, con coreografía de Aaron Atkins y música de Arvo Part y Erik Satie –con voz encima de Gisela Quinteros–, que ofrecieron una interpretación fresca, con gran acople y plasticidad.

Cambia el mundo, un solo ejecutado por Amanda Báez, de Dance Town  –el estudio de danza que dirigen Lary & Manny Castro en la ciudad de El Doral–, con coreografía de Talia Flavia y música de Jetta (I’d love to change the world), fue la entrega a continuación, en la que Amanda hizo gala de su ductilidad y de su musicalidad, mientras que Empatía fue la segunda propuesta de dicha compañía, con música de Max Richter, con la actuación de un descalzo Easton Blake –su propio coreógrafo–, que como bailarín venció el reto con seguridad y pleno dominio escénico, reforzado sin dudas por su belleza algo andrógina y poco común.

El niño del floripondio, dirigido e interpretado por el ecuatoriano Kléver Viera, con más de 40 años de carrera profesional como coreógrafo, bailarín y maître cerró la primera parte del programa.

El niño del floripondio es una obra de danza-teatro donde la fuerza de la letra en la canción nutre la entrega visual y la enriquece, dándole carácter de espectáculo multimedia y multicultural, porque aunque su autor e intérprete es ecuatoriano, son evidentes las influencias de la danza moderna mexicana, del budismo y del teatro experimental, donde impactó ese rectángulo de luz en el fondo del escenario que para mí es un reconocimiento y un tributo de Kléver a sus ancestros, y a la vez una ventana a la imaginación y al devenir sobre esos mismos sólidos cimientos culturales.

Después de un adecuado intermedio, Amanda Báez y Eaton Blake se regodearon –es el verbo adecuado– en Never Mind, un juego de pareja de Holly Ryder con música de Ben Howard (I forget where we were), donde además derrocharon saltos, acrobacias y giros – ¡técnica! – como para desmentir que la danza “moderna” no la demanda también, aunque el final me pareció algo abrupto y me desconcertó.

gala 2015 4

Amanda Báez en “Cambia el mundo”. Foto de Emilio Héctor Rodríguez.

El miamense Richard Villaverde, de Ballet X, Filadelfia, en total empatía con Eaton Blake con su Emphaty –valga la redundancia–, ofreció This Place is a Shelter, un solo de su autoría con música de Olafur Arnalds, donde Villaverde, también descalzo como Blake en el suyo, convenció como el atormentado ejecutante que sabe que todos estamos expuestos a la intemperie de la vida, y digno émulo también de Blake en esto, no escatimó grand jettés ni hermosos giros, como carta de reafirmación de su sólido arsenal técnico.

El grupo español LaMov, de Zaragoza, fue el encargado del cierre de la función, con Raw Meat, una coreografía de Víctor Jiménez y Francisco Lombardo (discípulos de Maurice Béjart y Nacho Duato) y un collage musical (solo de violines, tango, y Juan Sebastian Bach, entre otros) no detallado en el programa, donde Elena Gil, María Sordo, Matthia Furlan y Laura López, los cuatro bailarines que la bailaron, tanto en pareja, trío como en grupo, fueron lo mejor de la tarde.

Cuerpos convulsos, desarticulados –como marionetas–, con un angustiante solo de violín como fondo; un trío de mujeres, con las nostálgicas notas de un bandoneón como soporte sonoro; esa canción del árbol –“en mi pueblo hay un árbol” – que nos remite a la infancia y a la tierra natal, y ese Bach que nunca envejece, y que parece que escribió su música para la danza; todo ello para regresar a la pareja iniciática y conformar una viva y espléndida demostración de que sus intérpretes son, como ya dijo mi colega Orlando Taquechel en su reseña, “actores entrenados para todo y entregados a todo”.

Celebro esta extraordinaria posibilidad de “airear” los sentidos viendo propuestas diferentes, pues en las galas convencionales ya cansan tantos Corsarios y Don Quijotes, así que una felicitación para todos los jóvenes participantes y para el director del festival, el visionario maestro Pedro Pablo Peña, y su coordinador, el maestro Eriberto Jiménez.

Sobre el autor

Baltasar Santiago Martín

Baltasar Santiago Martín

Baltasar Santiago Martín (Matanzas, 1955). Ingeniero estructural, en 1987 fundó en La Habana el grupo “Arar” (Arte y Arquitectura). Tiene publicados “Amaos los unos a los otros” (Betania), “Esperando el velorio” (Alexandria Library), “Calentando el bate” (ZV Lunáticas), “Una vida, un tren”, (Alexandria Library) y “Visión 21/21”, (Linden Lane Press), entre otros libros. En 2008 creó la Fundación Apogeo para el arte público, y en 2013 la revista cultural Caritate, tras casi cuatro años como columnista y jefe de redacción de la revista Venue. Es corresponsal en Miami de la revista Newsweek en español.

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