Neo Club Press Miami FL

Javier Iglesias, una nube en pantalones

Javier Iglesias, una nube en pantalones

febrero 25
16:32 2012

1-1_javier_iLa llegada a Miami de Javier Iglesias (La Habana, 1963), poeta, traductor, guionista y últimamente bloguero, supone un acontecimiento enriquecedor para el exilio cubano. Textos suyos han aparecido en periódicos y revistas de Argentina, México, Brasil, Estados Unidos, Francia y otros países, y ha publicado varios libros.

En Brasil, nuestro entrevistado obtuvo el 1º Premio “Filma Brasilia” con el guión cinematográfico “O Comendador”, filmado en 2001, y su blog Escombros Hablaneros fue seleccionado entre los cien mejores del país.  Iglesias, que también es miembro de la Comisión Organizadora de la Bienal Internacional de Poesía de Brasilia y del Sindicato de Escritores de Brasilia, tuvo la gentileza de concedernos la siguiente entrevista.

Denis Fortún. ¿Quién es Javier Iglesias?

Javier Iglesias. Esa es una pregunta difícil de responder. Pues una cosa es lo que creemos ser y otra lo que piensan los demás que somos. Hoy las sociedades nos exigen que seamos políticamente correctos, y eso es algo con lo que no estoy totalmente de acuerdo. Yo prefiero definirme con esta frase de Maiakovski: “Soy una nube con pantalones”. Ya que no consigo parar de soñar despierto y en ciertos momentos es necesario que alguien me devuelva a la realidad, que la mayoría de las veces es bien diferente a lo que deseamos.

DF.  ¿Por qué te radicas en Brasil? ¿Fue la única opción en su momento para el escape, o un lugar que cuentas con la suerte de elegir en medio de “otros destinos”?

JI. Como ya sabes, nacer en Cuba es mucho más que un accidente geográfico y por eso vemos en el mar o en el cielo la única salida. En los años 90 recibí una invitación para participar de un evento literario en Brasil; cuando aquello era productor artístico del Ministerio de Cultura, institución que me negó el permiso de salida. Entonces recurrí a la Asociación Hermanos Saíz, por la cual pude viajar. Al llegar a Brasil – o antes– decidí no regresar al lugar donde los sueños cada vez parecían más lejanos. Si de opciones hablamos, poco me importaba el lugar a donde llegaría. Hoy agradezco que ese país haya sido Brasil, que me dio mucho más de lo que imaginé.

DF. El guión, ¿lo consideras un ejercicio diferenciado respecto a la literatura? Háblame sobre sus particularidades en cuanto a la realización…

JI. El cine siempre fue una pasión desde mis años juveniles, que intenté en varias ocasiones hacer realidad. Quise estudiar en la Escuela Internacional de Cine de San Antonio de los Baños, pero por diferentes motivos que ahora no vale la pena explicar no conseguí concretar ese sueño.

En Brasil, fui invitado a escribir un guión, después premiado. Entonces mi llegada al guión fue autodidacta y deseada interiormente por mucho tiempo. Creo que mi éxito en ese oficio es producto del ejercicio cotidiano de las letras. Las imágenes que normalmente vemos en la tela no son más que palabras capaces de ser traducidas por alguien que domina la escritura, sin que importen las técnicas. Lo fundamental del guión es dejar lo más claro posible para el director cada imagen, y la estructura psicológica de los personajes. A veces vemos películas que costaron una fortuna, llenas de efectos especiales que cautivan a los espectadores, pero eso sucede en la mayoría de los casos porque el guión no es de los mejores. Recuerden que el esqueleto en que se sustenta un buen filme es el guión.

DF. Háblame de “O Comendador”, que fuera premio en Brasil.

JI. En Brasil tuve la suerte de coincidir con un grupo de cineastas contemporáneos (no sólo por edad), entre ellos Armando Lacerda, que llevaba algún tiempo investigando sobre un personaje real llamado Joaquim Alves de Oliveira, más conocido como “O Comendador”, pero que no conseguía transformar esa investigación en palabras. Un día, en una de esas conversaciones informales entre caipirinhas y churrasco, me invitó a escribir el guión. Me gustó la idea como desafío, y en dos meses lo terminé. Para mí sorpresa, a pesar de ser mi primera experiencia como guionista gané el primer premio en el concurso de guiones inéditos del Festival de Cine Brasileño de Brasilia, lo cual nos permitió filmarlo y después presentarlo en varios festivales, entre ellos el Festival Internacional de Cortometraje de San Paulo, donde también ganó el primer lugar. De todos mis guiones ya filmados éste es el que más premios me ha dado, a pesar de no ser mi favorito.

DF. Guión, crónica, poesía, narrativa… ¿en qué género te sientes más cómodo?

JI. Creo que el oficio es uno solo, y como creador me sentiría igual que un padre que prefiere un hijo por encima del otro. Lo que sucede es que son lenguajes diferentes. En el guión no debemos olvidar que la descripción escrita tiene que ser milimétrica para facilitar la visualización del director y del productor; recuerden que al hacer cine se escriben simultáneamente dos guiones, uno artístico y otro técnico. La crónica y narrativa es algo que en mi caso se confunden, pues no consigo escribir de la realidad sin recrearme en la imaginación. Dejé la poesía para último por considerarla el más difícil e ingrato de los géneros. Considerarme poeta es algo que no aún no ha pasado por mi cabeza. Espero que en algún momento la poesía habite en mí.

DF. ¿Brasil te ayudó a minimizar un tanto la nostalgia por Cuba? Al decir de muchos (sobre todo en el nordeste), son muy parecidos los brasileiros a nosotros… Miami, por el contrario, ¿sientes que puede exacerbar esa nostalgia que como un virus incurable nos habita?

JI. Realmente creo que el pueblo que más se parece a nosotros es el brasileño. Si vas a Bahía –una provincia brasileña– y te sientas en cualquier bar de Pelourinho, y te tapas los oídos, te sentirás como si estuvieras en Cuba. Aunque eso no quiera decir que minimices la nostalgia –saudade–, pues en Brasil es casi imposible tener una referencia cultural de lo que pasa en la isla. Un cubano en ese continente lingüístico es un objeto de museo. Si leen los textos de mi blog verán que a pesar de la identificación cultural siempre sentí una falta de lo nacional que al llegar aquí me desconcertó un poco, pues me había olvidado que una de las características de nuestra identidad es la intolerancia. Algo que inconscientemente había conseguido superar en ese país, que hoy es tan o más mío que la isla que me vio nacer.

DF. La poesía, ¿una herramienta para mitigar el dolor del exilio?

JI. Como ya respondí, no me considero poeta. De la poesía me he aprovechado sin el menor respeto para expulsar ese dolor del exiliado que no cabe en prosa, y que por eso puede perderse en un océano de palabras. La poesía es un acto de Fe, que sirve para mucho más que mitigar el exilio.

DF. ¿Javier le teme a la violencia?

JI. Existen varios paradigmas de violencia, y yo más que temerle estoy contra cualquier arquetipo de agresión, intimidación y todo lo que esas actitudes conllevan. Después de 16 años en Brasil, entendí que la violencia es la más absurda de las luchas. No se puede doblegar una idea con un fusil, el día que los políticos entiendan esto el mundo con seguridad será un lugar más limpio y decente. Creo que el diálogo es la mejor opción para solucionar cualquier conflicto.

DF. De Cuba a Brasil, y más tarde Hialeah, ¿cómo defines el salto?

JI. De Cuba creo que no vale la pena hablar más –ya sabemos a lo que eso lleva–; y emigrar a Brasil fue descubrir a la madre solidaria que la isla me negó. Me aceptó con mis defectos y mis virtudes, fue un lugar que me dio mucho más de lo que pensaba y donde crecí intelectualmente, lo que por motivos lógicos de censura no hubiera conseguido en Cuba. Al llegar a Hialeah, con los días, vi que esa cubanidad que tanto añoraba no era más que un producto del distanciamiento, o un mal necesario que sin querer parecer arrogante ya describí en un texto publicado por Neo Club Press, llamado “Macondo y Pan con Lechón”. Allí trato de explicar esa metamorfosis de salir de un país totalmente desprejuiciado y caer en este espacio –Miami–, en algunos aspectos delimitador de ideas.

DF. ¿Qué esperas de tu nuevo espacio? ¿Crees que finalmente una latitud te pertenece (cuando has dejado atrás la que te vio nacer, y que es la que nos marca) o simplemente se trata de un punto más en medio del largo viaje?

JI. Aprendí a no esperar más de lo que puedo conquistar. No quiero culpar a nadie por mis éxitos o fracasos, ni quedarme en ese limbo indefinido de la limitante palabra “nacionalidad”. Hoy más que nunca siento que no pertenezco a ningún lugar y a la misma vez pertenezco a todos. Una de las ventajas del exilio es aprender a insertarse en el lugar donde te encuentres a pesar de toda la carga de nostalgia que puedas llevar contigo. Por esos motivos absolutos, soy un ciudadano universal que hoy está aquí, pero que mañana puede estar en cualquier otro  lugar.

DF.  Y en ese extenso viaje que vienes practicando, como es tu caso, imagino que has tropezado con unos cuantos “eventos” que después, lamentablemente, se traducen en laceraciones. Coméntame de las que más te han marcado.

JI. Insistir en las laceraciones me parece algo irracional, pero te puedo decir que lo que más me ha dolido en todos estos años de destierro es la negativa de la embajada cubana en Brasil –que, como sabemos, no es un ente independiente– a permitirme ir a despedirme de mi tío-abuelo, la persona que más influenció en lo que hoy soy. Y en la muerte de mi padre –o sea, apropiarse de un sentimiento más allá de la política–, cosa que expliqué en este texto publicado en mi blog: http://www.escombroshablaneros.blogspot.com/2009/06/entre-las-sombras-y-palabras.html

DF. ¿Proyectos luego de asentarte en Miami?

JI. El proyecto de cualquier recién llegado es incorporarse urgentemente al nuevo lugar, que puede no ser el definitivo. Primero son necesarios un plato de comida y una cama –aunque esto parezca antipoético–, después vendrán las opciones de crecimiento y junto con ellas las posibilidades de publicación, el mayor objetivo de cualquier escritor.

DF. ¿Qué representa ahora Cuba para ti? ¿Un desgaste? ¿Una esperanza?

JI. Mi comadre Carmen Berenguer, mujer de Víctor Fowler y estudiosa de la cultura cubana, me hizo esa misma pregunta en marzo del año pasado para una tesis de grado sobre intelectuales de la isla y el exilio. Le respondí con este artículo:

Me imagino que el primer entrevistado debió ser su esposo y mi más que hermano Víctor Fowler, al que me unen lazos familiares personificado en uno de sus hijos –mi ahijado–, sellados eternamente en la majestuosa iglesia católica de Santo Suarez.

Con seguridad su respuesta debe haber sido de las más profundas e interesantes, pues su capacidad intelectual –a pesar de la despiadada realidad– lo sitúa indudablemente entre los mayores intelectuales con que cuenta la nación – interpreten esta palabra como nacionalidad– en la infecunda división que nos habita.

Por eso me siento muy honrado y casi obligado a responder. A pesar de saber que mis argumentos tienen desde su nacimiento la incapacidad de mis limitaciones.

Carmen, para justificar su pregunta escribe textualmente: “Esta pequeña encuesta, voluntaria, libre y personal puede ser respondida de la manera que más les guste. Lo único que agradecería es que fuera lo más pronto posible”.

Ella trata de pequeña esta interrogación que nos divide ya por más de cincuenta años. Quizás lo haga porque al nacional que aún vive en la isla los problemas cotidianos lo inhiben de ver a la patria como el ente político y complejo que significa esa diminuta palabra capaz de romper mucho más que puentes literarios.

No podemos olvidar la radicalización –el verbo cierto sería desaparecer– que sufrió el Estado cubano y la falsa sistémica que son los tres poderes –ejecutivo, legislativo y judiciario–, con total ausencia de independencia entre sí, algo imprescindible y fundamental en cualquier democracia, desde que su máximo líder dijo en su famoso discurso –divisor de aguas– en la Biblioteca Nacional para-contra los intelectuales: “Con la revolución todo, contra la revolución nada”. En esa frase ya se reflejaba la exclusión de un cuarto poder más importante que los anteriores. La eliminación permanente – censura– de la libertad de prensa.

La falta de pluripartidismo y la enraizada ausencia de la alternancia de poder dan a la nación un aire exótico e inevitablemente nostálgico –tan necesario para Occidente– en un mundo donde hasta la mayoría de los países del Medio Oriente actualmente se rebelan contra la religión –mucho más fuerte que la política dictatorial– de sus marajás.

Cuba, mi querida amiga, es un delirio –y como tal irracional– que me persigue, aunque sé que en nada se parece a aquella que solamente existe en mí. Pues el único lugar donde el tiempo se detiene es en la ausencia del destierro.

Es una lágrima inacabada que sólo tendrá fin en las calles que habitaron mis ayeres y que por demasiado tiempo pueblan mis anhelos. También es una puerta cerrada a ideas nuevas u opuestas a las de los que enquistaron el país con el cáncer de la política.

Pero más que nada es la madre violada, humillada y oprimida que ve a sus hijos divididos en más de una orilla y llora en silencio, ya que el llanto de una mujer es el peor de los castigos.

Cuba – como nación– es la gran perdedora de un sueño colectivo que olvidó el individual de cada familia. Un lugar donde el mayor deseo de gran parte de su juventud es escapar –muchos ya lo consiguieron–, y un país sin juventud es huérfano de mañanas.

Es la patria –delimitadora de primaveras– que no se inserta en la economía mundial, en parte por culpa del bloqueo norteamericano pero no sólo por esa restricción y muchas veces – tal vez demasiadas– por la terquedad de sus ancianos dirigentes.

Cuba no cabe en una pregunta, porque esa simple palabra ya divide y nos lleva a los extremos. Martí –usado por muchos– dijo: “Dos patria tengo yo: Cuba y la noche”. Estaba en uno de sus exilios cuando escribió esa frase que hoy me acompaña.

Cuba es la noche cálida de su clima, la alegría de su pueblo –capaz de reír de sus desdichas–, que se conforma con tan poco. Nunca el estereotipo de ron, tabaco, hoteles y mulatas –en algunos casos muletas que sirve para los ancianos turistas que las acompañan–, y también es la oscuridad de sus apagones y la ausencia física de sus desterrados.

Cuba, mi querida comadre, eres tú más que yo por tu resistencia, pero también son todos los que me leen a pesar de concordar o no conmigo.

Cuba tan pequeña y a la vez tan grande. No sé si será mi mañana –cuando todo sea normal– después de tanto insistir en cerrarme las puertas que Brasil me abrió.

Cuba es aquel espacio que tanto necesito y me falta. Y para ustedes, ¿qué es?

DF. Entre la caipirinha y el mojito, ¿dónde te quedas?

JI. Eliseo Alberto “Lichy” Diego dijo que la patria es un plato de comida. Quizás por él haber vivido en un exilio donde se hablaba su mismo idioma, hizo esa definición. Yo tengo otro axioma, para mí la patria es el idioma que nunca te abandona. Enfrenté el analfabetismo de llegar a una lingüística diferente. Aunque de alguna forma la cocina y los tragos son grandes símbolos de nacionalidad.

Si partimos de esa base la caipirinha y el mojito pueden parecer antagónicos, pero por mi experiencia no lo son. Hoy me ubico en un límite donde caben todas las libertades sociales brasileñas que forman parte de esa bebida tan típica de la samba, y me quedo en la expectativa de poder en algún momento experimentar en un mojito las mismas libertades de la caipirinha.

DF. ¿Feliz…?

JI. Si conoces a alguien que lo sea, preséntamelo.

Etiquetas
Compartir

Sobre el autor

Denis Fortún

Denis Fortún

Denis Fortún (La Habana, 1963). Poeta y narrador. Artículos y crónicas de su autoría, con un toque humorístico sobre la cotidianeidad en Cuba y su exilio, aparecen con regularidad en bitácoras de otros autores, y en diversos ciberportales y revistas. Textos suyos han sido incluidos en antologías de narrativa y poesía en Cuba, México y Estados Unidos. En Miami, donde reside actualmente, edita el blog Fernandina de Jagua. Ha publicado el poemario “Zona desconocida”, “El libro de los Cocozapatos” (narrativa) y “Diles que no me devuelvan” (crónicas).

Artículos relacionados

0 Comentario

No hay comentarios

No hay comentarios, escribe el tuyo

Escribe un comentario

Escriba un comentario

Armando de Armas en el Festival VISTA:

Letras Online

LA REVISTA INTERACTIVA DE NEO CLUB PRESS
  José Hugo Fernández

Una trompetilla, eso es la libertad

José Hugo Fernández

  La trompetilla se fue de Cuba. Su ausencia representa para nuestra gente lo mismo que representó la retirada de los cohetes soviéticos para el régimen. De pronto, ya no

0 comentario Leer más
  Ángel Santiesteban

La Parca merodea

Ángel Santiesteban

  A la abuela se le ha hecho costumbre mantener la vigilia en las madrugadas. Espera impaciente en la oscuridad porque de todas maneras quedó ciega por la diabetes, y

0 comentario Leer más
  Nilo Julián González

Querido padre

Nilo Julián González

                si dejara de buscar el asombro de todo y del mundo si dejara de ver con sanidad con este es mi cuerpo

0 comentario Leer más
  Yosvani Oliva

Tenga cuidado la noche

Yosvani Oliva

                Ándese sobreavisada la noche tan permisora de este bufón aburrido buscando quien lo contente. Trastoca las prioridades y a quemarropa dispara estrellas

0 comentario Leer más
  Baltasar Santiago Martín

¿Suicidio?

Baltasar Santiago Martín

  En memoria de Juan O’Gorman             No entres al río con los bolsillos llenos de piedras como hizo Virginia; antes que suicidarte, arrójale las

0 comentario Leer más

Lo más reciente: