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Hasta después de muertos somos útiles

Hasta después de muertos somos útiles

Hasta después de muertos somos útiles
Junio 19
20:26 2014

El genio amaneció muerto en su cama. Los que pensaban que era eviterno como los ángeles, con principio sin fin, quedaron decepcionados. Aquellos que creían que iba a pagar en vida con terribles sufrimientos, quedaron frustrados.

Pero todo había sido calculado prolijamente para que siguiera dirigiendo los destinos de las masas de manera virtual. Durante los veinticinco años anteriores a su muerte, dos generaciones de brillantes sicólogos, filósofos, políticos, lingüistas, economistas y programadores, habían dedicado todo su intelecto, bajo Secreto de Estado, a desarrollar el programa Fiware, un software tipo redes neuronales con decisiones consideradas creativas, destinado a regir el país una vez finiquitado el comandante.

La programación no se basaba en algoritmos racionales. Su principio era pragmático: se habían estudiado exhaustivamente decenas de miles de situaciones y conflictos, con la solución que el comandante le había dado a cada uno de ellos en los casi 60 años de su regencia. Él mismo hizo de coach del proyecto para cambiar o remendar las soluciones que había tomado en momentos anteriores, a fin de purgarlo de cualquier error.

Cuando Fiware estuvo a punto, las situaciones y conflictos introducidos de manera verbal a la computadora eran procesados por la inteligencia artificial hasta producir una solución, que para mayor grandilocuencia era convertida en voz con el timbre y entonación del comandante.

Se había logrado modelar su cerebro.

No hubo cadáver y menos funeral, porque no se daban noticias humillantes. La del viaje a la Luna todavía esperaba titulares. Dentro del partido fluyó por gravedad una revelación secreta de 24 palabras: “El comandante ha pasado a un estado de vigilia virtual perpetua desde donde seguirá rigiendo los destinos de la nación y prodigando enseñanzas universales”. La providencia siguió descendiendo, y quien la oyó callado la susurró una sola vez y nunca más la repitió.

Un uniforme sin lavar, una gorra, un par de insignias, un par de botas, un rifle con mira telescópica, una foto saltando de un tanque tomada un día después, la computadora que atesoraba el programa Fiware y un coco seco, se llevaron a una especie de tumba faraónica sin riquezas, cueva artificial horadada en una loma de la Labana. Todo aquello descansaba sobre un doblemente metafórico trapo colorao. Al lugar se le llamó “el punto infinito”.

Sobre el autor

Kiko Arocha

Kiko Arocha

Modesto Arocha (Kiko). Nació en La Habana en 1937. Ingeniero en Electrónica y doctor en Ciencias Técnicas. Llegó a Estados Unidos en 1995 y decidió reinventarse como traductor y editor de sitios web y de libros, para lo cual fundó la editorial Alexandria Library (www.alexlib.com) en Miami. Es autor del bestseller "Chistes de Cuba", una antología de chistes populares contra el castrismo que recopiló en la Isla.

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2 comentarios

  1. Armando Añel
    Armando Añel Junio 22, 20:36

    ejemplar!

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  2. Manuel
    Manuel Junio 23, 18:33

    Un cuentazo, Grlicidades, Kiko

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