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Chávez, el obituario

Chávez, el obituario

marzo 13
16:04 2013

 

chavez microfonoHugo Chávez encarnó como pocos, casi festivamente, la personalidad del militarote golpista. Si alguna innovación puede atribuírsele al chavismo es la de haber fundido delincuencia y diplomacia en un molde común: socialismo, fascismo, peronismo e idiotismo con fondo colorado, en medio del derroche y la francachela. La criminalidad en política puede ser un activo de cara a gobiernos pusilánimes –lo son casi todos los latinoamericanos–, pero también la corrupción ligada a la compra de conciencias, y el folclor antiimperialista. De todo ello sirvió a la mesa Chávez, y en cantidades industriales.

Todo en Chávez –y me disculpan sus seguidores pero el muerto, que se pasaba la vida ofendiendo, merece alguna reciprocidad– era desagradable. La voz de cantante de rancheras. El rostro coagulado en la expresión porcina. La presuntuosa supuración de la gestualidad, rústica, altisonante, como si no fuera Chávez el que hablara sino la caricatura de Chávez interminablemente reproducida por la cansina sobreactuación de Chávez. O la procacidad de la máscara. Uno esperaba que de un momento a otro la cara de Chávez fuera arrancada de cuajo por el propio Chávez y brotara de una vez por todas el rostro real, secuestrado por la oposición venezolana.

Yo, que aprecio a los cerdos –la carne de cerdo, la inteligencia de los cerdos, el fervoroso hedonismo de los cerdos–, no podía menos que detestar a Chávez. Tal vez porque traicionaba un estereotipo cochino injustamente vilipendiado, deshumanizándolo. Y sin embargo ahora, qué cosa más rara, comienzo a extrañarlo. Es que Maduro aburre hasta a su abuela.

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