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García Márquez, la política y la literatura

García Márquez, la política y la literatura

García Márquez, la política y la literatura
mayo 13
06:15 2014

Me han llegado algunos zurriagazos de compatriotas exiliados a cuenta de un comentario del libro de Gabriel García Márquez sobre Simón Bolívar. Y es que se mantiene viva la creencia –¡torpeza infinita!– de que un juicio literario o una opinión sobre una novela, un poema, un ensayo, un artículo de periódico, tienen que producirse en razón de la amistad o de la enemistad con el autor, o por la simpatía o antipatía que nos provoque su posición política o religiosa.

Tengo la idea de que en política el señor García Márquez es uno de los seres más tenebrosos que hay en Hispanoamérica.  Y no porque sea izquierdista, sino porque ha dado muchas muestras de su simpatía, y quizás de algo  más, con el terrorismo.

En Caracas tuvo el mal gusto de entregar el cheque del Premio Rómulo Gallego a un grupo terrorista venezolano, en presencia del mismo presidente de la República. Y no falta quien ha explicado su relación casi de guardaespaldas literario de Castro por la necesidad de asegurar en Cuba un santuario para los terroristas colombianos y de otras nacionalidades.

Pero todo esto es asunto personal suyo, de su realísima gana, pues cada uno tiene derecho  a militar en el grupo o partido que prefiera. Es propio de los fascistas, de izquierda o  de derecha, pretender que todo el mundo piense y actúe como dicte el partido.

Pero  ocurre que el señor García Márquez, además de ser dueño de sus actos y de sus pensamientos en materia política, es un escritor de talla extraordinaria. Si al leer una novela o un cuento suyos lo único que se le ocurre al lector es decir que no le gusta el libro porque el autor es correveidile de Castro, ese lector está practicando estalinismo cultural. Era cosa de los viejos marxistas-leninistas eso de enjuiciar una obra de arte en función de la militancia política del autor. Eso es renunciar a pensar, y es acogerse a la cómoda pero innoble solución de un prejuicio.

Hay autores que en lo personal son verdaderos “hígados”, pesadísimos como  el genial Samuel Beckett o como el insoportable Celine, ¿pero quién se atreve a dejar de leerlos? Y a la inversa, hay autores tan agradables y simpáticos como André Maurois, ¿pero quién puede tomar en serio esa manera untuosa de maquillar  páginas terribles de la historia o de la vida de un personaje? Beckett escribe con hiel y Maurois lo hace con leche condesada. Pero no podemos olvidar que la inteligencia no se alimenta de conformismo ni de calmantes de los nervios, sino de inquietud, sorpresa, desafío, fricción y conflicto. Autor que no nos invite a discrepar, que no nos despierte ni nos lleve por caminos nuevos, punzantes e insólitos, no debe interesarnos, porque no beneficia en nada al espíritu dormir siempre sobre la misma almohada.

Ese alimento de la inteligencia no podemos recibirlo si no somos enteramente libres para enjuiciar los libros y las obras de arte por encima de la personalidad del autor. A tiempo se dijo aquello de “razón de la sinrazón –es la personal diatriba–, ¿qué tiene que ver la giba con los versos de Alarcón?”. ¿Y qué tiene que ver la preferencia política o religiosa, o la condición racial o social de una persona, con los poemas, novelas o ensayos que esa persona pueda producir?

Digo todo esto no para justificar mi elogio a la novela de García Márquez, porque me tiene absolutamente sin cuidado lo que se piense sobre eso, sino para contribuir en alguna medida a que los nuestros que practican semejante forma de estupidez comprendan que son ellos, no los autores, quienes se perjudican al dejarse arrastrar por tan descomunal tontería. No es serio eso de que si alguien nos oye decir que no nos ha gustado un libro o un cuadro de Fulano, diga con aire de sorpresa: “¡yo creía que tú eras amigo suyo!”.  O si a la inversa, oye un elogio, diga: “¡y yo que creía que ustedes estaban peleados!”.

Eso de confundir la amistad o la enemistad con el juicio que nos merezca una obra  es la razón de ser de tanta hipocresía y falsedad como reina  en el mundillo literario. No nos atrevemos a decir los defectos que vemos (equivocándonos o no, por supuesto) en el libro de un amigo, ni a decir las excelencias que hallamos en el de un adversario político o un enemigo personal. Es decir, no somos libres sino esclavos de los prejuicios y de la mentira.

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Una primera versión de este artículo apareció en 1989. Cortesía  El Blog de Montaner

Sobre el autor

Gastón Baquero

Gastón Baquero

Gastón Baquero (Banes 1914 – Madrid 1997). Poeta y periodista, considerado un clásico de la literatura cubana con poemarios como "Memorial de un testigo" y "Saúl sobre su espada", autor de las revistas Orígenes y Espuela de Plata, se exilió en España en la primavera de 1959, tras el ascenso al poder del castrismo.

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