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Jeannette L. Clariond, en la huella de su leve sangre

Jeannette L. Clariond, en la huella de su leve sangre

abril 14
02:26 2011

Esta poeta mexicana es una aristócrata de la poesía. Así lo confirma ahora en su último poemario, Leve Sangre, que acaba de aparecer en la Editorial Pre-Textos de Valencia, en marzo de este año.

Su obra literaria se encuentra en diversos libros: Mujer dando la espalda, Newaráriame, Desierta memoria, Nombrar en vano, Todo antes de la noche, Amonites, Los momentos del agua y 7 Visiones (este último en colaboración con el poeta chileno Gonzalo Rojas).

Es además destinataria de distintas distinciones: Premio Nacional Ramón López Velarde (1992), Premio Nacional de Poesía Efraín Huerta (1996), Premio Gonzalo Rojas (2001), Beca Fundación Rockefeller –Conaculta (2004) y la Beca de Traductores Banff (2004).

Porque es además una excelente traductora. Entre sus aportes en este campo están La Tierra Santa de Alda Merini (2002) y Zodiaco Negro  de Charles Wright (2002). Ha traducido a Primo Levi. Es además alma y animadora de la prestigiosa editorial Vaso Roto, que ha dado a conocer en nuestro idioma a prestigiosos poetas de otras lenguas, siempre con gusto exquisito y esmerada presentación.

Leve Sangre, que es su último poemario, la ratifica entre las primeras voces de la poesía hispana de estos días.  Es una auto-autopsia de su yo poético, de acendrada introspección y contenida forma. Esta concisión es de agradecer en un momento en que la poesía está desbordada de forma desmedida, de inútil verborragia. Jennette L. Clariond es todo lo contrario. Y esa concentración, esa voz extractada de leves pinceladas, es de agradecer.

El poemario es canto pero al mismo tiempo contracanto. Un diálogo entre los propios versos que a veces son apenas un ligero apunto, tan cercano a eso que Lezama Lima llamaba “un rasguño en la piedra”. Su poesía es más visual que táctil. Apuntes que son presencia de la esencia, de lo esencial, descartando toda hojarasca sobrante. Así sus versos son poda o huella de sí misma.  Pinceladas sutiles, heridas invisibles que nos dan la etérea muestra de su “leve sangre”. No hay estridencias ni alharacas. El sufrimiento se lleva con estoicismo y el dolor como una dignidad. De ahí el linaje de sus palabras, a veces escritas en italiano con la brevedad de la huella de Montale.

Poesía la de esta autora hecha de silencios. Donde el silencio tiene el mismo peso e importancia que la palabra. Y sin embargo, hay huellas de una sensualidad como la de una recatada Sunamita, la de una mística en estado de gracia que sólo se refiere a lo real a través de signos sugerentes. Sí, hecha su poesía está del silencio del Huerto de los Olivos de Getsemaní, donde Cristo a solas se prepara para vivir su Pasión. A solas vive la poeta sus vivencias y cada verso es eso, el testimonio de su recatada soledad, que la redime y enaltece.  Sus poemas siguen repercutiendo en nuestra memoria cuando su libro, bellamente impreso en su tipografía,  ya lo hemos cerrado.

Porque, como ella misma dice, “distancia es aquello que no sabremos decir”.

Sobre el autor

Alberto Lauro

Alberto Lauro

Alberto Lauro (Holguín, 1959). Escritor, poeta y periodista. Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de La Habana y por la Universidad Autónoma de Madrid. En Cuba colaboró desde muy joven en los medios de comunicación, hasta que su libro “Con la misma furia de la primavera” (1987) fue censurado. Publicó en la Isla dos poemarios para niños también premiados: “Los tesoros del duende” (1987) y “Acuarelas” (1989). Exiliado en España desde 1993, ha publicado, entre otros, los libros “Cuaderno de Antinoo” (1994) y “En brazos de Caín” (Premio Odisea de novela, 2004). En 2011 obtuvo el XVI Premio Internacional de Poesía Luys Santamarina-Ciudad de Cieza por su poemario "Hijo de mortales". Reside en Madrid.

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