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Homo ludens

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febrero 11
18:27 2015

para Alejandro Fonseca, que súbitamente nos ha dejado para hacer poesía en la eternidad

No se si Armando Añel se lo propone explícitamente, pero a lo largo de todo el libro La conciencia lúdica una pregunta yace agazapada en un tormentoso “silencio”: ¿qué es el hombre? Con un tono imperativo que siempre me recuerda las barbas nazarenas, el espíritu profético de este libro publicado por Neo Club Ediciones no deja títere con cabeza. Todo y todos pasamos por ese examen de conciencia. Desde el torpe y mitómano agitador maquillado con polvos de arroz hasta el engolado aristócrata de traje a rayas.

Con prosapia y afilada guadaña, Añel barre –o al menos intenta hacerlo– con una moral llena de desperdicios. Lleva en su espalda rayada –como quien se consagra en la habilitación de nuevas prendas, de mundificaciones y ofrendas votivas de Palo Mayombe– el cuerpo de nganga. Añel imagina una “purificación” poniendo al borde del abismo el riesgo y la responsabilidad de lo humano. Un humano que –contradictoriamente– ha perdido la conciencia del asombro, la conciencia de lo inconmensurable. Desde estas circunstancias es que el juego adquiere una dimensión precisa en la reconstrucción de eso que el autor llama “el milagro del ser”.

Y no es que una sobreabundancia heideggeriana nuble su horizonte, todo lo contrario. Añel tiene claro que una de las razones de la disfuncionalidad del hombre contemporáneo está precisamente en el enorme aparato de un ego intransigente que genera estructuras tautológicas que fomentan las tipologías de la falacia.

Al mismo tiempo, La conciencia lúdica no debe ser confundida con ese juego torpe que conduce al denso hastío. El sentido lúdico de la conciencia no puede ser estigmatizado con el coro de plañideras que a voces reclaman el carnaval como festividad vitalicia. El juego, y por demás la conciencia, están –mal que nos pese– sujetos a reglas y a metodologías fundantes; de lo contrario, la coherencia operacional que es la vida no tendría un sentido ontogenético. La cuestión está –y Armando Añel lo acota con suficiente claridad– en no ser víctima de un juego retórico cuyo único afán es la trascendencia. La cuestión está en ese sentido de desprendimiento que supone la levedad.

Sin embargo, el afán de trascendencia —tan afianzado en la cultura occidental— entorpece y nubla pero al mismo tiempo se ha constuido en un obstáculo a superar. Si se quiere, este ha sido el drama que ha fundamentado la crítica al racionalismo y la preocupación de Wittgenstein sobre el sentido falso de la existencia humana. Pese al sentido de conflictividad que la instauracion del ego —y sus ya seculares extensiones— supone, la vida cotidiana ha sido trazada desde el imaginario hasta las formaciones discursivas, y de estas a lo que Foucaut llamaba la “heterotopía” desde un profundo sentido trascendental, olvidando, como decía Nietzsche, que “el hombre nunca puede saber qué debe querer, porque vive solo una vida y no tiene modo de compararla con sus vidas precedentes ni enmendarla en sus vidas posteriores”.

La conciencia ludicaSi la inutilidad de una existencia plagada por el deseo de trascendencia encartona una solemnidad y un culto que no siempre están relacionado con la realidad, lo lúdico, establecido como ejercicio desde la conciencia, activa un mecanismo y nos restaura en un pasado que creíamos olvidado.

Armando Añel ha edificado un libro donde la escritura es –entre otras cosas– un “juego” de relaciones, de remembranzas, de estados hipnóticos donde el deseo de lo posible se hace realidad. Poquísimos son los temas que escapan a su interpretación. Con su vocación de intelectual bien-pensante, Añel impone a la fragilidad del bocazas un conteo de protección, estremeciendo la ya de por sí endeble fisonomía pop de un intelectual ganado por la simulación y la performatividad.

La conciencia lúdica es una obra memorialística como pocas saben serlo. Recupera una suerte de búsqueda socarrona sobre el sinsentido de la vida. La conciencia lúdica. Apuntes sobre el arte de vivir aborda escurridizas dimensiones en un intento —dicho solemnemente— de burlar la muerte. Da gusto leer este libro, construido desde los nuevos imaginarios que las redes sociales y la libertad suponen. Y aunque los matemáticos se empeñen en encapsular el juego, lo lúdico, en un área aplicada que pretende estudiar interacciones en estructuras formalizadas, Armando Añel parte de un hedonismo que intenta subvertir los cánones para, con la agudeza e inocencia de un niño, descubrir en una carcajada un mundo que le es negado a quienes desde la compostura se enternecen con un pasado ausente de futuro.

Sobre el autor

Antonio Correa Iglesias

Antonio Correa Iglesias

Antonio Correa Iglesias (La Habana, 1976) es filósofo, escritor y ensayista. Es coordinador del Programa de Filosofía y Ética, Programa de Ética, de la Universidad de Miami. Entre los años 2003 y 2012 fue Profesor Asociado por el Departamento de Filosofía de la Universidad de las Artes de La Habana. Ha sido crítico y curador de arte contemporáneo en varias revistas especializadas y ha trabajado con diversas galerías de arte en Alemania y Holanda (ancoiglesias@gmail.com Celular: 786-239-9642).

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1 comentario

  1. Armando Añel
    Armando Añel febrero 15, 19:21

    Admirable tu generoso resumen de este libro, Gracias mil amigo.

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