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Hamas, Israel y la solución al dilema palestino

Hamas, Israel y la solución al dilema palestino

Hamas, Israel y la solución al dilema palestino
julio 24
21:18 2014

A partir de la invasión al Líbano en 1982, la prensa europea comienza a señalar a Israel como el ofensor en el conflicto árabe-israelí, antes incluso de que surgiera Hamas. Por ello se reabrió en su población la polémica sobre qué tipo de sociedad se quería, y sujeta a qué valores: ¿una Sudáfrica judía arbitrando eternamente a los palestinos, una Prusia intimidando a sus vecinos, o un Estado que cumpliese con los términos de seguridad, democracia, y paz con sus vecinos? ¿Con cuáles fronteras, con las originales de 1947, las previas a la guerra de 1967, o las bíblicas? ¿Con qué sistema de división del poder y valores éticos, uno para los ciudadanos y los no-ciudadanos por igual, o sólo para el territorio israelí y otro distinto para el conquistado?

Atrapados entre la pasión y la tribu por un lado y la modernidad y la expansión económica por otro, palestinos e israelíes optaron por lo primero. Los israelíes reclaman a Jerusalén como su capital y los palestinos también; los israelíes exigen a Haifa y los palestinos también; muchos israelíes demandan la Cisjordania y los palestinos también; los palestinos pretenden a Jaffa, que está en manos israelíes. En el mundo de fantasía israelí no hay palestinos, y en el de los palestinos no existen los israelíes.

Terrorismo de Hamas aparte, la existencia de la Organización de Liberación de Palestina (OLP) personificando a un pueblo desplazado, y declarando continuamente que Palestina no pertenecía a los judíos, creaba un escenario existencial embarazoso para los sionistas. Con la invasión al Líbano en 1982, Ariel Sharon se propuso resolver manu militari el dilema de un país judío con una extensa población palestina. Esperaba destruir a la OLP y presionar a los residentes de Gaza y Cisjordania para que aceptasen la anexión, y de paso librarse del reproche internacional de represores de los derechos del vencido. La estrategia desde Beguin hasta Sharon ha sido edificar un nuevo hábitat en los territorios ocupados expropiando y comprando terrenos y plantando distritos judíos, y anular así cualquier memoria de los Territorios Ocupados en 1967 –con OLP y todo– para que tales palestinos no exigiesen su independencia.

El desplome del bloque soviético y de la URSS inundó a Israel con 500,000 judíos de esa área, además de 100,000 judíos de otros sitios del planeta. El asiento de colonias judías en Cisjordania y Gaza no responde a la supervivencia sino al levantamiento de una patria de facto. Pero la guerra del Golfo a principios de la década noventa evidenció que esta “profundidad estratégica” no protegía a Israel del peligro del terrorismo, de los cohetes de largo alcance y de las armas de destrucción masiva. Con este cambio de ecuación, territorio por paz ya no sería un favor a la OLP, sino algo vital para su seguridad nacional.

Esta estrategia del partido Likud se tornó en la más grave pifia política de Israel, sobre todo cuando el tema sobre el carácter de su Estado se reconsideró como derivación de la realpolitik militar y las presiones demográficas árabes, y cuando este programa de fusión se desplomó debido a las tensiones domésticas, la coacción norteamericana y los tratados de paz con Egipto y Jordania. Un amplio sector poblacional judío comenzó entonces a exigir la solución negociada con los palestinos de Gaza y Cisjordania, así como la retirada militar de las mismas.

hamas ninos suicidas No todo lo anti-palestino nace de lo ideológico; mucho se debe a la coacción militar y presión política que ha ejercido el mundo árabe, y la extendida negación a conceder legitimidad a un Estado judío. Hay que reconocer a un Israel prácticamente privado de opciones no violentas, de fórmulas de aislar lo doméstico (palestinos) de lo internacional (árabes). Se puede entender cómo la praxis impidió que Israel aplicara la igualdad a los palestinos de su Estado, y a los de Gaza y Cisjordania, más aún cuando Hamas y la OLP encendían la pradera con su terrorismo.

Tanto los árabes como los israelíes tienen que liberarse de la parálisis marcada por sus mundos tribales, donde los ancestros definen el presente y cada lado piensa que puede obtenerlo todo. El primer obstáculo es el aferramiento a los supuestos “derechos legítimos” otorgados por la tradición, por el Yahwe bíblico, o por el Alá coránico, que impiden la comparecencia de una realpolitik basada en “intereses legítimos”. Por eso la apreciación racional es innovar los términos y enfoques que hoy parecen insolubles, reformulando los mismos derechos para ambos bandos. Así lo hizo Anuar el-Sadat al reconocer al Estado de Israel para recuperar la península del Sinaí.

La maquinaria de guerra en función policial nunca va a granjear a los israelíes la paz y tranquilidad que tan ávidamente buscan, pero la paradoja histórica es que ningún Estado ha cedido de forma voluntaria una porción de territorio por razones ideológicas o de seguridad nacional. El precio de la paz sube cada año agravado por la no-existencia de alternativas atractivas para los dos contendientes, sobre todo cuando la vida y el destino político de ambos están indisolublemente imbricados. El futuro encierra resultantes diferentes: para los judíos implica sacudirse del opresivo hipnotismo bíblico, de las secuelas del antisemitismo nazi, del temor a sus vecinos árabes; para los palestinos resulta redimirse del exilio, rebasar su marginalidad cultural y psicológica, y liberarse del contexto discriminado en que se encuentran.

A estas alturas, una nación judía con todas las tierras bíblicas desembocaría obligadamente en la autocracia al tener que violar los derechos políticos de sus habitantes no-judíos y justificarlo con la religión. Una nación democrática requiere desprenderse de Gaza y la Cisjordania, o bien aplicar la draconiana expulsión de los palestinos como abogan los ortodoxos, arriesgándose con ello a perder su alianza con Estados Unidos. Otra opción es la de englobar a judíos y no-judíos en un Estado multiétnico, con todos los derechos políticos por igual, con la alternativa de que en un par de décadas el voto islámico superará al judío. En vez de escoger entre estas posibilidades, los políticos israelíes bregarían por la transitoriedad, legando al Oriente Medio y a la comunidad internacional un teorema indescifrable.

La revolución sionista se forjó para liberar a los judíos de su eterna mentalidad de ghetto, de pueblo martirizado y desvalido. Se concibió para componer una historia política propia, y para revivir la lengua hebrea. La sorprendente cultura ensamblada en Israel les concedió una nueva razón de identidad, rescatando sus derechos ciudadanos; de brindar a su diáspora una dirección de progreso y destino meta-histórico. Observando la magnitud de los obstáculos y calamidades, son admirables los logros alcanzados por los judíos en el siglo XX.

A pesar de crear todos esos instrumentos e instituciones de las cenizas del holocausto, la tragedia del sionismo radica en no haber erradicado del imaginario colectivo al judío víctima, al destino adverso, a los mañanas inciertos. Así, la revolución sionista terminó en un moderno ghetto de Varsovia que no derribó el alma trágica de su pasado, y sus gobernantes no lograrían hacer su historia sino que reaccionarían a los acontecimientos con una retórica política extraída del Torah y del Holocausto de su inconsciente colectivo.

Ya el peregrinaje no es a Degania, el otrora célebre kibutzim donde los jóvenes de la primera generación reían, cantaban, estudiaban, se entrenaban y procreaban un sueño, y para los que el Holocausto sólo resultaba un trauma. Ahora es al memorial en las colinas de Yad Vashem, a los campos de la muerte de Auschwitz, Majdanek o Treblinka, confirmando que el Holocausto se ha transformado de trauma en patología colectiva de toda la nación. El mensaje subliminal es que en tal patología concurre lo que en última instancia encarna y define el aliento del Estado de Israel. Quizás el Tercer Templo va a ser sólo una fugacidad en la historia de una nación que convertida en Estado ha sido incapaz de romper su ciclo auto-flagelante; por lo pronto la aliyah es una remembranza pues los judíos de la diáspora ya no están regresando a Israel.

Para Israel, la paz viene emponzoñada para el carácter judío de su Estado, con un destructivo status quo que le impide ser simultáneamente judío, democrático y estable. De continuar el actual impasse, Israel no sólo no desaparecerá como Estado sino que seguirá su desconcertante avance pero a un precio: el de seguir rodeado de débiles “bantustan” palestinos, y bajo la crítica internacional.

La disyuntiva está en mantenerse en los confines bíblicos y lidiar con el insoluble problema palestino, mientras esperan por el Mesías, o en decidirse por unas fronteras pragmáticas y afrontar la pesadilla existencial que significa devolver Gaza y Cisjordania. La paz podría crear una identidad israelí única, a mitad de camino entre Occidente y Oriente, que desempeñaría para el ámbito islámico un papel semejante al de las agrupaciones judías del Medioevo: intermediarios económicos entre las tribus rivales, y proveedores de servicios a las ciudades-estados.

Es la mayoría israelí la única que puede variar la historia de la región, y poner fin a este forcejeo comunal del todo o nada, remodelando unilateralmente su seguridad y entregando a los palestinos un mini-estado, que no va a ser todo el super-Estado a que han aspirado (ni siquiera lo que se le adjudicó por la ONU en 1947) ni todo lo soberano que han deseado, porque estarán sometidos a reglas israelíes de seguridad. Estados Unidos tiene que sumergirse en el mundo islámico y precisa latitud política, pero no puede hacerlo sin antes resolver el entuerto Israel-Palestina. Si Washington sigue de espaldas a la zona, ello no sólo marcará el fin de las soluciones diplomáticas en el Oriente Medio sino la victoria de los fundamentalistas judíos contra los islámicos, en una guerra tribal con la solución tribal del más fuerte, donde al final Israel alterará la geografía política del Oriente Medio.

Los israelíes no están de paso, se hallan en su país. Y los palestinos, por su parte, se encuentran atados férreamente a su terruño. Palestinos y judíos tienen más que ganar en un escenario compartido que en un antagonismo perpetuo.

Sobre el autor

Juan F. Benemelis

Juan F. Benemelis

Juan Benemelis (Manzanillo, 1942). Diplomático, historiador y ensayista. Ha publicado más de una veintena de libros centrados en diversas temáticas, que van de lo científico a lo histórico. Entre ellos, "Las guerras secretas de Fidel Castro", "Castro: subversión y terrorismo en África", "Paradigmas y fronteras. Al caos con la lógica", "De lo finito a lo infinito", "El Corán y el Profeta", "Islam y terrorismo" y "La memoria y el olvido". Reside en las afueras de Miami.

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