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Imitación de Séneca

Imitación de Séneca

Imitación de Séneca
julio 18
02:59 2014

a mi madre

La distancia  entre el reino de lo divino
y lo humano es en todas partes la misma
Séneca

 

 

 

 

 

 

 

El mar que nos separa. Los días que se suceden. Lo inesperado al fin de una vida en otras tierras, me obligaron a esperar que tu dolor por mi ausencia se calmara con la costumbre de no tener noticias para escribirte ahora desde Córcega.

He aprendido a cerrar con mis manos ciertas heridas que al conocerlas me han hecho más fuerte que quienes trataron de atormentarme con ellas. De lejos pienso que he vencido con mi huída, aunque la victoria sea dibujar con mis dedos en la nieve la silueta de nuestra casa ausente.

He vencido al dormir sobre la arena y entre los abedules de aquellos mapas que antes, ¿recuerdas?, marcaba con flechas coloridas sobre la pared de mi cuarto.

Este verano estoy en otra isla que se llama Córcega y me rodea otro mar. Un mar calmado y de otro azul, casi sin olas, y más frío que el de aquella playa de Marianao adonde fuimos
juntos todas las mañanas de mi infancia.

(Recuerdo que mientras cocinabas entre hornos de leños encendidos yo recogía caracoles por la orilla, abría a pedradas almendras caídas de los árboles de un parque, y aprendía a nadar con ancianos jugadores de tenis del Yatch Club).

Sé que me echas de menos porque ahora, que soy padre, veo en los ojos de Ariane el mismo
resplandor con el que te escuchaba pedirme que me fuera para estar a salvo. Al verla dormir hay instantes que coinciden con los rezos en los que pides a tus dioses que nunca le falte a tu hijo un lecho del otro lado del mundo donde envejeces.

Sabes que soy un desterrado: el que no puede volver. Pero quiero que te resignes a la alegría de que tu hijo sólo ha cambiado de sitio. A veces cuando abro los ojos después de haber dormido, o al esperar a alguien sentado a la mesa de un café, me pregunto cuánto tiempo va a durar nuestra despedida.

Aquí en Córcega he leído la carta a su madre de un señor llamado Séneca que vivió hace mucho tiempo y al cual encerraron en una torre para que no pudiera volver a Roma.

De eso hace siglos, pero como el tiempo se desdibuja entre nuestra ausencia y la fecha desconocida de mi retorno, todo pasado por lejano es igual de borroso y comparable: tu mirada que el fulgor del sol de Cuba obliga por las tardes a adivinar en tus ojos entrecerrados, es la misma de una señora corsa que hoy veía pacer sus cabras en lo alto de una montaña donde no llegan las ramas de ningún olivo.

(He visto todos estos días al mar mojado por la luz de un peñasco encendido al atardecer y he aprendido que hay bellezas aguardándote en cualquier sitio aunque quien las admire sea como yo un fugitivo).

Pero toda la belleza del mundo no puede provocar que ahora me calle.

Que olvide, madre, el veredicto de mirar a los ojos del verdugo y preguntar por qué, antes de dar la vuelta y volver a la playa con una almendra en los bolsillos y tus manos diciéndome adiós desde el portal de una casa que ellos han destruido.

Yo no puedo volver y tú me enseñaste que tiene que existir el cielo.

Hay un destino entre tú y yo que no puede ser otro que vernos de nuevo antes de convertirnos en una de esas estrellas que, cuando estamos solos, nos miran para recordarnos que la misma distancia nos separa a ambos de sus esplendores en el firmamento.

Sobre el autor

Armando Valdés-Zamora

Armando Valdés-Zamora

Armando Valdés-Zamora (La Habana 1964). Doctor por la Universidad de la Sorbona y Profesor Titular de la Universidad Paris Este, donde es Director de un Master sobre América Latina. Ha publicado la novela “Las vacaciones de Hegel” (2000) y los poemarios “Libertad del silencio” (1996) e “Imaginarias de un velero sugerido” (2010). Es autor de numerosos artículos y ensayos sobre la literatura cubana publicados principalmente en Francia.

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1 comentario

  1. Mariela
    Mariela julio 21, 05:34

    Muy conmovedor y muy bien escrito. Felicidades al autor.

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