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Ionesco y el teatro de la realidad

Ionesco y el teatro de la realidad

Ionesco y el teatro de la realidad
marzo 02
18:17 2014

Con la partida de Eugène Ionesco, solo quedó uno de los cuatro genios rumanos que deslumbraron  al unísono a París, y con París al mundo: Emil Cioran.

De esos cuatro dacios se podía decir que muertos Heidegger y Weigesttein eran las personas más inteligentes y más tristes de Europa. Ionesco sabía presentar su desconcierto y su estupefacción ante  los horrores del mundo en forma que hacía reír, con la risa metafísica del payaso y del bufón. Apelando a subrayar el absurdo que nos rodea y no queremos ver, Ionesco ponía ante los ojos de  todo el mundo la desolación, la desesperanza, la angustiosa  sensación de la vanidad y absurdo de todo lo que los grandes pensadores europeos descubrieron como testamento y finiquito de esa porción de Occidente (la porción europea) que comenzó  a suicidarse a partir de 1914.

Las reflexiones filosóficas vertidas por Ionesco en sus ensayos y en su teatro eran tan terribles como las de Samuel Beckett (mi  autor predilecto), pero en él aparecía siempre algo como una forma de piedad. Ionesco nunca es cruel.  Y no ser cruel, teniendo tantos motivos como tiene el europeo para llegar hasta el sadismo, dice mucho en favor de la grandeza de alma que había en él. Como la hubo en Panait Istrati, aquel otro rumano que no vertió en amargura su desilusión y su pérdida de esperanza. Que un hombre  tan lúcido como Ionesco no haya querido herir ni torturar con su prodigiosa inteligencia a los humanos, es cosa de agradecer infinitamente. No era un sádico. Era un moralista, un Catón sonriente, un Séneca bienhumorado.

Pero lo que me interesa por el momento subrayar al pasar balance a la obra de Ionesco es el  valor, la entereza con que supo enfrentarse a la gran comedia pseudo intelectual de esta época, que consistió –o consiste– en presentarse como “hombre de izquierda”, y  defender y  justificar los más terribles crímenes contra la humanidad y contra la inteligencia, fingiendo que no se conoce la verdad.  No querían ni quieren exponerse  esos débiles mentales, esos mercenarios que cobran en popularidad, a recibir los ataques y las descalificaciones de la bien manejada  “máquina de prestigiar o desprestigiar” que funcionó por tantos años en los medios leninistas y stalinistas. Esa astucia, echada a andar por el propio Lenin, obedecía al sabio consejo que incluyó en su testamento Pedro el Grande: tenemos, decía, que ganarnos la amistad de los intelectuales de Europa.

¡La de escritores y artistas valiosos que hemos visto pulverizar, machacar, borrar del mapa por no tener o haber perdido el visto bueno de Moscú!  Alejo Carpentier daba siempre el mismo consejo a los jóvenes: “¡Nunca te pelees con la izquierda, porque te parte un rayo!”.

Ionesco es uno de los grandes ejemplos de esta época en materia de poseer y defender un credo  de amor a la libertad que nunca aceptó apartar su mirada del horror a cambio de un Premio Nobel o de un contrato en una rica universidad  norteamericana. Ionesco y Jorge Luis Borges se enfrentaron al monstruo y desafiaron todos los peligros. La grandeza de la obra de estos dos hombres  venció  las  conspiraciones y las consignas de ignorarlos luego de desacreditarlos. Cuando un hombre como Cortázar se arrugaba ante Castro, se arrepentía de condenar la ignominia hecha a Heberto Padilla, y le decía puesto de rodillas al tirano “¡Comandante, no me quite  mi caimancito verde!”, Borges  e Ionesco se mantenían en sus trece y no les importaba el perjuicio que su actitud pudiera irrogarles. Eso es valor, eso es dignidad, eso es respeto a la inteligencia y a la libertad.

Escritores y críticos de toda la tierra se descubrieron ante el cadáver de Ionesco, como se inclinaron  ante la tumba de Borges. La actitud de estos hombres geniales y corajudos tuvo mucho que ver con la derrota del sistema político y de la ideología marxista en Europa. En Europa, es decir, en el mundo. En el mundo, Cuba incluida.

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Una primera versión de este artículo apareció en 1994. Cortesía El Blog de Montaner

Sobre el autor

Gastón Baquero

Gastón Baquero

Gastón Baquero (Banes 1914 – Madrid 1997). Poeta y periodista, considerado un clásico de la literatura cubana con poemarios como "Memorial de un testigo" y "Saúl sobre su espada", autor de las revistas Orígenes y Espuela de Plata, se exilió en España en la primavera de 1959, tras el ascenso al poder del castrismo.

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