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Islam y crisis de identidad

Islam y crisis de identidad

marzo 16
19:06 2011

 
¿Es el Islam un credo religioso más “primitivo” que el cristianismo y el judaísmo? ¿Cómo es posible que la otrora esplendorosa civilización islámica fuese más tolerante con otras devociones que el mismo cristianismo, y que hoy se presente con el Talibán afgano o el Imanato yemenita como la más intransigente?

¿Es el mundo árabe-islámico un bloque político y social monolítico donde están fundidos un Estado de corte “moderno” como el tunecino, y otro medieval a lo Qatar?

¿Qué permite en ese universo la persistencia de individuos iluminados, que arrastran multitudes, ya sean políticos de renombre como Nasser, Gadafi; grupos clánicos como en la Península Árabe; o simplones transfigurados en profetas por elección propia, como el Mullah Omar y Ben Laden, con el derecho a excomulgar mediante una fatwa?

Las tres religiones universales de Occidente (judaísmo, cristianismo, islamismo) son de origen judaico y las tres tienen su lengua vernácula (latín, hebreo y árabe) y sus libros sagrados (Biblia, Talmud y Corán). Las tres adoran al mismo Dios con diferentes nombres (Yahvé, Alá) y son mesiánicas; el Mesías del cristianismo es Jesús, el del Islam es Mahoma, el del judaísmo todavía se espera. Hay más similitudes que diferencias, al punto que, por siglos, se miró al Islam como una herejía cristiana que consideraba a Jesús como uno de sus tantos profetas.

Entonces, ¿qué ha pasado?

El Islam no dispone de un Vaticano o de autoridades centrales cuyo verbo sea la sanción en materia teológica. De ahí que la “voluntad de Alá” sea definida por cualquiera de sus fieles; por eso, pulula un semillero de “intérpretes” de la fe que embrollan el horizonte del creyente. Ello podría considerarse una ventaja, salvo que la ecuación no funciona, por que el Estado y la religión no están separados (Califa: dogma y espada). De ahí se surte la “voluntad de la nación” como en el Irán de los Ayatolá, que es la de una capilla de “auto-elegidos” con las riendas del poder en sus manos. La discrepancia con Occidente reside en ese anodino asunto; ¡la suerte! en Europa es que en hombros de Bacon, Newton y Cromwell, el Estado se sacudió de los pliegues sacerdotales.

Otra de las falacias es identificar la etnia árabe con la civilización islámica. La horda maraudina que acompañó a Mahoma quedó en el camino, disolviéndose en las urbes que brotaban de Córdoba a Samarcanda. La unidad “árabe” es una retórica; las diferencias entre un marroquí y un egipcio, o entre un yemenita y un tunecino, o un persa y un sudanés son tan grandes como entre los portugueses y los rusos.

El problema de las fronteras es otro tema de incomprensión. Para un occidental, el Estado coincide con la nación, no así para un islámico, donde los estados son creaciones artificiales. En los años 1920, las fronteras del Medio Oriente fueron trazadas por un Sir Percy Cox totalmente ebrio, una noche en el desierto, tras meses de negociaciones infructuosas. Así se desgarraría el área en contiendas tribales como en Yemen o Afganistán, o la de los kurdos con Turquía, Irán e Irak; se precipitarían golpes militares a lo Nasser y Saddam; se daría pie a guerras fronterizas, como los de Marruecos-Argelia, Turquía-Irán, Irak-Kuwait y con Arabia Saudita. Así, lo que mueve a Siria en el valle del Bekaá no es solidaridad con los palestinos, sino el control de los puertos libanese¬s, y la vieja aspiración de reconstruir la Gran Siria, con el Líbano e Israel. La teocracia iraní abriga también los designios de tragarse a los emiratos petroleros del Golfo.

No puede entenderse el quehacer político del área, y el terrorismo, sus filosofías sin ubicar la dinámica de los clanes familiares, las vinculaciones de sangre. La brutal dictadura militar de Siria está legitimada por el clán Alawita. Los clanes talibanes están relacionados entre sí. Laden es un clan prominente del Yemen, que dice trazar su genealogía hasta el Profeta, ingrediente explotado por Ben Laden, quien prescinde de su nombre y asume el de su clan. Egipto ha sido el  rival tradicional de Irak por la dirección del mundo islámico. Pero, a partir del Ayatolá Jomeini, el cetro fue retado por tendencias fundamentalistas. Ben Laden es el último de los que, como Hussein, Gadafi, Mubarak y Assad, han reclamado el manto de Nasser, de arrojar al mar a Israel y “defender” a los árabes pobres de los “pozos petroleros con banderas” del Golfo.

El llamado panarabismo sólo ha traído a los países islámicos violentos resentimientos, el más candente de ellos el duelo con Israel. Con la actual campaña contra el terrorismo, esta porción del planeta afronta una transición capital, donde un grupo de países se ven obligado a la búsqueda de nuevas ideas y estructuras políticas, a la vez que coquetean con ciertas modalidades del fundamentalismo islámico.

Proyectar cualquier conflicto intra-islámicocomo un diferendo entre malos y buenos es demasiado simplista. Los “árabes” se enfrentan a ellos mismos, en una violenta crisis de  identidad, donde varios mitos se evaporan y se pone fin a la idea ilusoria de que las crisis del área pueden solucionarse dentro del mundo islámico. Es el resquebrajamiento de la primitiva práctica de presentar una sola cara al mundo no islamizado.

 

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Sobre el autor

Juan F. Benemelis

Juan F. Benemelis

Juan Benemelis (Manzanillo, 1942). Diplomático, historiador y ensayista. Ha publicado más de una veintena de libros centrados en diversas temáticas, que van de lo científico a lo histórico. Entre ellos, "Las guerras secretas de Fidel Castro", "Castro: subversión y terrorismo en África", "Paradigmas y fronteras. Al caos con la lógica", "De lo finito a lo infinito", "El Corán y el Profeta", "Islam y terrorismo" y "La memoria y el olvido". Reside en las afueras de Miami.

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