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Inglaterra en llamas: ¿se incendiará Europa?

Inglaterra en llamas: ¿se incendiará Europa?

agosto 10
18:15 2011

1-asalto_y_caidaUna cámara lo captó: saqueadores se acercan a un joven herido presuntamente para ayudarlo, pero le roban el contenido de su mochila. Como en una canción de los Sex Pistols, la anarquía se impuso en varios puntos de la capital del Reino Unido, y en otras ciudades, y las escenas de turbas sin control que el mundo vio esta vez no procedían de Mogadiscio.

Gillian es una viuda jubilada que lo perdió todo cuando una multitud incendió el pequeño comercio sobre el cual se ubicaba su apartamento. A diferencia de los grandes almacenes, su propiedad no estaba asegurada.

T. es un joven encapuchado que accedió a hablarle a un canal de televisión bajo la condición de anonimato: “Décadas de injusticia han llevado a esto. Cuando la presión estalla se lleva por delante lo que sea”, fueron más o menos sus palabras.

Este miércoles, por cuarta jornada consecutiva, millones de británicos, especialmente en Londres, una ciudad considerada segura, experimentan una sensación desconocida: cierto grado de temor a salir a la calle, y se acostumbran a una presencia inusual: la de policías patrullando las áreas comerciales.

Como siempre, hay opiniones extremas. “Revolución de los desposeídos” han llegado algunos a comentar en las redes sociales. “Actos aislados de pillaje”, ha sostenido otros. Theresa May, la ministra del Interior, aseguró que “es pura delincuencia. No tengamos la menor duda”.

Casi siempre, la verdad es mucha más compleja que las que simplificaciones apuradas y más si están teñidas por agendas ideológicas personales o los rejuegos de la política.

Pese a que el diario de izquierda The Guardian equiparó el mapa de los saqueos con el mapa de la pobreza y la exclusión social urbana, es un hecho que los “desposeídos” se comunicaban mediante el messenger de Blackberry ,que no puede ser decodificado por la policía, y que no saqueaban panaderías sino tiendas de aparatos electrónicos y ropa de marca, incluso en zonas prósperas de Londres.

Pero si no se trata de protestas ni de disturbios o levantamientos (el nombre del joven fallecido por intervención policial y cuya muerte fue el detonante indirecto de los saqueos está escasamente en los labios de los saqueadores) tampoco puede decirse que se trata de actos de delincuencia común desconectados de realidades más profundas.

Lo que subyace es un grave problema de descomposición social en algunas franjas de la tradicionalmente cívica sociedad británica. Analistas apuntan a lo que llaman el desmantelamiento del principio de la autoridad y a la ausencia de un código de valores que prevenga a muchos jóvenes de la actuación antisocial.

Esto se debe, dicen, a factores tan concretos como la incapacidad de aplicar disciplina en las escuelas y a la poca severidad de las leyes punitivas. A una justicia demasiada blanda para lidiar con la delincuencia común.

Uno de los resultados, sostienen, es la pérdida de respeto a una policía tradicionalmente dialogante, desarmada y muy poco represiva (al menos, desde luego, en lo que no se refiere a Irlanda del Norte).

Otros apuntan el dedo índice a una sociedad “a la deriva”, en la que el único norte parece ser la cultura de la codicia, lo cual se traduce en desmesuradas bonificaciones a los banqueros y en escándalos recientes, como el del abuso de la dietas parlamentarias.

Lo lamentable para el conjunto de los londinenses es que llegue a cambiar esa imagen del bobbie (policía) amable, siempre presto a señalar la dirección correcta en el laberinto de las calles de la ciudad, y que la “ballena” y las balas de goma pasen a ser parte del arsenal de un cuerpo que hasta ahora no ha tenido necesidad de usarlo (fuera, desde luego, de Irlanda del Norte).

Lo preocupante es que esos signos de descomposición social no son privativos del Reino Unido, y que esa tendencia al contagio de las turbulencias sociales de los últimos meses (de la que parece no poder escapar ningún país a menos que se trate de Cuba, a la que todas las tendencias le pasan de largo) se traslade a otras ciudades del occidente de Europa.

Desde París, desde Berlín, desde Atenas, llegan señales de alarma, y hay temores de que lo que hoy se vive en las calles británicas pueda tener consecuencias de más largo alcance del que por ahora se puede prever. Las llamas, ya se saben, son rápidas y voraces.

Lo esperanzador es que en Londres, pese a ser una metrópolis grande y anónima, surge siempre un espíritu de colectividad. Peter, un amigo del norte de Inglaterra, salió esta mañana escoba en mano junto a sus vecinos que pueden proceder de Australia, Oceanía, Asia, África o del continente americano, a recoger escombros, a formar comunidad, y a ayudar y reclamar ayuda para los damnificados de la zona de Clapham.

“Las calles son de los vecinos. No dejaremos que nos las arrebaten”. Eso parece un eco en Londres. Esa es hoy la esperanza de nosotros, los londinenses.

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