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Invención poética de la nación cubana

Invención poética de la nación cubana

Invención poética de la nación cubana
septiembre 25
19:21 2014

Desde que los conquistadores se aproximaron a estas remotas tierras y vieron caer sobre las aguas extrañas “bolas de fuego”, lo fabuloso, lo legendario, lo ignoto y hasta lo extravagante, adornaron todo lo relacionado con el Descubrimiento. Aunque la magia y la fábula las rondaban quizás desde mucho antes, porque los rumores sobre las maravillas de sus antiguos pobladores, sobre sus míticas riquezas, adobadas con mucha imaginación y demasiados sueños y ambiciones, es muy probable que llegaran hasta los oídos del gran Almirante. Incluso hoy, la discusión no se da por terminada, y surgen ingeniosas teorías, nuevas hipótesis avaladas por las más peregrinas, y no tanto, especulaciones. Unos orígenes que se arraigan en la fantasía de todos los pueblos.

Pero lo que nos ocupa ahora, aunque es válido para las otras islas de la zona y para el continente entero, se ciñe sólo a una. Una isla que hace poco más de cinco siglos estaba habitada por hombres y mujeres desnudos que vivían en armonía con la naturaleza y que vieron llegar por el mar hombres vestidos que barrerían con sus costumbres, con sus dioses y hasta con ellos mismos. Pero no del todo. En los tupidos bosques, en sus ríos, en sus lomeríos, en sus asentamientos, quedaron los sonidos, la forma de sus habitantes de nombrar, que los conquistadores repitieron con mayor o menor acierto, desfigurándola no pocas veces y en otras esculpiéndola miméticamente. Por lo que podría derivarse, sin mucho esfuerzo, que en la musicalidad de la palabra que nombra está el caldo de cultivo, la base, sobre la cual se erige la nación. Es decir, la poesía como ente aglutinador y fundacional. Los poetas como creadores, como inventores, sin desdeñar otros factores y circunstancias, de la nación cubana.

Y de eso precisamente se ocupa Invención poética de la nación cubana, de Jorge Castellanos (Guantánamo, 1915), dos ensayos que se entrelazan y se complementan hasta fundirse en un todo doctoral y maestro. Un texto riguroso y erudito que cualquier lector devora con sumo placer, porque el autor rehúye la aburrida retórica acadé­mica (que en muchos casos escriben los académicos para exclusivo consumo de los académicos), y se convierte en una figura que a la sombra sólo se ocupa de ordenar, de puntualizar, de dirigir la mirada hacia un punto, mientras la voz cantante la llevan los poetas. Desde El espejo de paciencia (1608) del canario Silvestre de Balboa y el soneto incluido por Arrate en ese texto único, imprescindible, para adentrarse en lo cubano que es su Llave del Nuevo Mundo, hasta Nicolás Guillén y Emilio Ballagas, pasando a lo largo de los siglos por figuras emblemáticas de la poesía cubana como son Heredia, el poeta del destierro y la nostalgia por las palmas que le recuerdan su patria herida, Plácido, Poveda, Del Monte, Milanés, la Avellaneda, Fornaris y el Cucalambé –quizás el primer gran best­seller cubano–, Luaces, Zenea, Casal y el más completo y querido de todos ellos, José Martí; para continuar en la segunda parte con Agustín Acosta y Eugenio Florit, entre muchos otros. Sería imposible nombrarlos a todos.

Texto originalmente publicado en 2002 en El Nuevo Herald y que pertenece al libro de reseñas “121 lecturas”, de José Abreu Felippe, que Neo Club Ediciones tiene en proceso de publicación.

“Las naciones se inventan a sí mismas. Descubren un buen día que no quieren ser ya más un mero grupo de personas que viven juntas sobre un trozo de tierra. Se percatan de que han adquirido cierta tradición, cierta habitud propia, que les ata a su pasado, y una esperanza, un propósito de pervivencia colectiva, que les dirige su futuro”. Un espacio simiente que brotó cerca de la bahía de Carenas, a unos pasos de lo que sería el Barrio de Campeche, en las márgenes de la Zanja Real, donde varias culturas (la hispana, las traídas de África y las aborígenes) se mezclaron, se amalgamaron, nombrando, como los antiguos dioses, todas las cosas para fundar la nación cubana. Y en el tiempo, a pesar de los ataques piratas, de los abusos y el exterminio, de las enfermedades importadas, del destierro de sus mejores hijos, de los asesinatos, los fusilamientos y la cárcel, los poetas cantaron a sus árboles y a sus frutas, a sus “indios” que sobrevivían en sus leyendas y en las cosas que nombraron; levantaron sus versos contra la opresión, contra el colonialismo y las intervenciones foráneas, a veces pagando con la vida, para construir eso que llamamos patria. Con todos y para el bien de todos. Así fue y así sigue siendo, y pienso que así será hasta que Cuba, ahora reconvertida en el Barrio de Campeche por Fidel Castro, pueda ser libre.

Jorge Castellanos, académico, investigador y escritor, es autor entre otras obras de Tierra y Nación (1955), Plácido, poeta social y político (1984), Bitácora del exilio (1999) y coautor con su hija Isabel de los cuatro tomos (1988–1994) de Cultura afrocubana, un texto de obligatoria lectura.

Sobre el autor

José Abreu Felippe

José Abreu Felippe

José Abreu Felippe (La Habana, 1947), poeta, narrador y dramaturgo cubano, se exilió en 1983 y reside actualmente en Miami. Ha publicado, entre otros libros, los poemarios “Orestes de noche”, “Cantos y elegías” y “El tiempo afuera” (Premio Internacional de Poesía Gastón Baquero, 2000), así como las novelas “Barrio Azul”, “Siempre la lluvia” (finalista en el concurso Letras de Oro, 1993) y “Dile adiós a la Virgen”. En 2012 recibió el Premio Baco de Teatro otorgado por TEMFest (Teatro Miami Festival).

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