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Grotesca pantomima

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Grotesca pantomima

Grotesca pantomima
junio 06
13:07 2016

 

Son demasiadas las razones y los argumentos de peso que se han esgrimido en los últimos días contra la elección de La Habana como Ciudad Maravilla del mundo. Y muchísimos más pueden esgrimirse. Pero como quiera que no resulta cómodo hacer tiras con el pellejo propio, quizá sería preferible solventar el asunto con ayuda del refranero: a quien Dios se lo dio, San Pedro se lo bendiga.

En todo caso, para no dejar pasar la ocasión, bastará con una breve nota a pie de página:

Si los organizadores del concurso de la fundación suiza New7Wonders, y, con ellos, los turistas frívolos y los izquierdistas caviar del exterior, vieran lo que pueden ver sus ojos —y no sólo lo que quieren ver— cuando viajan a Cuba, un paseo por La Habana Vieja les bastaría para descubrir el infranqueable abismo que existe entre la maravilla que ellos elogian y la pesadilla que pasan por alto. Ni siquiera necesitarían recorrer todo el casco histórico. Será suficiente con que caminen dos o tres cuadras por la calle Obispo, el corazón de la pretendida maravilla.

A la vez que el más sobresaliente corredor turístico, esta calle es la más populosa de la Isla. En ningún otro sitio convergen de una manera tan masiva y cercana (físicamente) los visitantes foráneos y los cubanos humildes. Parece obvio que el régimen, mediante su virreinato en La Habana Vieja, se está aprovechando de la historia de Obispo, en tanto vía comercial muy concurrida, para usarla como vitrina propagandística, destinada a disfrazar el bochornoso gueto que sufren nuestros ciudadanos comunes a partir de su estatus de animales de zoológico, que apenas son observados a distancia por los visitantes.

Pero ocurre que aquí también sale a flote la habitual torpeza de aquellos caciques. Ya que siendo el punto de mayor cercanía entre los habaneros y sus visitantes, Obispo ofrece una impar ocasión para comprobar la barrera que les separa.

A lo largo de sus doce cuadras, desde las riberas de la bahía hasta Monserrate, además de ser la calle cubana con mayor número de policías acechantes, es un bulevar comercial único. Sin embargo, casi la totalidad de sus establecimientos comercializan en divisas. Así que el papel de los habaneros es servir de adorno, otorgarle pintoresquismo al sitio, ir a mirar o a mirar a los que miran, pero sin poder tocar, porque casi nada está al alcance de sus bolsillos. También, en algunos casos, van con la esperanza de obtener algo de los turistas.

En Obispo hay 39 tiendas, pero ninguna vende en moneda nacional. Hay una docena de restaurantes, de los cuales sólo uno admite el dinero que comúnmente se les paga a los habaneros en sus empleos. Hay decenas de bares, cafeterías, quincallas, kioskos, casi todos dedicados al comercio en divisas. Apenas quedan unos pocos cuentapropistas y algún que otro timbiriche estatal donde se pueden comprar en pesos cubanos comestibles ligeros de pésima calidad.

En la esquina de la calle Habana hay una especie de mercado y comedero para pobres (el único de Obispo), que es un auténtico tugurio, oscuro, sucio, con atmósfera interior de opresiva miseria. En su fachada han escrito un anuncio que es una burda tomadura de pelo tanto para sus consumidores como para los turistas: “Ofertas y servicios de excelencia. Todo en moneda nacional”.

Sólo los mendigos y los luchadores del peso para la jama superan el número de policías y turistas en esta calle histórica, que data del siglo XVI, la primera en ser asfaltada en La Habana y también pionera en el alumbrado público. En el actual número 462, entre Villegas y Aguacate, vivió el ilustre filósofo y presbítero Félix Varela, en un inmueble donde hoy comparten espacio una pequeña biblioteca y un kiosko de suvenir para turistas. También pernoctaron aquí celebridades como Ernest Hemingway, quien escribió en el hotel Ambos Mundos (Obispo y Mercaderes), parte de su novela “Por quién doblas las campanas”.

Centro de lo que se llamó el “pequeño Wall Street habanero”, Obispo conserva algunas de sus antiguas sedes, como el actual edificio del Ministerio de Finanzas y Precios, de 1907, considerado el primer “rascacielos” de la ciudad; o aquel en que se inauguró el primer estudio fotográfico de Iberoamérica (nr. 257, entre Cuba y Aguiar). Otros inmuebles históricos de esta calle son actualmente museos: el numismático, de pintura mural, de ciencias naturales, de la orfebrería, y hasta el museo de los CDR, que es todo un monumento al odio.

Especialmente popular desde el siglo XIX, por sus establecimientos comerciales, casas de modas, boutiques, dulcerías, renombradas farmacias, restaurantes, bares, hoteles, cafés… Obispo no ha dejado de ser la calle más transitada por los peatones habaneros. Sólo que hoy, por obra y gracia de la dictadura castrista, lejos de ser lo que fue, se ha convertido en grotesca pantomima.

Miami, mayo 5 de 2016.

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Sobre el autor

José Hugo Fernández

José Hugo Fernández

José Hugo Fernández (La Habana, 1954) es escritor y periodista. Durante la década de los años 80, trabajó como periodista para diversas publicaciones en La Habana, y como guionista de radio y televisión. A partir de 1992, se desvinculó completamente de los medios oficiales y renunció a toda actividad pública en Cuba. Tiene 16 libros publicados. Actualmente reside en la ciudad de Miami.

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