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Guerra cultural y juventud insumisa

El escritor y analista Armando de Armas

Guerra cultural y juventud insumisa
marzo 25
15:10 2016

 

A finales de 1980 y principio de los noventa se libró una guerra muy especial en Cuba, en la que tuve, de una forma u otra, una especial participación.

Fue la guerra de las emociones, la amistad, el conocimiento y la cultura en contra de la tiranía.

Hacía menos de un año que yo había salido de prisión por intentar, por la vía armada, derribar al régimen de Fidel Castro. En la cárcel los presos políticos, más allá de la dureza penitenciaria, tuvimos una vida espiritual y sentimental muy intensa. Recuerdo, por ejemplo, las conversaciones de toda la noche con el joven poeta Néstor Díaz de Villegas sobre poesía y sobre Herbert Marcuse.

A veces proponíamos una “noche de cine” y uno de nosotros gritaba desde su celda el desarrollo de una película, el tema se repetía a gritos para que pudiera llegar hasta la última celda del pasillo. Había aplausos y vítores o trompetillas y rechiflas, según la trama gustara o no. Pero aquellas tramas no eran reales, el que las narraba iba inventando el desarrollo hasta que gritaba FIN, y entonces empezaba la “crítica de los especialistas”.

Un día se me ocurrió montar una obra de teatro. La idea fue acogida con entusiasmo. Hice una versión y adaptación de bufos cubanos: Don Centén y los cheverones. En la galera número 3 arrinconamos las literas y pusimos mano a la obra.

El Bobo Santana Reiner encarnaba al negrito. Juan Felipe Medina era el policía. Kemel Jamís, hermano del poeta, era el Gallego. Raimundo Mundito Torres Parra daba el acompañamiento musical imitando con su voz el sonido de la guitarra. Justo Quintana, que había sido un galán de la televisión en mejores tiempos, le enseñaba a todos los rudimentos de dicción y proyección.

Cuando cumplí mi condena extrañaba esos momentos en presidio, me fui convirtiendo en un solitario. Mi vida era un círculo, leer y sentarme en las tardes en un banco del Prado a ver pasar a las personas, hasta que llegaba el mejor momento, la hora en que terminaban las clases y la calle se llenaba de niños y adolescentes de regreso a casa.

Una tarde en que llovía a raudales me quedé bajo el agua sentado en un banco. El agua era una bendición pero inexplicablemente la gente le temía y se guarecía en los portales. Alguien se sentó a mi lado, obviamente debía ser alguien tan loco como yo. Era Armando Mandy de Armas, un joven de pelo largo. Le advertí que sentarse a mi lado podía perjudicarle. Me miró arqueando las cejas en un ademán desafiante y me dijo: “¡a mí nada me importa nada, me da lo mismo ocho que ochenta!”.

El Mandy me presentó a algunos de sus amigos y todos tenían en común un gran deseo de conocimiento, gusto por la lectura en general, pero sobre todo por la historia y la literatura, y un desprecio y un rechazo absolutos por el sistema comunista y sus autoridades. Sabían o intuían que en las escuelas habían sido víctimas de una enseñanza mediocre y mentirosa en muchos aspectos, que el régimen era una “gran estafa”.

Me preguntaban sobre los más disímiles temas. Recuerdo la cara de asombro y admiración de De Armas cuando le hablaba de las novelas de caballería, de la vela de las armas y de las órdenes de monjes guerreros, como los templarios, que tan importantes fueron en la configuración del mundo occidental, elementos estos que considero después fueron fundamentales en su obra narrativa y ensayística.

Cada día eran más los jóvenes desafectos, como les etiquetaban, que buscaban libros prohibidos. Logré nuclearlos en tertulias que celebrábamos en bancos del Prado, bares y cerveceras. Chicos y chicas me preguntaban mi versión sobre Hamlet o el Caballero de la Mancha. Pero también pedían que les contara las historias, leyendas y mitos sobre la fundación de la ciudad de Cienfuegos y de los pobladores primitivos de la región de Jagua, como aquel mito fundacional que tanto les gustaba en que una madre taína forma, con sus lágrimas, la misteriosa Laguna de Guanaroca.

El pensamiento lleva a la emoción y la emoción crea la realidad y la realidad creada por aquellos jóvenes los conducía, cada día más, a disentir primero, y luego a ser contrarios, enemigos acérrimos de la realidad otra que les imponía la sociedad totalitaria en que habían nacido.

Los represores se percataron y tomaron medidas activas para impedir aquella “desviación ideológica” que pudiese conducir, dada la naturaleza y experiencia de muchos de aquellos jóvenes, a una oposición violenta.

Los jóvenes aquellos, sin muchas opciones, se reunían en las cerveceras de la ciudad de Cienfuegos, que abrían desde las nueve de la mañana hasta las once de la noche.

Una tarde uno de los jóvenes comunistas, o chivatones, que apostaban en aquellos sitios para vigilar e informar, o neutralizar al enemigo, se acercó a mi mesa y vino, como se dice en el argot, a agitarme mi perga de espumosa cerveza. Yo me levanté dispuesto a pelear, no por la cerveza sino por la afrenta que significaba una cosa así en aquellos ambientes. Pero no tuve que hacerlo pues Carlos Pordomingo, que había cumplido varios años de prisión por intentar desviar una lancha torpedera hacia EE.UU y que en ese momento se desempeñaba despachando cerveza, saltó por sobre el mostrador y, agarrando al sujeto objeto del adoctrinamiento marxista, le tomó por el cuello y le dijo: “o vuelas de aquí ahora mismo o te reviento contra el piso”. Inmediatamente un grupo de jóvenes acudió en mi defensa y el seguroso tuvo que marcharse derrotado.

Al otro día, estaba yo de nuevo con mi cerveza, leyendo un libro, y vino el mismo gamberro, pero acompañado de tres más. Me dijo: “vamos a ver quién te salva ahora que el Pordomingo no está”. Pero se equivocó, está vez salieron en mi defensa no sólo los muchachos, sino también las muchachas, armadas de sus tacones, y le fueron encima a puro golpe a los segurosos que, sangrando, no tuvieron otra alternativa que escapar a la precipitada.

Al día siguiente me fueron a buscar a la casa en un auto Lada. Me llevaron a una oficina. Me recibió un hombre que por su aspecto, alto y rubio, parecía más un alemán que un cubano. Me dijo: “vamos a hablar claro, soy de la Seguridad del Estado, y lo que pasó en los dos últimos días en la cervecera es preocupante. Estos muchachos, no nos oponemos a que lean sus libros y los discutan aunque sea en las cerveceras, pero que no se compliquen. Lo de ayer fue el colmo, hasta las hembras se fajaron, eso es peligroso porque se sienten parte de un grupo y tienen ideas”.

En eso entró un guardia uniformado y le entregó un sobre sellado. Del mismo sacó unas fotos y las colocó en la mesa con un ademán despectivo: cinco hombres y una mujer, muy jóvenes todos. “Mira, estos son los más peligrosos, los demás los siguen a ellos y tú eres el ‘maestro’ de todos, y pueden, dado el caso, encabezar una revuelta contrarrevolucionaria. Tú sabes que los podemos eliminar a los cinco en un minuto. Pero no queremos eso, habla con ellos, ayúdalos a vivir, son jóvenes, diles que se separen, que está bien que piensen lo que quieran, pero adentro de sus casas, que dejen de hacerse los héroes”.

Miré las fotos. Allí estaban, duros, rebeldes y, al final, indefensos, Armando de Armas, Rolando Santa Lameira, Carlos Pordomingo, una chica nombrada Susi, Puerto Rico y Juan Felipe. Pero dentro del sobre se notaban muchas más fotos. Algunos de ellos fueron a prisión después, otros escaparon a tiempo.

Yo he meditado mucho sobre lo que me ha tocado en este tiempo tremendo. Ahora pienso que si mis intentos bélicos y los de otros hubieran triunfado, no hubiésemos logrado mucho si ese triunfo no lo alcanzábamos también en la cultura, en la cultura de la libertad, en un pensamiento a favor del individuo, por eso quizá lo más importante en mi vida no fue la rebeldía armada, sino contribuir en algo (otros ex presos políticos hicieron también esa labor, como Justo Quintana, el ex embajador Bebo Cabrera y el Manco Lavernia) a la formación cultural de aquellos jóvenes, elementos antisociales como la Seguridad los catalogaba, aunque después sé que pagaron un alto precio por ello. Eso es lo que más me enorgullece de mi vida que ya va siendo larga, además de azarosa.

Sobre el autor

José Manuel Castiñeira

José Manuel Castiñeira

José Manuel “Chema” Castiñeira, actor de cine y teatro, formó parte del Centro Dramático de la Provincia de Las Villas y protagonizó las películas “El robo del cochino” (junto a Consuelito Vidal) y “La primera carga”. Cumplió prisión por planificar un atentado a Fidel Castro.

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