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Ira negra en tres tiempos

Turistas del crucero Adonia posan junto a bailarinas en La Habana (AP)

Ira negra en tres tiempos
junio 04
09:57 2016

 

“Mulata”

Hace unos 15 años una protesta venida, según el vulgo patrio, de la Federación de Mujeres Cubanas, aludía a una foto del rostro de una hermosa mulata que aparecía en el envase del ron del mismo nombre.

Bonita era la cara de la mulata en el envase. De cabellos anillados, los ojos grandes, la mirada fija.

Era más bien una foto decente. Sin embargo, a las jefas feministas de izquierda de la patria les pareció que de ese modo se “utilizaba” a la mujer isleña —revolucionarias todas, se supone— para propaganda y esas cosas. Se desacreditaba a la mujer —la mujer nueva, pues conforme se luchaba por la “construcción” del Hombre Nuevo, pues claro, debemos entender que de igual manera por la de la Mujer Nueva— con eso de etiquetarla, y nada más y nada menos que para promover una marca de algo tan vulgar como el ron. Sí, porque aquel enunciado no quedaba muy claro, y quizás tengan razón quienes afirman que al común de los cubanos hay que decirles lo que se les dice masticadito: a saber: el Hombre Nuevo debía incluir a la Mujer Nueva, la Mulata Nueva, la Negra Nueva, El Negro Nuevo, la Jabá Nueva, el Chino Nuevo y así hasta el infinito… para no discriminar.

María Victoria

Hace ya más o menos 30 años tuve una amiga negra, María Victoria. Hermosa mujer. Negra tinta. Azul casi. Pero —¿valdrá el pero?— bella.

Ella vivía en La Habana. Una noche ella fue a verme al hotel Vedado, donde yo estaba hospedado, y allí en el vestíbulo resultó, digamos, retenida. ¿Adónde iba?, oí que le preguntaba un empleado cancerbero. A ver a ese, respondió María Victoria señalándome. El cancerbero se volvió hacia mí y me preguntó si yo era cubano. “Nací en El Condado”, le respondí. Pero el hombre se mostró confundido. Y entonces lo ilustré: ese barrio allá en Santa Clara viene siendo lo que Pogolotti o Jesús María aquí en La Habana, más o menos.

No mucho después de la noche que cuento, mi gran negra María Victoria me contó por teléfono (larga distancia) que se hallaba en un problema serio: Una canalla, un chivata, un envidiosa —que todo esto viene siendo lo mismo— había hecho circular por el instituto donde ella estudiaba una foto donde María Victoria posaba con un turista italiano.

Doy fe de que mi amiga ni siquiera era aprendiz de jinetera. Era una muchacha honesta, que se tomó la foto con ese tipo porque este, durante una multiconversación cuando ellas y sus compañeras y compañeros habían salido del instituto, se lo pidió.

La foto había ido a dar a la vil que la circuló justamente porque, ella sí —quien no era alumna del instituto—, había viajado con el italiano más allá de una candorosa foto.

A María Victoria aquello le costó caro. Reprimendas, “manchas” en el expediente y otras derivaciones.

En fin, que no pudo librar las consecuencias de aquel percance.

Los tiempos cambian

Ahora nos llega mediante la agencia AP una foto donde aparecen dos hermosas negras de la patria —mi amigo Lorenzo el “Perro”, buena gente, negro por más señas y siempre comedido en estos lances, diría: “dos compañeras de color”—; dos hermosas bailarinas ataviadas con la bandera cubana cubriéndoles lo que cubre una trusa (un traje de baño, como dicen en otros sitios).

En el comentario de la foto se dice que estas dos bailarinas negras participaron en el recibimiento del crucero Adonia.

Uno de los turistas tiene tomada a las dos bailarinas negras por los hombros. El otro se mantiene encimado a una de ellas (este es medio gordito y enseña una expresión de bitongón).

Ustedes no duden que este par de tipos limpien el césped de los jardines ajenos o sean mecánicos automotor. O quién sabe si oficinistas e ingenieros que pueden tomar un crucero para visitar una tierra donde los oficinistas e ingenieros no pueden tomar ni una guagua, donde estos ni siquiera pueden soñar con una de las comidas que en la travesía degustan sus homólogos llegados de allende los mares.

Bueno… pero mi asunto es con las negras. ¿Por qué son negras y no blancas o rubias las que aparecen en la foto? ¿Por qué —debemos suponer— escogieron al par de negras para que aparezcan en la foto? ¿Folclor acaso?

¿Será que, quienes escogen, suponen que estos blanquitos —“blanquitos sucios”, sin ofensa previa solían llamar los negritos de mi barrio a los blancos que de entrada les caían mal (me sumo a ellos en el caso que nos ocupa)— son o deben ser per se adoradores de la negrada femenina patria.

Bueno, ya termino. No soy lo más canónico que pueda existir, pero ver a estas bailarinas con la bandera cubana quemándoles el cuerpo —aun las entrepiernas— bajo el sol caribeño, acompañadas por este par de blancos anodinos, me enrabia, me duele en los mismos huevos.

Eso es todo.

Sobre el autor

Félix Luis Viera

Félix Luis Viera

Félix Luis Viera nació en Santa Clara en 1945. Ha publicado seis poemarios, tres libros de cuentos y cuatro novelas, más la noveleta “Inglaterra Hernández”. Su libro de cuentos “Las llamas en el cielo” es considerado por muchos un clásico del género en su país. En Cuba, recibió en dos ocasiones el Premio de la Crítica. Su novela “Un ciervo herido” —traducida al italiano en 2005— ha recibido una notable acogida de público y crítica. Su más reciente novela, “El corazón del rey”, incursiona en la década de 1960, cuando en Cuba se establecía la llamada revolución socialista. Su poemario “La patria es una naranja” fue merecedor en 2013, en Italia, de uno de los premios “Latina en Versos”. Comenzó su carrera literaria con el poemario “Una melodía sin ton ni son bajo la lluvia”, Premio David de Poesía en 1976. Desde 1995 reside en la ciudad de México.

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