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José Martí y los niños

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José Martí y los niños

José Martí y los niños
enero 24
05:36 2018

En 1989 andaba José Martí enfebrecido por un empeño nuevo: hablarles a los niños. A él se le re-subía la ternura, que era la forma externa de su alma, cuando hablaba con los niños y los ancianos. Para estos tenía una ternura hecha de compasión y de honda pena por los sufrimientos de la vida; para hablar con los niños vestía con traje distinto su ternura, la limpiaba de tristeza, le desarrugaba el ceño atormentado por la amarga existencia, y sólo les hablaba de luz, de pureza: arrullaba a los  niños con la música de la esperanza.

En el 89 andaba él muy triste, es decir, muy falto de niños. El suyo más suyo no estaba junto a él; la niña amada no era del todo suya para el cariño, para el calor especial que da a la casa la presencia del niño. Cuando hay niños durmiendo bajo el mismo techo, el alma del adulto se sosiega, y el dormir cotidiano es como una serenata. Martí, por el 89, sufría un dormir inquieto, un desasosiego que le venía de no tener al alcance de su corazón un niño con quien hablar para energizarse el alma y sacarla indemne del maltrato diario de los hombres.

Y pues no podía hablar con los niños, decidía ponerse a hablar para ellos, hablarles a los niños. Pero el lenguaje del niño, que el adulto tiene más que olvidado, borrado del alma, es un idioma más difícil que el sánscrito, porque la dificultad de un lenguaje, de una comunicación, es tanto más inexpugnable cuanto más lejos estemos espiritualmente “del otro”.

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Y las murallas que separan al adulto del niño, las que casi imposibilitan la comunicación entre padres e hijos, entre niños y adultos, son murallas que día a día  se ensanchan más, alejan y alejan hasta convertir en extraños, en extranjeros, a los unos para los otros. El niño vive en “su” mundo, se mueve en su jardín, las ventanas de su alma dan a paisajes muy distintos e insospechados por el hombre. Necesita éste, si se siente inclinado a tomar en serio al niño (¡cosa que casi nunca ocurre!), hallar la llave, o clave o visado para entrar en aquel lejano país, el planeta remoto que es el mundo del niño. La triste batalla de los padres consiste en intentar día por día sacar de su mundo al hijo y mudarlo al mundo del padre. Si lo consigue, hace del niño un desdichado, un adulto prematuro. Y si no lo consigue, el padre cree que su vida ha fracasado. Se resiente y hace del hijo un enemigo secreto.

En medio del año 89 Martí habla a los niños. Crea para ellos una comunicación, un puente, una lengua de vida para entrar en el reino  ajeno, para pasearse por el territorio de la infancia. Declara que concibe una publicación infantil a la que llamar La Edad de Oro, para “conversar una vez al mes, como buenos amigos, con los caballeros de mañana y con las madres de mañana… Lo que queremos  es que los niños sean felices; y que si alguna vez nos encuentra un niño de América por el mundo nos apriete mucho la mano, como a un amigo viejo, y diga donde todo el mundo lo oiga: Este hombre de La Edad de Oro fue mi amigo”.

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Una primera versión de este artículo apareció en 1989. Cortesía El Blog de Montaner

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Sobre el autor

Gastón Baquero

Gastón Baquero

Gastón Baquero (Banes 1914 – Madrid 1997). Poeta y periodista, considerado un clásico de la literatura cubana con poemarios como "Memorial de un testigo" y "Saúl sobre su espada", autor de las revistas Orígenes y Espuela de Plata, se exilió en España en la primavera de 1959, tras el ascenso al poder del castrismo.

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