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Guillermo Cabrera Infante: El hombre entre dos islas

Guillermo Cabrera Infante: El hombre entre dos islas

Guillermo Cabrera Infante: El hombre entre dos islas
mayo 12
14:44 2011

Cientos de libros, un gato promiscuo, una mujer hermosa –la actriz Miriam Gómez–, dos hijas, una bandera cubana, varios cuadros valiosos. Todo eso dentro de un pequeño apartamento londinense. En una esquina teclea Guillermo Cabrera Infante (G. C. I.). Ensaya un guión de cine, un fragmento de una novela, una parodia o vaya usted a saber.

G. C. I. es el más «raro» de los grandes narradores de lo que en el tiempo en que hago esta entrevista –finales de los años 70’– se ha dado en llamar “la nueva narrativa hispanoamericana”.

“Tres tristes tigres”, un tomazo lleno de humor, de nostalgia, de juego literario, de trampas, de audacia formal, de hallazgos lingüísticos, ha puesto a su autor entre los grandes del difícil oficio de escribir. Libro, sin duda, intraducible, ha deslumbrado a franceses y norteamericanos al reescribirse en esas lenguas. La anécdota local y el lenguaje cubano ocultaban una escritura universal perfectamente inteligible en otros medios. Lo que parecía una obra en clave, un cripto-lenguaje, resultaba, a la postre, meta-lenguaje al alcance de cualquier lector sensible. Cabrera había triunfado.

Luego, al éxito del libro se sumó el escándalo político de la denuncia del escritor cubano contra el régimen de La Habana –denuncia hecha no desde el resentimiento, sino desde el poder, lo que le confiere más autoridad–. Cabrera era diplomático; renunció a su cargo y se enfrentó al estalinismo de Castro. Más tarde volvió a los titulares a propósito del lamentable «caso Padilla». Desde hace varios años reside en Londres. Su antigua especialidad de crítico de cine –las crónicas aparecen recogidas en “Un oficio del siglo XX”, Seix-Barral, Barcelona– le permitió acercarse al séptimo arte, esta vez como guionista. Por ahí van los primeros tiros de esta entrevista:

-Tú fuiste, durante muchos años, un notable crítico de cine. Luego te has convertido en guionista. ¿Cuánto debe tu narrativa al cine y en qué aspectos?

– Yo iba al cine cuando tenía un año o dos. No aprendí a leer hasta los cuatro años. De manera que yo leía el cine antes de aprender a leer en un libro. ¿Es posible escapar a tal influencia? Yo no he podido, aunque hubiera querido. Además, fue el cine y no el libro quien me enseñó a narrar.

-Según algunos, “Tres tristes tigres” es la antítesis de la novela tradicional. ¿Se trata de un intento de romper con la novela y crear un género, una modalidad diferente y al margen de la acostumbrada narrativa?

-“Tres tristes tigres” se propuso, antes que nada, explorar una nostalgia, al tiempo que celebraba una ciudad perdida: La Habana. Su forma está determinada no por una necesidad o afán de destrucción, sino por una estructura en construcción. En cierto modo, es un libro inacabado, que espera, siempre, ser completado por el lector.

-¿Puedes repetir los procedimientos técnicos de “Tres tristes tigres” en obras sucesivas o con ese volumen se agotan las posibilidades de esas formas narrativas? Más claro: ¿Puede repetirse “Tres tristes tigres”?

-Yo creo que el ideal literario sería que cada libro tuviera su lenguaje, único, intransferible. Esto lo creyó cabalmente Joyce, y antes que él, con una sabiduría literaria que asusta, Flaubert. No hay el menor parecido entre el narrador de Madame Bovary y el de Bouvard y Pecuchet; curioso avatar de un autor que inventó para nosotros la noción del estilo. No creo que repetiría, aunque pudiera, las formas de “Tres tristes tigres”, libro que quiero considerar único -o si lo prefieres, húnico.

-Vuelvo al estilo: en “Así en la paz como en la guerra” –tu libro de narraciones cortas– hay prácticamente un estilo para cada cuento (excluyendo a las viñetas, que sí tienen unidad estilística). Luego, en “Tres tristes tigres”, aparecen unas estupendas «a la manera de… Lezama, Lino Novás, Guillén, Lydia Cabrera, Carpentier, etc.». Si tuvieras que escribir «a la manera de Guillermo Cabrera Infante», ¿imitarías al autor de “Tres tristes tigres”, a uno de los autores de “Así en la paz como en la guerra”?  ¿A quién? (The real Guillermo Cabrera Infante, stand-up, please).

-Yo no creo tener un estilo propio, si la noción de estilo significa algo más que el nombre que le damos a nuestras limitaciones. Es decir, quisiera no padecer esas limitaciones. De ahí mi amor por la parodia, que no es más que el ejercicio de apropiarse del estilo de los otros.

-“Un oficio del siglo XX” recoge tus crónicas de cine, que, con ser agudas, acaso no sean importantes para el cine; pero aparecen un prólogo, intermedio y epílogo que sí son importantes para el conocimiento de tu obra. Especialmente porque allí ya está presente el autor de “Tres tristes tigres”, con su humor detonante, su escepticismo lúdico y su carga de paradojas. Evidentemente, todo eso desborda el propósito de una antología de crónicas de cine. ¿Qué esconden esos fragmentos?

-El prólogo, intermedio y epílogo de Un oficio del siglo XX no son otra cosa que el intento del autor por desembarazarse de su alter ego, de alejar a ese otro yo alienado por el oficio del crítico de cine. Al mismo tiempo, el libro (que se editó por primera vez en Cuba en 1963) quiso mostrar que la única manera posible de ser crítico en un estado totalitario es por medio del suicidio: al matar a mi alter ego también moría yo un poco.

-¿Por qué siendo un escritor de habla hispana preferiste el exilio en Londres al exilio en España?

-Londres no ha sido más que producto de la casualidad. Fue de allí que me vino a buscar el azar por medio de un telegrama de un director de cine amigo que necesitaba un guión. Vine a Londres solamente por dos meses y me he quedado a vivir. Creo que no pudo ser mejor la elección azarosa: no hay sitio más libre en el mundo. Además, me gusta la simetría de haber nacido y vivido en una isla a un extremo del Atlántico y venir a parar a otra isla diametralmente opuesta en el mapa.

-En alguna entrevista, a propósito de tu sonado exilio y denuncia contra el estalinismo cubano, decías que el escritor, que no es un árbol, «no necesita tierra». ¿Continúas seguro de eso? ¿Se puede escribir al margen de una literatura nacional? ¿Basta la abstracción «literatura hispanoamericana» para echar raíces (metafísicas)?

-Un escritor no necesita más que papel y, en mi caso, máquina de escribir. Es el ser el que necesita algo más: yo padezco tremendas nostalgias de La Habana, pero no de La Habana real, la que está ahí, sino de una Habana histórica que se perdió en el pasado. Quizás sea esta tierra mítica la única que necesito. Pero siempre puedo reconstruirla en la memoria, y también en esa forma de memoria que es la literatura. Nunca he creído mucho en el término «literatura hispanoamericana»; me parece sospechoso de jingoísmo. No hay más que una literatura. Es en ésa que uno pretende inscribirse. Lograrlo, por supuesto, es otra cosa.

-¿Vale la pena escribir?

-Es como preguntar: ¿vale la pena vivir? Yo creo que sí, aunque a veces sienta tentaciones suicidas, que son equivalentes a las ganas de dejar de escribir, de no escribir. Pero la literatura, como la vida, es más fuerte que uno y lo arrastra irresistiblemente.

-También, alguna vez, has escrito (o dicho) que «eres el único escritor hispanoamericano que no toma en serio ni una palabra de lo que escribe». ¿Por qué escribes entonces? ¿Para qué escribes?

-Escribo como respondo a tus preguntas: por compulsión: es imposible para mí sustraerme a ello. También, a veces, escribo o hablo más de la cuenta; si alguien pretendiera tomar lo que escribo sin seriedad, sería yo el primero en protestar. Esa boutade que citas no es más que un aserto de la persona que era yo en el momento de decirla o escribirla.

Ahora tendería a decir lo opuesto: tomo tan en serio la literatura que me pasma.

-Si tuvieras la certeza de que has llegado al máximo de tus posibilidades estéticas, ¿continuarías escribiendo?

-Escribir (o no escribir) es una compulsión. Hablar de haber llegado al máximo de mis posibilidades estéticas es una presunción: tendría que considerar a “Tres tristes tigres” como una obra maestra, y estoy bien lejos de hacerlo.

-Desde hace unos cuantos años no aparece publicado nada tuyo, ¿pasas por un período de «seca» o temes no poder escribir algo que valga la pena?

-Hace años que no publico, pero eso no significa que no escriba. Tengo, por lo menos, dos libros terminados, pero he preferido esperar a publicarlos cuando hayan madurado. Una de las fallas de “Tres tristes tigres” es que fue publicado antes de su tiempo propio. De haber esperado un poco más no habría en ese libro uno o dos errores que yo me sé, ahora, después de impreso el libro varias veces.

-¿Te continúa interesando la novela experimental? ¿Te propones experimentar tú mismo con los aspectos formales de la novela?

-Nunca me ha interesado la literatura experimental per se. Si “Tres tristes tigres” resulta para algunos lectores una obra experimental, es a pesar de mis intenciones. Escribir es siempre luchar por darle forma a lo informe, ordenar un poco el caos. En ese sentido siempre me interesarán los problemas formales, que son los problemas de verdadero fondo.

-Las viñetas de “Así en la paz como en la guerra” y muchas de las crónicas de cine recogidas en “Oficio” (por ejemplo, la que haces a propósito de «La Strada») están teñidas de eticismo. “Tres tristes tigres” opera al margen de esa categoría. ¿Cuál será el signo de tu próxima obra?

-Yo no creo que “Tres tristes tigres” «opere al margen del eticismo». Una lectura detenida te aseguraría lo contrario.

Sucede que el esteticismo es una forma de eticismo: no hay nada más moral que una obra de arte. Por otra parte, el libro está cargado de disgresiones morales: dondequiera que hay una broma hay una moraleja oculta.

-¿Existe una literatura de la revolución cubana que sea realmente significativa? ¿Intentarías tú la novela de la revolución cubana? Carpentier, que prometió hacerlo, ha guardado silencio. ¿Indica eso que no es posible?

-No creo que exista una literatura de la «revolución cubana», pero sí hay libros que revelan el terror: “Celestino antes del alba”, por ejemplo, con su universo cargado de violencias y de hachas. La poesía de Padilla es también producto del terror. Hace rato que intento “Itaca vuelta a visitar”, que sería una novela de La Habana circa 1965. Es decir, en pleno terror «revolucionario». (Las comillas son para demostrar que no creo que haya en Cuba una revolución, sino precisamente una contrarrevolución. G. C. I.) Este libro debería ser una crónica íntima que mostrara ese universo locuaz que era La Habana reducido a términos lacónicos. Pero su realización se muestra más difícil que hablar de él.

-“Tres tristes tigres”, “Paradiso”, “Cobra”, “El mundo alucinante” y la mayor parte de las novelas importantes de la literatura cubana contemporánea se abstienen de tocar el tema de la Cuba actual. ¿Hay en ello una actitud escapista producida por el totalitarismo del régimen?

-Solamente puedo hablar de “Tres tristes tigres”, que sí es un libro escapista; lo es a la manera de Houdini: el escape como espectáculo. “Tres tristes tigres” es un libro absolutamente apolítico, quizá por ello está prohibido en Cuba: no hay libro más libre que éste en la literatura cubana actual.

La primera versión de esta entrevista apareció en La literatura como una forma de urticaria (Playor, 1980)

Sobre el autor

Carlos Alberto Montaner

Carlos Alberto Montaner

Carlos Alberto Montaner ( La Habana, 1943). Escritor y periodista. Ha publicado alrededor de treinta libros, varios traducidos al inglés, el portugués, el ruso y el italiano, entre ellos las novelas "La mujer del coronel", "Otra vez adiós" y "Tiempo de canallas". La revista Poder lo ha calificado como uno de los columnistas más importantes en lengua española, y en 2012 Foreign Policy lo eligió como uno de los 50 intelectuales más influyentes de Iberoamérica. Reside entre Madrid y Miami.

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