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Hacia una política del enfrentamiento crítico

Hacia una política del enfrentamiento crítico

Hacia una política del enfrentamiento crítico
enero 20
03:32 2014

Expondré a continuación mis consideraciones de lo que me gusta llamar una política del enfrentamiento crítico, casi de modo conclusivo.

Conformar una estrategia, no importa cuál sea su naturaleza, implica ante todo tener la suficiente perspicacia para saber desde dónde se mira, hacia dónde se mira y qué posibilidades reales tenemos para ver: ver no sería solo ver los niveles de visibilidad sino también las trampas tendidas rigurosamente. La política del enfrentamiento cuando más es una actitud, una postura, una acción performática que no se reduce a la acción misma y que reconoce toda una estrategia de indagación hacia el cambio como exigencia desde una gestión estructural. Por ello hay zonas de desarrollo próximo que son fundamentales como praxis, praxis en el sentido social e incluso introspectivo, una suerte de ejercicio de interioridades que nos sitúa ante el dilema en cuestión.

“Tuvo la sensación de oír sus primeras palabras con los ojos cerrados y al abrirlos le recorriese una imagen en la dicha. También tuvo la sensación de que la palabra, geniecillo que daba pequeños golpes de ola, caía sobre aquel cuerpo que la esperaba con la transparente oportunidad del rocío”. José Lezama Lima. “Oppiano Licario”.

El reconocimiento del diálogo cultural y el diálogo de culturas, la sociedad civil, la libertad de palabras y de hechos, la noción de verdad como reconocimiento de una construcción plural desde el consenso inter-subjetivo, la noción de censura así como la noción de reconciliación, deben estar en la agenda del intercambio simbólico de esta política del enfrentamiento como acción de constante y permanente investigación, como posibilidad de la construcción de una nueva figura del poder no solo político sino también epistemológico. “El poder debe diferenciarse de la coerción para hacer algo concreto y específico. Las elecciones posibles de una persona que está limitada se reducen a cero. (…) El poder pierde su función de crear doble contingencia en la misma proporción que se aproxima al carácter de la coerción. La coerción significa la renuncia a las ventajas de la generalización simbólica y a guiar la selectividad del compañero. (…) (En este caso) la reducción de la complejidad no se distribuye, sino que se transfiere a la persona que usa la coerción”, como muy bien recuerda Niklas Luhmann.

Es decir, esta política del enfrentamiento crítico debe reconocer el agotamiento de un proyecto cultural y civilizatorio que desde lo político ha conducido a la especie humana a una situación de crisis en el sentido sistémico de la misma, donde se han agotado las posibilidades dentro de los sistemas organizacionales de la modernidad. El reconocimiento de esta estrategia debe partir del elemento de constitución que se activa a determinados contextos, o sea, se activa a partir del punto de constitución del proyecto relacional del observador que reconoce el diálogo con la totalidad, diálogo que se examina en el proceso de acercamientos múltiples. Lo que este proceso no asegura es a dónde nos conduce este diálogo, pues los niveles de interacción, la capacidad de relación, el reconocimiento de lo estructural no necesariamente como particular, remiten a la necesidad de definir y redefinir la naturaleza de los criterios de cercanía, ya sean procesuales, motivacionales, experiencias del observador o criterios de validación que propicien acercamientos que certifiquen una noción de praxis complementaria y plural.

“El papel de los intelectuales generalmente es poner al descubierto y elucidar la contienda, desafiar y derrotar tanto un silencio impuesto como la normalizada quietud del poder no visto, donde quiera y cuando quiera que sea posible”, afirma Edward Said. Ello quiere decir, en otras palabras, construir una alternativa, una paralela, un sentido contra-cultural también contra-memorial, contra-discursivo, una historia nueva que supere el proyecto meta-histórico como posibilidad narrativa o como única posibilidad narratológica plagada de pretensiones homogeneizantes; supone también reformular el principio de simplicidad y determinismos causalistas con el que se pretende no solo pensar sino construir un proyecto desde lo social, una vez que reconoce la totalidad como complitud de sí misma. O sea, un sistema es eterno, perpetuo, indestructible, pues es completo en sí mismo, garantía de la esclerosis múltiple.

El ser humano se encuentra en un momento trascendental de su existencia, tiene necesariamente que definir su lugar en el mundo. I Wallersteins, en virtud de las definiciones de sistema, ha comenzado a pensar que aquello que él llamaba “el largo siglo XX” dominado no solo por el capitalismo, podría encontrar su fin en la mitad de este siglo, debido a lo insostenible de sus presupuestos políticos, económicos e ideológicos, anquilosados en la memoria y aludidos desde ella como invernadero de lo legítimo, certidumbre de lo indestructible. En estas coyunturas históricas se debe ubicar la figura del intelectual desde la totalidad del campo como crítica interna, desde la intención de institucionalizar el diálogo no reducido al diálogo mismo, sino a la necesidad de que este se entronice en los procesos como posibilidad de dar sentido. Esta posición debe develar, aunque en ello le vaya la vida, las trampas de la ofensiva semántica de la dominación, que se suelen amparar en pretensiones de “renovación” ideológica cuando en última instancia se convierten en retruécanos vacíos y des-ontologizados, al tiempo que debe reconocer que las demandas exigen mucho más que la toma del poder político, un poder que debe re-conceptualizar su función y su papel ante la inevitable reconstrucción de la figura del campo como expresión de una crisis de las formas de representatividad política, tanto a niveles ejecutivos como legislativos.

El intelectual debe entonces reconocer la necesidad de la utopía, la utopía renovada, pero la utopía en nuevos accesos de sentido, como nuevos corrimientos de sentido, corrimientos que demandan una construcción epistemológica y política que derogue los acostumbrados reciclajes ideológicos, vaciados todos de contenido y que solo tienen la pretensión de hacer extensible lo que por su propia naturaleza ya se desvanece en el aire, por ausencia de una actualización de discursos, figuras, razones y necesidades. El intelectual contemporáneo está llamado a hacer la revolución, única garantía de la experiencia contemporánea de nosotros mismos, como forma de dar un nuevo sentido a las cosas y contribuir en la construcción más allá de lo axiomático del supuesto, hasta ahora político, de que otro mundo mejor es posible.

No solo otro mundo mejor es posible, sino que otro mundo peor es posible. Determinar la naturaleza del nuevo proyecto es sobre todas las cosas la tarea de los intelectuales comprometidos, superando, eso sí, las viejas y ya inservibles disquisiciones de la derecha y la izquierda.

Sobre el autor

Antonio Correa Iglesias

Antonio Correa Iglesias

Antonio Correa Iglesias (La Habana, 1976) es filósofo, escritor y ensayista. Es coordinador del Programa de Filosofía y Ética, Programa de Ética, de la Universidad de Miami. Entre los años 2003 y 2012 fue Profesor Asociado por el Departamento de Filosofía de la Universidad de las Artes de La Habana. Ha sido crítico y curador de arte contemporáneo en varias revistas especializadas y ha trabajado con diversas galerías de arte en Alemania y Holanda (ancoiglesias@gmail.com Celular: 786-239-9642).

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