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¿Habrá un socialismo bueno?

¿Habrá un socialismo bueno?

¿Habrá un socialismo bueno?
agosto 01
00:53 2014

En Cuba hay últimamente algunos académicos –sociólogos, economistas y filósofos— que desde posiciones marxistas critican el modelo centralista estalinista de producción y sostienen que un socialismo virginal y aséptico basado en el cooperativismo y la autogestión será la sociedad ideal del futuro en Cuba y en todo el planeta.

Uno de ellos, Pedro Campos, publicó recientemente un artículo en la revista Temas, de La Habana, que luego fue reproducido por Diario de Cuba con la autorización del autor con el título De cómo el socialismo podría imponerse al capitalismo.

Por cierto, que dicho artículo haya sido publicado en la revista Temas, que como todos los medios cubanos es controlada por el Departamento Ideológico del Partido Comunista, me sugiere que un ala más pragmática dentro de la burocracia partidista parece ir ganando espacio, pues el trabajo de Campos es un rechazo teórico al “viejo socialismo” (así lo llama) vigente en la isla.

Según el autor, Carlos Marx ha sido siempre mal interpretado, incluso por Lenin. Asegura que el marxismo nadie ha sabido aplicarlo, que el “socialismo de Estado” no tiene nada que ver con Marx y que el verdadero socialismo concebido por el filósofo germano es el cooperativista y de autogestión.

Es cierto que Marx inicialmente sólo hablaba de la toma del poder por los obreros, sin precisar bien el papel posterior del Estado, pero luego de la derrota de la Comuna de París, en 1871, basándose en su percepción de que “la violencia es la partera de la historia”, promovió la revolución iconoclasta para arrasar con el orden burgués e implantar la dictadura absolutista del proletariado en un Estado de nuevo tipo, y no para fomentar comunidades celestiales autogestionarias.

Respeto el derecho que tiene Campos de afirmar que hasta la fecha en ningún país ha habido un legítimo socialismo marxista, y que el verdadero, de carácter celestial, llegará para todo el mundo de la mano de las cooperativas y la autogestión. Pero pienso que debiera considerar que antes que él muchos ilustres pensadores propusieron o llevaron a la práctica experimentos sociales –todos fallidos– idénticos a los que él esboza en su artículo.

Impide la innovación

El cooperativismo fue una necesidad imperiosa desde los orígenes de la civilización. ¿Cómo habrían podido nuestros ancestros primitivos matar a un mamut sin organizarse como grupo para un ataque coordinado y efectivo contra el gigantesco animal?

Para cualquier tarea, en los albores de la humanidad la cooperación era cuestión de vida o muerte. Pero muchas vueltas ha dado la Tierra desde entonces. Con la perspectiva histórica de los milenios transcurridos, hoy vemos que desde el modelo diseñado por Platón en La República hasta el “socialismo de autogestión” del mariscal Josip Broz Tito en Yugoslavia, 2,384 años después, el cooperativismo socialista no ha funcionado.

¿Por qué? Porque como forma de gobierno, o de organización socioeconómica, el colectivismo — ya sea comunitario, obrero autogestionario, o estatal–, niega o limita la libertad del individuo para innovar, crear riquezas y beneficiarse directamente de su aporte a la sociedad. Es decir, el cooperativismo se contrapone a la naturaleza humana, todo lo contrario de lo que sostiene Campos.

Nunca he comprendido por qué resulta tan difícil para algunos analistas percatarse de que  si en un grupo humano los más talentosos, productivos y esforzados tienen que sostener con el fruto de sus innovaciones, su abnegación y su trabajo “fuera de serie” a los menos capaces y a los que no se esfuerzan demasiado, desaparece el incentivo para seguir poniendo ese extra ingenioso y eficiente. Y sin ese “extra” los terrícolas no habríamos podido caminar por la Luna o navegar por Internet.

Todos no halan parejo

Recuerdo cuando a mediados de los 60 fui con un grupo de colegas estudiantes de periodismo a las montañas de la Sierra Cristal, en Oriente, a entrevistar campesinos cafetaleros a ver si querían entregar sus parcelas de tierra e integrarse a cooperativas. Entrevistamos como a 40 campesinos, y menos uno que dijo lo iba a “pensar”, los demás se negaron. Uno de ellos fue tan sincero que me dijo: “en una cooperativa todo el mundo no ‘jala’ parejo”.

No obstante, de acuerdo con Campos, “el predominio mundial de las formas autogestionarias y cooperativas  será la revolución social mundial socialista”. Lo dudo. Ese camino ya ha sido transitado, siempre infructuosamente. Y como decía Albert Einstein, repetir lo mismo una y otra vez esperando tener resultados diferentes es una inequívoca expresión de locura.

La propiedad comunal o estatal (su estadio superior) y el cooperativismo han sido la espina dorsal de todas las utopías de los soñadores sociales a lo largo de la historia. Pero o no han podido ponerse en práctica por irrealizables o llevadas a la realidad han resultado inviables.

El cooperativismo fue útil mientras pudo serlo.  En Babilonia había cooperativas de servicios funerarios, y en Grecia y en Roma las había de seguros. Era colectivista la vida agraria entre los germanos y las organizaciones de trabajo entre los pueblos eslavos, y había cooperativismo en los asentamientos precolombinos, las Reducciones de los jesuitas en el Paraguay o las Cajas de Comunidad durante la colonización española en América.

Pero, mucho ojo, la productividad era bajísima, y no sólo por el escaso desarrollo tecnológico y de la organización del trabajo, sino porque faltaba el extra laboral individual creativo e innovador que señalé anteriormente.

Salto en la productividad

Por el contrario, el laissez faire (dejar hacer a las fuerzas productivas), la inteligente consigna de los fisiócratas franceses que en el “Siglo de las Luces” sirvió de música de fondo en Europa a los inicios del respeto institucional a la libertad individual, la propiedad privada, el librecambismo y la “mano invisible” de Adam Smith, fue lo que disparó la tecnología, la productividad del trabajo y sepultó el ancien regimen estatista de las monarquías absolutas. Al compás de esa Revolución Industrial, fue la propiedad privada y no el colectivismo platónico la palanca de Arquímedes que movió el mundo hacia la modernidad.

MarxismoCon su socialismo autogestionario Campos paradójicamente abraza a Lenin, el hombre que “hundió” a Marx.  En enero de 1923 el líder bolchevique escribió en el diario Pravda, con fuerza de dogma: “siendo la clase obrera ya dueña del poder… en realidad sólo nos queda la tarea de organizar a la población en cooperativas. Consiguiendo la máxima organización de los trabajadores en cooperativas, llega por sí mismo a su objetivo el socialismo”.

El mariscal Tito le tomó la palabra y puso en práctica en Yugoslavia el cooperativismo “entre buenos hermanitos”. Las empresas, aunque propiedad del Estado, fueron confiadas a los trabajadores para que las gestionaran y obtuviesen parte de las ganancias. La autogestión cooperativa descansaba en la asamblea, el consejo obrero, el comité de gestión y el director. Recuerdo que dicho modelo fue rechazado por Fidel Castro, y que el Che Guevara lo calificaba de “traición al socialismo”.

¿Resultado? Yugoslavia se quedó muy atrás de las naciones capitalistas de Europa, que en la postguerra dieron un salto espectacular en su desarrollo socioeconómico y tecnológico.

Aristóteles lo previó

Aristóteles ya previó el error de los clásicos del marxismo-leninismo cuando rechazó la propiedad comunal  propuesta por su maestro Platón y afirmó que la propiedad privada era superior porque “la diversidad de la humanidad es más productiva”, y porque “los bienes cuando son comunes reciben menor cuidado que cuando son propios”.

Antes, Demócrito había ensalzado las ventajas de la propiedad privada, pues “permite el desarrollo y facilita el progreso”. Y en plena Edad Media, en el siglo XIII, Tomás de Aquino advirtió que sin propiedad privada no hay economía, y escribió: “el individuo propietario es más responsable y administra mejor”.

En el polo opuesto socializante, luego de la larga noche medieval, Thomas Moro (Utopía), Francis Bacon (La Nueva Atlántida), y John Bellers (Asociación de trabajo de todas las industrias útiles y la agricultura, y otros), entre los siglos XVI y XVIII imaginaron sociedades basadas en la propiedad colectiva y el cooperativismo. Luego lo propusieron  el inglés Robert Owen, el suizo Leonard Sismondi y los franceses Charles Fourier, Henri de Saint Simon y Etienne Cabet. Este último, en su Viaje a Icaria se adelantó a Marx al dar una imagen idílica del comunismo.

No son ‘islas socialistas’

Con respecto a nuestros días, Campos destaca que en Occidente crece el número de cooperativas industriales. Sí, son miles (en España hay 22,000 con 290,000 empleados), pero funcionan porque no tienen nada que ver con Marx, Lenin, Owen, o Tito. No son “islas socialistas” en medio de un mar capitalista, sino empresas puramente capitalistas muy similares a las compañías por acciones. Una de ellas, la Corporación Mondragón, de España, es una transnacional con 256 empresas y 80,000 trabajadores. Hay cooperativas en las que hasta un 70% de sus trabajadores no son socios, sino simples asalariados que son menos propietarios que los miles de accionistas de Coca-Cola.

No dudo que esas cooperativas al constituirse estén inspiradas en el mismísimo Platón. Comienzan con unos cuantos socios que aportan dinero y se reúnen para tomar decisiones. Pero se van incorporando nuevos socios, y como no pueden ya reunirse todos delegan en un Consejo Rector y un Gerente. Y contratan asalariados. El personal de oficina gana hasta tres veces más que quienes laboran en los talleres. Si un obrero “propietario” se destaca en su trabajo igualmente recibe 2, y el oficinista asalariado recibe 6.

En fin, las cooperativas occidentales tienen formas organizativas y de gestión que las alejan de sus iniciales principios de “hermandad” socialista. Los tecnócratas con su know how imprescindible, y las gerencias, con sueldos enormes, constituyen una élite que toma decisiones por encima del conjunto de los cooperativistas.

Y la cuestión es que, o funcionan así para ser productivas y competir eficientemente o quiebran, o se quedan en una escala tan pequeña que no rinden buenos beneficios a los socios. O sea, el cooperativismo ideológicamente suena muy bonito, pero en la práctica es inviable.

Semáforos reguladores

Por lo demás, Campos tiene razón en que el capitalismo a “lo bestia” no es un paradigma a seguir. Pero los propios padres de la teoría económica liberal clásica, Smith, David Ricardo y John Stuart Mill (contemporáneo de Marx), británicos los tres, ya advirtieron que los defectos del mercado había que corregirlos mediante la intervención de las autoridades públicas.

La experiencia revela que la autorregulación espontánea del mercado no es suficiente para evitar desastres cuando se produce lo que Alan Greenspan –ex presidente del Banco Central de Estados Unidos (Junta de Reserva Federal)– llama “exuberancia irracional del mercado”, como la que generó la burbuja hipotecaria y financiera (recordar los “bonos basura” de altos riesgos de impago) que al estallar en 2008 sumergió a la economía estadounidense en la peor crisis desde los años 30. Los bancos en EE.UU llegaron a decirle a la gente: “¿Quieres comprar una casa? Bien, págame sólo los intereses por tres años, y luego ya veremos”. Sin investigar mucho la solvencia del cliente.

Es decir, el librecambismo no significa ausencia de políticas económicas y de regulaciones. Estas son necesarias, pero no para constreñir o sustituir el capitalismo, sino precisamente para garantizar su buen funcionamiento. Como dice un amigo mío, las regulaciones son como los semáforos, cuya función es la de evitar el caos vehicular y no la de impedir que circulen los automóviles.

Además, las crisis económicas realmente son inevitables debido a la libertad económica, y funcionan como un purgante para neutralizar los excesos “exuberantes”.

‘El ojo del amo engorda el caballo’

En los años 60 hubo economistas, entre ellos John K. Galbraith, que creyeron encontrar la sociedad perfecta. Formularon la “Teoría de la Convergencia”, una hibridación de lo mejor del capitalismo con lo mejor del socialismo. Pero la muerte natural de la Unión Soviética y del “socialismo real” sepultó la propuesta.

Ciertamente el capitalismo de hoy no es igual al de hace un siglo, la libre competencia entre las empresas se ha modificado y algunas dominan ramas completas de la economía. Y la distribución de las riquezas es desigual.

Pero pongamos los pies en la tierra. No hay alternativa viable al sistema económico basado en la propiedad privada. La economía de mercado, con sus contrastes sociales, desigualdades y todos sus defectos, es la única que funciona porque se corresponde con la naturaleza del homo sapiens. No sé en otros planetas, pero aquí en la Tierra así es: “el ojo del amo engorda el caballo”.

Sólo por la fuerza podría imponerse el cooperativismo socialista que vaticina Campos. Si ello ocurriese, la humanidad probablemente regresaría a los difíciles tiempos del Cid Campeador y Doña Jimena.

Sobre el autor

Roberto Álvarez Quiñones

Roberto Álvarez Quiñones

Roberto Álvarez Quiñones es periodista, economista e historiador cubano. Autor de siete libros de temas históricos, económicos y sociales. Trabajó como editor y columnista del diario La Opinión de Los Ángeles de 1996 a 2008. Ex profesor universitario. Ex analista económico de la TV hispana en Estados Unidos. Ha impartido cursos de postgrado y conferencias en países de Europa y Latinoamérica. Ha recibido 11 premios de periodismo. Reside en el sur de California.

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1 comentario

  1. bebe
    bebe agosto 01, 11:34

    el socialismo no es bueno ni repartiendo compota

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