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Grandeza pírrica

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Grandeza pírrica

Grandeza pírrica
diciembre 17
05:39 2015

 

-Tráigalo para “la salita”, Sargento.

“Esta es la salita” -pensó Silvio y se erizó.

Así nombraban a ese cuartucho donde la sangre seca, pequeñas redondeces negruzcas como tapiz macabro, decoraban los rodapiés y el suelo alrededor de la silla que le señalaban.

-Siéntate y vamos a hablar -le espetó el Sargento con media sonrisa cortando su boca.

La habitación de 15 metros cuadrados olía a sudor, a orina seca y vómito ácido.

-¿Para qué me han traído hasta aquí? Saben que no voy a hablar -dijo cuando terminó de acomodarse en la silla.

El Sargento Hilario miró al joven con ironía. Tenía la mirada firme, convencido de su fuerza, y le gustó el reto. Muchos hombres y mujeres le habían dicho las mismas palabras, y no habían sido capaces de mantenerlas. Con 30 años de experiencia en torturas físicas y psicológicas, hasta el mismísimo Comandante lo había felicitado, una vez, por su “profesionalidad y creatividad en el cumplimiento del deber”.

Nunca lo olvidaría.

Escupió al suelo manteniendo la sonrisa de medio lado.

-Yo sólo sé que te conviene responder a todo lo que te voy a preguntar -volvió a escupir al suelo, esta vez, cerca de los pies del joven-, el próximo gargajo te lo meto en la cara si no estás elocuente.

El joven torció el gesto con incomodidad.

-Muy bien -dijo con sorna- ¿Te gustan las vistas?

Desde la esquina en la que estaba colocada la silla sólo se veía a Hilario, al oficial de paisano que había dado la orden de llevarlo ahí, que no había dicho ni una sola palabra más, y la puerta cerrada, justo detrás de ellos. Hilario soltó una carcajada sin alegría.

-Por ahí saldrás cuando yo quiera y como tú quieras. Si respondes lo que te voy a preguntar, saldrás rápido y caminando. Si no nos entendemos, saldrás en ambulancia al Hospital Militar. Ahí te curarán gratis, porque así cura la Revolución, y cuando los doctores crean que no te va a dar un infarto si te “sueno” la cara, te traerán de nuevo aquí. Así, una y otra vez, hasta que nos entendamos y salgas caminando. ¿Te parece bien?

No se le veía bien.

“Secuestrado en plena calle y a la luz del día, que sus secuestradores fueran los mismos guardias que debían protegerlo por Ley, el aislamiento de dos horas, los escupitajos y las amenazas, lo tenían “amarillo” -pensaba Hilario, sin perder de vista cada gesto de Silvio.

-Muy bien. Entonces…te llamas Silvio Pérez Nieto, natural de Holguín, vives en La Habana desde hace siete años y estudias en la Universidad. ¿Me equivoco?

Silvio negó con displicencia.

-Muy bien. Entonces… eres amigo de Julia Naserfi, de Pablo Otilio y de su mujer, Pancha, conocidos “gusanos”, terroristas y cabecillas de los Derechos Humanos. Recibes dinero desde los E.E.U.U, pero no tienes familia “fuera”. Ese dinero te lo manda la mafia de Miami para que escribas mentiras en tu Blog de Internet y hables “mierda” de la revolución en videítos del Feisbu y del Tuite ¿Me equivoco?

Silvio tragó en seco, y el sonido gutural se escuchó en el diminuto espacio de “la salita”.

-¿Me equivoco Silvio Pérez?

-En parte sí está equivocado -y volvió a tragar saliva de manera ruidosa y asfixiante.

Hilario frunció el ceño y luego de desgarrarse el pecho y la garganta en un ruido cavernario, soltó un escupitajo denso, directo a la cara de Silvio.

-¿Ahora tú vas a saber más que nosotros? ¡Nosotros somos “la seguridad”! ¡Mira al inteligente este!

Silvio dejó resbalar la mucosidad desde el párpado, donde había caído como una pedrada, hasta la barbilla. Con la mano temblorosa, se pasó el dedo índice por el hueso de la mandíbula y se inclinó hacia el lado izquierdo, hasta que la gravedad hizo su trabajo de atracción irremediable, estampándolo contra el suelo.

-Sí, conozco a esas personas, pero el dinero me lo envía una novia que tengo en Miami. En eso se equivocaba -la voz le sonó extrañamente suplicante, acobardada.

Hilario no perdía detalle de la cara de su víctima.

“Este guajirito muerto de hambre, no vale nada. A esta hora debería de estar dirigiendo a una brigada de ‘respuesta rápida’, para reventar una reunión de estos mismos “gusanos” de los que hablo ¡Qué pérdida de tiempo!”, pensó el Sargento con enojo.

Pero las órdenes eran tajantes. Ni un solo morado, ni una sola marca en aquel cuerpo. Hilario estaba frustrado, y aunque sabía hacer daño sin dejar rastros visibles, hoy tenía un “invitado”, uno “de arriba”, y sentía los ojos del hombre en su nuca.

Este podía ser el día.

“Si hago que el guajirito cante sin ponerle una mano encima, quizás me asciendan y vaya a 100 y Aldabó o a Villa Marista, donde haría mi trabajo sin contenciones de ningún tipo -el Sargento se frotaba las manos-. Yo sacaría las mejores informaciones de esos perros malagradecidos en poco tiempo. Sería reconocido, de nuevo, como el mejor. El General me felicitaría, como una vez hizo el Comandante”.

– Una… ¿novia? -era una interrogación amenazante- ¿Tú te crees que yo soy estúpido? -Hilario estaba rojo de ira- ¿Tú sabes quién soy yo? Yo tengo información -le sacudió un gajo de papeles muy cerca de la cara- ¿Y tú crees que me vas a engañar? ¿Crees que esto es “bonche”? ¡Habla claro Silvio Pérez! Tú no tienes novia en el “yuma” -separó un par folios del resto, los juntó y comenzó a doblarlos, a veces a la mitad, a veces de forma triangular, creando una punta compacta y afilada que dirigió al ojo izquierdo de Silvio-¿Sabes que te puedo sacar el ojo con estas A4 y no pasaría nada? Les decimos a tus amiguitos disidentes que empezaste con una conjuntivitis y que no pudimos hacer nada, porque te negaste a recibir atención médica. Se te infectó y por eso te quedaste tuerto. Al final, será culpa tuya. Entonces… ¿Quién te manda el dinero? ¿A quién se lo das tú? ¿Crees que no sabemos que todo el dinero no es para ti solito? -lo agarró de la cabeza y acercó su cara a la de Silvio, hasta casi rozarse.

La punta filosa de dos hojas dobladas con habilidad asesina rozando un ojo incapaz de parpadear, hacía que la respiración de Silvio casi no se escuchara.

Estaba bizco.

– Te pregunto de nuevo ¿Quién te manda “la plata”? -la punta de las hojas dobladas comenzó a humedecerse.

Silvio desvió la mirada hacia el silencioso “jefe”, que, con cara de cera, observaba la escena. Aunque sólo por un momento. Su atención fue bruscamente atraída por un dolor nimio, aunque incomprensiblemente agudo. El ojo empezaba a hundirse lentamente producto de la tensa presión de la punta de papel, en su córnea.

-¡Ay, ay, ay! ¡Auxilio! -Silvio tenía la voz tan aguda que Hilario se detuvo de golpe, asombrado por el chillido- ¡Abusador! ¡Ayúdame E…! ¡Oficial!

Hilario recordó al oficial y sus órdenes de no tocar al detenido. De manera brusca retiró el punzante folio del ojo de Silvio.

Silvio se cubrió el ojo dolorido con ambas manos, sin dejar de mirar a Hilario con el otro.

Hilario separó su cara de la de Silvio, con el pelo de éste aún en su puño cerrado detrás de la cabeza.

-Estoy esperando tu respuesta -y blandiendo el improvisado estilete en el ángulo de visión del ojo que lo miraba espantado,  volvió a acercarse  al oído de Silvio y le susurró-, en este ojo no voy a parar, aunque grites con esa vocecita de maricón que tienes -y le soltó la cabeza.

Silvio pestañeó, respiró hondo y empezó a sudar.

-El dinero me lo manda una “jevita” que tengo yo…

-¡No entendiste nada Silvio Pérez! -el Sargento apretó la mandíbula, maldijo mentalmente sus órdenes, y luego, tuvo una idea que le emocionó.

-Es que yo… -susurraba entre lágrimas Silvio- …tengo una novia…

-¡Que tú no tienes ni una mata de plátano donde meter la pinguita esa! ¿Quién te manda el dinero y a quién se lo das tú? ¡Habla o además de dejarte tuerto, la Habana “entera” se va a enterar que perdiste la virginidad con una yegua! ¡Y que te “singabas” a las puercas y a las chivas de la “Cooperativa”!

Silvio se puso lívido.

El temblor de sus labios contrastaba con la inmovilidad del resto de la cara. Un hilillo de baba comenzó a fluir, sin prisas, espasmódicamente, por la comisura izquierda.

Hilario estaba pletórico.

“Te tenía que romper, y ya estás quebrado -se complacía el Sargento-. Un golpe más y te astillo en mil pedazos. Lo que hagan contigo después no es asunto mío. ¡Hasta me da tiempo para ir a “despingar” gusanos! El trabajo está casi hecho y sin saltarme las órdenes.

Se regodeó en su “obra”.

“De aquel guajiro de mirada seria y seguro de que no iba a decir nada, que se sentó ante mí, a esta piltrafa babeante y pálida de miedo, que moqueaba sin apenas notar el salado en su paladar” -Hilario estaba complacido de sí mismo.

“¡Ah, la zoofilia! -pensó- Este tenía “cara” de eso… ¡Y eso que Miguelón, el de ‘seguimiento’, no me dijo nada!”

-¿Y entonces “singavacas”? -le gritó a Silvio a medio metro del oído- ¿Cuándo le “meto mano” al otro ojo? ¿Antes o después que La Habana sepa que eres un “singapuercas”? ¿Vas a “cantar fino” de una vez?

Silvio recuperaba la noción del mundo a su alrededor.

Estaba seguro que nadie lo había visto en la Cooperativa. Como miembro de la UJC, y por ende, digno de confianza, era el encargado de las “nuevas tecnologías” y sabía perfectamente hacia dónde apuntaban las dos cámaras de vigilancia de todo el lugar: al almacén de piensos y al almacén de víveres.

Nadie podía haberlo identificado en aquellos corrales sin luz.

“De noche, siempre de noche, que así eres invisible -recordaba Silvio- Tanto secreto no sirvió de nada… al final, esta gente lo sabe todo”.

Levantó la cabeza y enfocó con el ojo bueno a Hilario. Era la mirada más lastimera que el torturador podía recordar.

-¡Déjenos solos Sargento! -y la voz autoritaria del oficial hizo a Hilario enderezar la espalda y juntar los talones.

Hilario se mantuvo erguido y consternado.

-Sargento -la voz no perdió autoridad, pero sí énfasis- ha hecho un magnífico trabajo. Lo notificaré a las instancias superiores. Siempre necesitamos revolucionarios como Ud en tareas importantes para la Revolución. Ahora, salga de la habitación -la voz volvía a ser imperativa- y espere en la puerta.

Hilario dio media vuelta y salió con el rostro relajado. Cuando cerró la puerta a sus espaldas, sonrió con gusto.

Los labios de Silvio por fin pudieron mantenerse firmes. Mientras tragaba la acumulación de saliva que quedaba en su boca y se secaba el cuello con el dorso de la mano, escuchó:

-¡Estabas a punto de decirlo todo! -la voz era dura y contenida por la rabia y la decepción- ¡Estuviste a punto de llamarme por mi nombre cuando tenías el papel en el ojo! -masticaba las palabras- ¡Eres un penco!

-¿Y por qué dejaste que lo hiciera? ¿Por qué lo hizo como si fuera verdad? ¡Casi me saca el ojo! ¿Era necesario eso Ernesto? -Silvio estaba colérico y cetrino- Yo estaba haciendo bien mi papel. Grité cuando me metieron en el “patrullero” para que la gente lo viera, he puesto cara de susto para las cámaras de aquí y hasta he temblado un poco, me tragué la saliva con ruido, he seguido el plan de siempre, decir que el dinero me lo manda una jevita, para las grabaciones. Pero esto no lo entiendo. ¿En qué me va a “cubrir las espaldas”… esto? -dijo señalándose el ojo punzado, que no paraba de lagrimear.

– Aquí no hay cámaras, ni micrófonos. Hilario no sabe que trabajas para nosotros y así tiene que seguir. Tenía órdenes de no hacerte daño y las cumplió. ¡Y tú… -lo señaló con el dedo índice- …cobarde de mierda, casi lo jodes todo!

Silvio volvió a palidecer al ser consciente de que Hilario no representaba ningún papel en la mascarada que había sido su día hasta entonces. Pudo haberlo dejado tuerto y decirle a todo el mundo que había tenido sexo con animales.

Pudo y aún podía.

Un hálito ácido desde el estómago se transformó en sabor. Sabor a miedo cardinal.

-¿Quién le dijo lo de los animales? ¡Prohíbele que lo cuente! ¡Si la gente se entera de eso estamos jodidos! ¡Prohíbeselo! ¡Que no me toque!

Estaba histérico.

El oficial Ernesto no movía ni un músculo de la cara mientras miraba a aquel sujeto al que consideraba una escoria. No por el hecho novedoso de la zoofilia de Silvio, al fin y al cabo, eso era otro dato más que lo encadenaba a su destino. Era el destino  de Silvio, en sí mismo, lo que repugnaba al oficial. Un destino que empezó con la traición, y siguió en una concatenación de traiciones, que sustentaba una vida ruin y egoísta.

-…no fueron muchas veces… ¡Lo juro por mi madrecita! ¿Verdad que le vas a decir que no lo cuente? -Silvio reptaba en su propia vergüenza, sin control.

“Es un ser patético, y sin embargo, ideal” -pensaba Ernesto.

-¿Te singabas animales Silvillo? -había algo paternal en su voz.

-Mira Ernesto…yo quiero explicarte…

-No me expliques nada, no me importa a qué le metes el rabo. Yo soy del campo también y…

-¿Tú también…?

-No, yo no -y puso cara de asco- Además, no estamos hablando de mí… ¡Casi lo “cantas” todo! ¡Y eso sí que me importa!

-No… yo no iba… ¡Nos jode la vida y los planes si habla!

-Nadie va a decir nada, de nada… ¡Cálmate ya, cojones!

Silvio dejó de moverse en la silla, y dejó la queja a medio pronunciar.

-¡Cierra la boca! -Silvio obedeció.

-¡Siéntate derecho! -la orden fue cumplida.

-¡Y ahora escucha calladito! -Silvio no respiró, por si acaso.

El oficial Ernesto estaba extrañamente complacido. Detestaba al traidor que tenía enfrente y por esa misma condición (la de traidor) se sentía poderoso ante aquel hombre.

Él, que decidía cuanto tiempo estaría preso un opositor, qué huesos se le romperían, hasta qué punto le destrozarían los nervios, cuánto se acosaría a sus familiares, cada cuánto tiempo le destrozarían la casa. Él, que daba el “tiro de gracia” sólo si los caídos tenían vendados los ojos, se sentía superior ante la traición.

-Vas a decir que parte de la “gusanera” se está robando el dinero que mandan desde USA. Así los dividiremos. Los que quieren acabar con el socialismo por un lado, y tú y los tuyos por el otro. Sobre todo con los de “afuera”. Te voy a dar información, de la nuestra, para que apoyes esa teoría.

-¿Cuál teoría? -preguntó Silvio abriendo mucho los ojos, para recordar mejor.

-La de decir que algunos opositores están estafando a los “terroristas” de Mayami.

-Pero eso es mentira… -los ojos de Silvio seguían abiertos hasta el dolor.

-¿Tu eres comemierda o que te pasa? -Ernesto estaba estupefacto- ¿A qué viene eso de que es mentira? ¿Y qué importa si es verdad o mentira?

-Lo siento Ernesto -tenía nuevamente un hilo de voz, aflautado y sumiso- todavía me tiemblan las piernas por lo del salvaje ese de Hilario… ¿Tenemos información de que se hayan robado algún dinero? ¿Que se hayan comprado cosas, tú sabes, para ellos, con el dinero que les mandan?

-No tenemos ninguna información de ese estilo, pero no importa. Tú tienes gente en Internet que piensa que la información que das, es verdad. Y alguna lo es, de eso nos encargamos nosotros. Llevamos años dándote los medios para que se te considerara uno de los “grandes”. Y por eso te traje hoy aquí. Llegó tu momento.

Silvio sonrió y el malestar, el miedo y el dolor del ojo, parecieron desaparecer.

Ernesto tenía cara de cera (otra vez) y boca de ventrílocuo.

-En unos años, el General se retira de la política y ha dado permiso para que exista un partido político de la oposición. ¡Que no digan que en Cuba no hay democracia! Yo sugerí legalizar el tuyo. Estás bien considerado por parte de la “gusanera” de Mayami, tienes seguidores en Tuite, tienes contactos con los de adentro y lo más importante, eres de los nuestros.  Ayer me dieron el “visto bueno”.

Silvio estaba exultante. Finalmente conseguiría lo que se había jurado ser, parte de la Historia de Cuba. Ya no importaba quién se había quedado en el camino o a quién tendría que traicionar en el futuro, incluso si era a sí mismo. Tendría poder. Sería el primer opositor “legal” en la historia contemporánea cubana.

-¿Y voy a ganar? -su voz era un pitido lastimero y almibarado.

-¿Tu eres imbécil o te haces?- el oficial volvía a estar estupefacto- -¡Vas a perder, por supuesto! ¡Y no solo una vez! ¡Perderás todas las veces que haya elecciones! ¡Y así mantener al Partido en el gobierno y dar una imagen de democracia en el extranjero!

“Este personaje necesitará una supervisión constante para no echar por tierra el plan del Partido, y los míos -se repetía el Sargento con énfasis-. Yo tendré la responsabilidad de manejar a la cabeza visible de la futura oposición legal cubana. Un trabajo a la sombra, con mucho dinero en juego -se regocijaba Ernesto-. Llevo años manipulando a Silvio, y ahora que se va a convertir en alguien importante, le recordaré a quién le debe todos los honores”.

-Pero si los gobernantes tendrán el mismo apellido y nada cambiará, ¿hasta cuándo podré ser el líder de la oposición? -Silvio estaba preocupado, temía perder el estatus del que aún no gozaba- La gente dejará de votarme y…

-No te vayas tan alante Silvio. Concéntrate en lo que tienes que hacer ahora.

-¿Y qué tengo que hacer? -los ojos, el dañado, que seguía lagrimeando sin parar, y el sano, brillaban de entusiasmo.

Ernesto adoptó una pose marcial y su voz se endureció.

-¿Recuerdas quién te ha traído hasta aquí? ¿Quién fue el que te sacó de “monte adentro”? ¿Recuerdas quién te consiguió la ropa, la computadora, los zapatos para tu mamá y lo que cobras? ¡Pues que no se te olvide nunca quién te hizo un líder político!

-Tú, Ernesto, no se me olvidará nunca. Te debo mucho -en la voz de Silvio se descubría un leve temor- ¡Te lo debo todo!

-Muy bien. Ahora que ya tu detención de hoy está circulando por Internet, vamos a preparar una intervención tuya por video conferencia y vas a dejar caer que algunos de los “revoltosos” que protestan los fines de semana…

-Pero Ernesto si yo no voy a marchar… ¡Tú me dijiste que no fuera! -estaba a punto de llorar, veía como se le escapaba su lugar en la Historia por un error. ¡Por confiar en Ernesto!

-…que son ellos los que se están robando el dinero que mandan los de Mayami. Sin mencionar nombres -terminó la frase con desgano y enojo.

-¿Pero tengo que ir este domingo a algún lado, o no? -Silvio seguía concentrado en sus propias interrogantes.

– No tienes que ir a ningún lado el domingo -Ernesto se impacientaba-. Y la razón por la que no vas, es que los que van, se están robando el dinero y no lo reparten entre toda esa “gentuza”. Eso es lo que tienes que decirle a tu gente de Internet… ¿Entiendes ahora?

-¡Ya entiendo! -Silvio parecía feliz- Y eso lo hago por video conferencia -estaba realmente feliz, ya no pensaba en el presente, estaba visualizando su propia grandeza, enfundada en un traje, con corbata de seda-. Tranquilo que yo a Internet “me le cuelo”.

-Esta tarde pásate por el punto de reunión número 2, y allí te darán una carpeta con lo que tienes que decir en la video conferencia ¿Está claro Silvillo?

– Clarísimo Ernesto. Esta tarde paso por el punto de reunión número 2, recojo la carpeta, me leo lo que tengo que decir, y después hago la video conferencia. Tú tranquilo, yo nunca te he fallado. Y ahora menos.

Ernesto miró fijamente a Silvio.

-No, no me fallarás -su voz sonaba segura-, porque si me fallas, te haré desaparecer yo mismo.

Silvio tragó en seco, esta vez sin trucos.

-Ahora entrará el Sargento Hilario y…

El chillido penetrante de terror se volvió a escuchar en “la salita”. Los esfínteres de Silvio se relajaron de pavor. Ernesto se tapó la nariz.

-¿Te has meado y cagado encima?

-¿Para qué va entrar Hilario aquí? -Silvio no percibía nada, excepto el pánico.

-¿Te has cagado y meado encima? ¿Sólo con escuchar su nombre? -Ernesto se estaba divirtiendo. Unos minutos antes, pensaba en cómo podría mantener a Silvio a raya, una vez que se creyera intocable con el futuro cargo político. Ahora ya no tenía preocupaciones.

-Yo… es que ayer comí una cosa que me “cayó mal” y entonces… -Silvio bajó la cabeza para olerse mejor-yo…

-¡Así es perfecto! -el oficial volvía a tener cara de cera- Los vecinos te verán llegar con esas “pintas” y la voz se correrá.

-¿Me tengo que ir así para mi casa? ¿Y en qué me voy? -estaba consternado.

– Eso es problema tuyo Silvillo -el tonó de la voz tomó notas graves-. Te decía, antes de este espectáculo, que el Sargento Hilario entrará ahora y te dará unos “janazos” para hacer más verídico tu “interrogatorio” de hoy, que unido a esta inesperada “cagazón” tuya, atraerá toda la atención y dará más “veracidad” a las acusaciones que harás esta noche en la video conferencia.

Silvio estaba a punto de caer de la silla sobre sus orines, sus heces y el gargajo con el que Hilario había comenzado a humillarlo.

-¿Recuerdas para qué es todo esto? ¿Sabes qué es lo que serás después de esto? ¡Hoy comienza tu futuro! -Ernesto sabía que Silvio aguantaría lo que fuera después de saberse con un pie en los libros de Historia. Pero la pestilencia generada por el miedo de este, no lo dejaba disfrutar de saberse titiritero.

-Pero… ¿No hay otra manera? -Silvio lloraba agarrándose la cabeza, mientras se balanceaba con la boca abierta, en una mueca de dolor anticipado- ¿Por qué así?

-Porque si… ¡Deja de llorar y sé un hombre!

El grito inútil rebotó por las paredes de “la salita”. Allí dentro no había nada similar a un hombre.

Ernesto dio media vuelta y se acercó a la puerta.

Al abrirla se encontró con la espalda alerta de Hilario.

-Entre Sargento -ordenó.

Hilario giró sobre sus talones y entró al minúsculo recinto, al que el olor convertía en asfixiante.

Sonrió al ver la escena.

“¡Este oficial es bueno! -pensó con cierta envidia- Yo no lo hubiera podido hacer mejor. Cagado y meado, temblando, llorando y totalmente roto. ¡Así se hace, cojones!”.

Volteó la cabeza buscando al oficial para darle su aprobación silenciosa, pero no tuvo tiempo.

-¡Sargento!- la autoridad de mando ejercía sobre Hilario la reacción involuntaria de enderezar su espalda y juntar los talones- Usted tenía órdenes específicas sobre este detenido. ¿Es correcto?

-Correcto, camarada oficial.

– Ahora tiene órdenes nuevas -Ernesto vio el brillo sádico en la mirada de Hilario. Ese hombre podía oler la sangre que se derramaría por su mano- A este “gusano” le gusta que el mundo le vea la cara. Pues usted va a “maquillarlo” para que salga lindo en la foto -Silvio comenzó a chillar- Ya sabe, pómulos, tabique y labios. Ni más, ni menos. ¿Entendido Sargento?

Hilario le dedicó una media sonrisa a Silvio antes de responder.

-¡Entendido, camarada oficial!

El primer golpe acalló el chillido agudo de Silvio.

Un satisfecho oficial Ernesto salía de “la salita” justo en el momento en que se hacía silencio.

Sobre el autor

Andrés Barca Jr.

Andrés Barca Jr.

Andrés Barca Jr. (La Habana, 1977) es escritor, fotógrafo y traductor. Cuentos suyos han aparecido en publicaciones como la “Antología del IV Premio Internacional Orola 2010 (Ediciones Orola S.L, Madrid), y en sitios digitales. Actualmente reside en Valencia, España.

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