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Israel vs Palestina: La Tierra Prometida

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Israel vs Palestina: La Tierra Prometida

junio 04
20:10 2011

1-El_MuroDos obsesiones, el antisemitismo islámico y la islamofobia de Occidente, tornaron la geopolítica del Oriente Medio y el dilema árabe-israelí en una sanguinaria contienda que ha secuestrado todo el acontecer internacional. Pero estamos de lleno en uno de esos casos de historia plausible que no debió transcurrir como tuvo lugar.

De haber ido a parar el Estado de Israel a las pampas argentinas, o incluso a Uganda –algo que los sionistas estaban negociando-, entonces la mítica de que la Tierra Prometida era Palestina sería una mera referencia bíblica.  De asimilar los regímenes árabes a los refugiados palestinos en 1948, o concretarse la partición propuesta por la ONU de un Estado judío y otro palestino, en la actualidad ambos no figurarían en la galería de los problemas insolubles del planeta. Por eso aquí la paz entraña una simultánea y profunda concesión de soberanía y de terruño, algo para lo que ninguna de las dos partes está preparada.

El dogma no es el único elemento en el desacuerdo palestino, que no sólo envuelve a dos bandos religiosos irreconciliables con una interminable reseña de antagonismo teológico. No estamos, por tanto, en un simple debate hermético de cómo se comportan los judíos en un predio que antaño se llamó Palestina, o los palestinos en un feudo que hace milenios fue Israel. Nadie duda que desde la Antigüedad el judío haya sido identificado con los parajes bíblicos, o que su genealogía esté plena de sufrimientos, grandeza moral e intelectual y que, a lo largo de su historia, haya sobrevivido a uno de los más trágicos destinos que afrontase pueblo alguno en medio de una diáspora execrada.

Pero el Estado judío no se plasmó en una abstracción geográfica, sino en una comarca ocupada por otra colectividad; por lo tanto la crisis es tanto de una causa como de un lugar, y la de identidad no es sólo de palestinos sin Estado, sino también de judíos forzados a compartir el que adquirieron. Aquí los grandes temas no pueden formularse en un contexto localista de puja entre pueblos del Oriente Medio, sino en una alineación territorial donde dos naciones que se consideran en exilio pretenden para sí un mismo espacio, involucrando en su querella al mundo.

El nacionalismo palestino cobra fuerzas impugnando al Estado judío, y éste se consolida denegándoselo a los palestinos. Es el resultado de una guerra entre dos comunidades mezcladas, dos pueblos, dos naciones, dos tribus, conscientes de que se juegan la supervivencia y donde no se distingue entre civiles y soldados, enemigos y vecinos; donde cada miembro de la otra cofradía es un enemigo potencial. Es un avispero donde los palestinos argumentan que su resistencia no puede tildarse de terrorista, y los israelíes reputan de benigna su ocupación; donde para uno y otro no existen los muertos, sino los “mártires”, lo que vuelve similares sus funerales; donde los fundamentalistas judíos suponen que la redención reside en la anexión de Gaza y Cisjordania y la expulsión de los palestinos; y donde los fundamentalistas palestinos sólo creen en la oración de los fusiles para borrar del mapa a Israel.

La agenda no es sobre la igualdad entre dos agrupaciones, sino una afirmación y una negación; es el sitio del choque y la porfía entre una cultura en progreso (judía) básicamente euro-occidental, minoritaria en el resto de los países del mundo y que exige su derecho de ser mayoría en un país (Israel), y la tenazmente tradicional y relativamente rezagada presencia nativa árabe, mayoritaria en 18 estados del Oriente Medio, y que siendo minoría en Palestina pretende actuar allí como si fuese la mayoría. Para los palestinos ha sido imposible comprender las razones de los inmolados por el antisemitismo o que advirtiesen en el sionismo algo más que una arenga colonizadora con el no-judío.

Para ellos Israel comparece como un puesto de avanzada europeo artificialmente sostenido por las finanzas norteamericanas, y los judíos como una secta religiosa que siempre estuvo bajo la espada del Islam; un fenómeno post-holocausto incrustado en el Oriente Medio por Occidente, que un día va a desaparecer al igual que otros asentamientos coloniales. Los sionistas pensaron que podían desvanecer a los palestinos; uno de sus mitos más viejos subraya que ellos constituían “un pueblo sin tierra” destinado a “una tierra sin pueblo”. Así, consideraban a los palestinos como una parcela en esa indeterminada masa árabe pobladora del mundo estanco del Marruecos al Irak, sin identidad cultural, histórica o étnica, y por ser cualquier cosa menos una nación, sin albedrío sobre el territorio que ocupaban.

En la literatura y el pensamiento humanista favorable al sionismo la Tierra Santa estaba esencialmente despoblada (como en la visión puritana norteamericana), no por ausencia de habitantes sino porque en el dogma victoriano el estatus humano de los no-europeos era sistemáticamente denegado, y sólo era viable una misión colonial civilizatoria. El “territorio vacío” de Palestina se conjugaba con la restauración de la Tierra Prometida de los sionistas que, asistidos por los grandes poderes, perseguían instaurar el iluminismo y el progreso.

En su íntimo espiritual los judíos nunca perdieron la Tierra Prometida, abstracción disparatada para los árabes, quienes la conquistaron de Bizancio hace más de catorce siglos. Por eso los baasistas iraquíes no estuvieron tan despistados al opinar que la confusión occidental sobre la política árabe respondía a la arqueología de una mentalidad colonialista. El etnocentrismo –la noción de que el mundo no-europeo ha estado allí para ser reclamado y sus nativos para ser dirigidos–, influiría en el proyecto sionista que en esencia se asemejaba demasiado a una factoría colonial en el Oriente. Es por eso que no fue coincidencia su convergencia en tiempo y espacio con la expansión territorial y la hegemonía imperial de Europa.

La obsesión de los medios occidentales de comunicación con el tema israelí es desproporcionada y no puede explicarse sólo por el milenario deambular judío en Europa, o la manipulación de las maquinarias imperiales. En la memoria colectiva cristiana rondan el trauma del rechazo al judío, sus siglos de marginalidad, persecución y desamparo; los horrendos pogromos zaristas, las fosas-comunes de Babi Yar y los cuerpos apilados en los campos de concentración nazi. Si en el subconsciente islámico Israel está hollando suelo sagrado, para el cristiano también es incomprensible que los islámicos estén agraviando tierras bíblicas.

El área del drama es trascendental para el cristianismo, por radicar precisamente en las fuentes judías el trasfondo de la revelación del Nuevo Testamento; por ser ellos, precisamente, quienes inauguraron un código universal de justicia moral desgajado de las “Tablas divinas” recibidas en el Monte Sinaí, y los que moldearon la psiquis, el entorno cultural y los valores étnicos de la gnosis occidental. El que los judíos retornaran a los predios evangélicos hace de su Estado, con Jerusalén como capital, otro de los episodios bíblicos y el heredero de un acontecer de tres milenios, que restableció la comunión del creyente judeocristiano con esta fe bíblica. Israel se ve así emparentado con los movimientos religiosos de la genealogía cristiana –como el puritano que pobló Norteamérica y predicó erigir la “nueva Jerusalén”–, encarnando el canon de la esperanza.

La asombrosa victoria israelí en la guerra de los Seis Días coronó en los medios de información y prensa de Occidente la visión de romantizar su tenacidad y sus proezas militares. Luego de negarse a devolver sus conquistas comenzó la “mala prensa” contra Israel, sobre todo en Alemania, Francia, España e Italia, quienes en lo adelante lo representarían como un brutal triunfador, una nueva Prusia. El Viejo Continente abrazaría la causa Palestina no por compasión, sino porque le permitiría sacudirse de su deuda de conciencia con el judío involucrándolo con las masacres de palestinos en Sabra y Chatila, y exonerando de paso la crueldad de los nazis al apuntar que siempre han existido naciones que masacran a otras naciones.

El apostolado terrorista de Yasser Arafat nunca se cuestionaría con la misma intensidad que las respuestas violentas del Estado judío. El que sus enemigos fuesen los judíos y su campo de batalla la Tierra Santa ha facilitado más visibilidad a los palestinos que a cualquier otra comunidad de refugiados u otros pueblos derrotados del planeta.

Su caso no resiste la comparación con otros desastres ignorados por Occidente, como el genocidio armenio, la matanza de kurdos, la desaparición del Tibet como Estado, la carnicería de un millón de tribeños Ibo en Nigeria, los atroces duelos entre watusis y hutus en Ruanda y Burundi, la inmolación de las “turbas divinas” iraníes en la guerra con Irak, el trágico destino checheno, la pugna por Cachemira, la ruina de la nación somalí por los señores de la guerra. ¡Nadie inculpa a Siria por ocupar el Líbano! No hay quien levante su dedo acusador por la suerte de la cristiandad del Sudán ¿Y quiénes reconocen el Apocalipsis del Congo, cuya guerra civil se ha cobrado la cifra espeluznante de tres millones de muertos?

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Sobre el autor

Juan F. Benemelis

Juan F. Benemelis

Juan Benemelis (Manzanillo, 1942). Diplomático, historiador y ensayista. Ha publicado más de una veintena de libros centrados en diversas temáticas, que van de lo científico a lo histórico. Entre ellos, "Las guerras secretas de Fidel Castro", "Castro: subversión y terrorismo en África", "Paradigmas y fronteras. Al caos con la lógica", "De lo finito a lo infinito", "El Corán y el Profeta", "Islam y terrorismo" y "La memoria y el olvido". Reside en las afueras de Miami.

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