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Nuestra Danza de la Muerte

Nuestra Danza de la Muerte

Nuestra Danza de la Muerte
mayo 03
05:29 2014

Los amigos se van. Tendríamos que saberlo desde siempre, pero siempre  lo olvidamos. Ellos forman parte del decorado interior del alma de cada uno. Lydia, Labrador, idos del todo y mi amigo grande, Alberto Bolet, que todavía existe, pero ya no vive.

Este es el peor paso que bailamos los viejos en la Danza de la Muerte: ver seguir viaje a los seres queridos, apagarse cada día una luz más, una claridad menos.

La edad nos vuelve coriáceos por fuera y trémulos, más trémulos cada vez, por dentro. Se intenta mirar hacia otro lado, hacer lo que Martí llamaba acostar el muerto a dormir, pero no es fácil. El recuerdo del muerto pesa más que el cuerpo en vida.

Ahora acaba de irse Panchete, Pancho Vives. Se fue en su estilo, discretamente, sin ruido, casi de sopetón. Decoroso morir.  Era su estilo en todo.  Escritor de talento, poeta, imaginativo, culto, no le parecía nada de esto a quien lo veía desde fuera,  en la imagen de persona tímida, carente de la más  mínima pretensión de nada. Desde el modo habitual de vestirse hasta su manera de estar en cualquier sitio. Inteligente pero no aspavientoso, había que buscarle, con escalpelo muy fino, la perla  real de su espíritu. Con obra publicada y con obra inédita (pienso  en su bello drama “Akhenaton”, que nunca publicó a pesar de mi insistencia), tenía  Pancho Vives derecho a figurar entre los superiores de la literatura, pero él jamás figuró en nada, no se exhibía, no se daba importancia, era todo lo contrario de ese pavo real impertinente que es, por lo general, el literato, el patoso y latoso literato al uso.

Si era consciente de sus méritos, no lo traslucía. De un buen humor fino, agudo sin repartir flechazos envenenados, Panchete dejaba asomar en la conversación reflexiones muy inteligentes, pero expuestas de manera sencilla, casi con pudor diría yo. Parecía que no decía nada del otro mundo, pero nunca le oí un lugar común, una gansada de esas que decimos en la conversación para pasar el rato y matar el tiempo.

Como persona verdaderamente bien nacida, nunca hablaba de él mismo. Jamás cometió la tontería  de hablar de sus apellidos, ni de su posición económica. A duras penas mostraba algún poema, algún cuento, algún proyecto de novela.  En su afán innato de sencillez, procuraba quitar énfasis a sus escritos, prefería quedar frívolo antes que parecer pedante. A una bella novela suya le puso un título espantoso, “Las muñeconas”. Yo había  leído el original y tuve  que sacar a escena todo el ascendiente que sobre él  tenía desde su niñez (fui amigo de su magnífica madre, María Luisa Gómez Mena, aquella mujer que por su talante democrático y su falta de prejuicios fue tan maltratada por las lenguas venenosas), y con la autoridad del cariño le “exigí” cambiara el título tonto por otro más adecuado: “El paso del ave”. Le sugerí además, como ilustración de portada, una alucinación mansa de Magritte, y ambas cosas aceptó sin la menor queja.

Era sencillo, y además era buena persona en el buen sentido de la palabra: siempre, en todas las circunstancias, era bueno.  La bondad en un hombre inteligente y creador no es cosa que se ve todos  los días. No sé qué misterio hay en eso del escritor, del poeta sobre todo, pero también del novelista, que casi siempre saca, en algún momento, el aguijoncito envenenado, el “puñal  con gracia” que decía  Darío. Darío, a quien dieron mil aguijonazos, y él dio otros mil.

Se le apagó la alegría  de vivir a Pancho Vives. ¡La  alegría  de vivir, virtud tan cubana! No es fácil, o mejor, es imposible, imaginarnos a este muchacho tan sencillo, tan noble, con la sonrisa borrada por el bofetón de la muerte.  Prefiero verle entrar en la Danza de la Muerte al son de un ritmo vibrante, cubanísimo, caliente. Rechazando la amargura de este adiós sin despedida que nos dio Pancho Vives, leo para el caso este poema de Mireya Robles, “Danza de la Muerte”:

“La muerte viene arrollando/ en mi carnaval de Oriente/ la muerte viene danzando/ con sus ropajes ardientes./  Las manos  osamentadas/  siguen el ritmo caliente/ los marfiles de sus piernas/ siguen el son, obedientes./ Fantasmas de medianoche,/ traidora de hoy y de siempre, /burlada has sido, cordera/ por mi carnaval de Oriente./ Repican ya los  cencerros/ repican ya los tambores/ y sigue la fiel osamenta/ bailando al son santiaguero./  Entre sus ropajes negros/ se va alejando la Muerte/ se va alejando, obediente, / bailando al son santiaguero”.

Está muy bien la visión medieval de la muerte, visión viejo-castellana de la Danza. La Danza en la que entraremos todos. Invitados fuimos al nacer para asistir al Gran  Baile. Qué bien llegar pausado, sereno, silencioso, al Salón  de la última Danza.

Pancho Vives se fue como vivió. Sobria, discreta, caballerosamente. Eso también nos regaló al irse.

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Una versión más amplia de este artículo apareció en 1993. Cortesía El Blog de Montaner

Sobre el autor

Gastón Baquero

Gastón Baquero

Gastón Baquero (Banes 1914 – Madrid 1997). Poeta y periodista, considerado un clásico de la literatura cubana con poemarios como "Memorial de un testigo" y "Saúl sobre su espada", autor de las revistas Orígenes y Espuela de Plata, se exilió en España en la primavera de 1959, tras el ascenso al poder del castrismo.

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