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¿Es revolucionario un marxista?

¿Es revolucionario un marxista?

abril 28
05:01 2011

 

1-Ex_presidente_GorbachovTodo marxista generalmente se percibe a sí mismo como un revolucionario que sueña o lucha por  alcanzar un modelo de sociedad, si no perfecta, sí muy superior a la capitalista, para que  no haya clases sociales antagónicas, con un alto grado de desarrollo económico y tecnológico asequible a todos, sin la tradicional desigualdad entre ricos y pobres.

En pocas palabras,un comunista –porque eso es– se presenta como un activista progresista que promueve el paraíso en la Tierra que menciona “La Internacional”.  No importa si ya el sistema fue sepultado en Europa por inservible.  Ahí tenemos la insistencia de Hugo Chávez y sus seguidores en estatizar negocios privados para edificar en Venezuela el “socialismo del siglo XXI”, cuando en Cuba ese experimento social agoniza y el mismísimo Fidel Castro confiesa que no funciona.

Pero no voy a analizar aquí el desfase histórico de chavistas y castristas, sino a echar un vistazo a la concepción que tradicionalmente se tiene de un marxista –tenga o no tenga el apellido de leninista–, de un comunista, pues así se llamaban a sí mismos sin tapujos Marx y Lenin, creadores del “socialismo científico”. Porque en nuestros días muchos comunistas se rebautizan como “socialistas” por dos motivos:

1) porque la palabra comunista está muy devaluada, asusta, y es históricamente obsoleta,

2)  porque se meten así en el mismo saco que los socialdemócratas y pasan de contrabando como lo que no son: socialdemocracia y “socialismo real” son cosas diferentes.

De entrada, ningún  proyecto social que conduzca a la sociedad al pasado y no al futuro puede ser progresista. Resulta asombroso cómo mucha gente en el mundo no se percata de que el socialismo, sea el del siglo XIX, el XX o el del XXI,  no es un avance en materia social, económica, política y humanística, que es el canto de sirenas que atrae a millones, sino todo lo contrario: una regresión a las monarquías absolutas europeas.

Desde el siglo XVI al XVIII, el Estado omnipresente lo controlaba todo, lo poseía todo, asfixiaba la libertad de los individuos. Era casi imposible hacer negocios, comerciar  y crear riquezas de manera independiente, y nadie podía expresarse políticamente.  Nada se sabía de derechos humanos  ni de propiedad privada, y sólo un puñado muy reducido de privilegiados conocía que los antiguos griegos habían inventado la palabra democracia (demos, pueblo y cracia, poder). Era, en fin, la época en la que el Rey Sol,  Luis XIV de Francia, decía con razón: “L’etat c’est  moi” (el Estado soy yo).

No  había derechos  civiles, económicos, sociales, ni de ningún tipo. Era rampante el parasitismo de la nobleza y la aristocracia vinculada a la corona –que conformaban  el Estado–, que  no producían nada y chupaban la sangre a la gente con astronómicos impuestos –rezago de las gabelas medievales–,  sin darle nada a cambio. Aquel modelo social,  abusivo e inhumano, era  una camisa de fuerza que constreñía a las fuerzas productivas.  Por algo en 1789 estalló la revolución burguesa en Francia.

Pues bien, el  socialismo  marxista-leninista convierte nuevamente en estatal a la propiedad privada y anula de un plumazo las libertades que fueron conquistadas durante más de 300 años, las que hicieron realidad en el Viejo Continente y en Norteamérica la consigna liberal de “laissez faire” (dejar hacer) que los fisiócratas franceses ya habían lanzado al éter antes de la toma de la Bastilla, y que los ingleses –con Adam Smith de abanderado— y un poco antes en los Países Bajos, empezaron a aplicar primero que los franceses.

Paralelamente se suprimen  todos los partidos políticos excepto el comunista,  partido único poseedor de la verdad absoluta, que según el propio Marx no existe y evoca el poder omnímodo de los otrora monarcas absolutos.  Son cerrados y confiscados todos los  medios de comunicación no estatales.

Es decir, por su vocación estatista, controladora y centralizadora, el  marxismo es la negación  del impresionante movimiento liberal que sepultó al absolutismo  y la aristocracia europeos y  dio paso a burgueses, agricultores, artesanos, comerciantes, inversionistas, es decir, al  “sector privado”  que  erigió el mundo moderno que hoy conocemos y la democracia  plural en la que se afinca.

Aquel avance hacia el libre mercado, la competencia, las libertades individuales y los preceptos democráticos que enterraron al “Ancien Regime”, como dicen los franceses, fue un proceso largo y difícil, de intensas luchas políticas, religiosas y sociales, algunas de las cuales fueron revoluciones, todas muy sangrientas excepto la Revolución Gloriosa en Inglaterra (muy pocos muertos) que restringió fuertemente los poderes del rey en favor del Parlamento e instauró la actual monarquía constitucional británica en 1688. Una de las más sangrientas fue la revolución independentista de las 13 colonias inglesas en Norteamérica, por cierto, antes que la Revolución Francesa.

El socialismo hace trizas  esa lucha secular por las libertades del hombre. Es  la combinación actualizada del absolutismo monárquico con el despotismo ilustrado y su paternalismo, que se resumía en la consigna hipócrita de “todo para el pueblo, pero sin el pueblo”, que tanto gustaba a la fogosa zarina Catalina la Grande de Rusia.

Pero el comunismo va más allá que los Luises del “Viejo Régimen”. En medio de la revolución de la Internet y las telecomunicaciones satelitales, prohíbe el libre acceso a la información,  succiona la capacidad de la gente para razonar o disentir del gobierno  y las transforma en animalitos obedientes como los de la “Animal Farm” de George Orwell.

Como “papá  Estado” es el dueño de todo, la corrupción deviene cultura nacional y quien no roba, engaña o evade el trabajo duro, no es decente, sino un morón. Quien lo dude que vaya a La Habana y hable con el cubano de a pie.

Al  no hacer nada por sí mismo y depender del  Estado para todo, desde que nace hasta que  muere, al individuo  se le atrofian  las neuronas, pierde la conciencia de sí mismo y se convierte en zombi propiedad del Estado.

Como dijo Mijail Gorbachov en un arranque de honestidad soviética inédita hasta entonces, la propiedad social –léase estatal— “es la propiedad de nadie”.  Aunque si hubiese sido más audaz el líder ruso debió haber dicho que la propiedad social pertenece a la “Nueva Clase” de que habla el libro del yugoslavo  Milovan Djilas, el que me regaló mi padre poco antes de venir para Estados Unidos en 1962 y que, con mi romanticismo utópico de entonces, no quise leer (mi viejo querido murió sin que pudiera decirle que el que estaba equivocado era yo).

En fin, repito la pregunta: ¿es revolucionario  alguien que promueve o defiende un régimen socioeconómico  que remonta la sociedad a los tiempos de las monarquías absolutas y  suprime las libertades  que hicieron posible la modernidad?

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