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José Martí y Tony Montana en Armando de Armas

José Martí y Tony Montana en Armando de Armas

enero 14
22:36 2012

El escritor y periodista cubano Armando de Armas siempre hace de las suyas. Siempre resulta polémico. Su más reciente “diablura”, un paralelismo entre el Tony Montana interpretado por Al Pacino en el filme de Brian de Palma y el político y escritor José Martí, escandalizó a muchos, desatando un debate subido de tono. Una circunstancia que me animó a realizar esta entrevista.

En cualquier caso, el sello De Armas no para de producir.  Recientemente, la editorial TheWriteDeal incluyó en su catálogo digital su cuento Dedos, y la Latin Heritage Foundation (Nueva York) imprimió su ensayo de 54 páginas Los naipes en el espejo, donde aborda el mundo de la política estadounidense.

Denis Fortún. Primero en Martí Noticias, de manera más extensa, y luego en Diario de Cuba, estableces un singular paralelo entre la figura de José Martí y el personaje Tony Montana, de la película Scarface. Esto provocó que algunos lectores incluso llegaran a atacarte a nivel personal. Coméntame sobre esta reacción.

A1-11_pacinormando de Armas. No soy nadie para humillar a Martí. ¿Cómo podría alguien humillar a Martí? No más, por cierto, de lo que lo hizo Maceo allá en la Mejorana. Un escritor no está para caer gracioso, no está para preocuparse si hiere o no sensibilidades más o menos a flor de piel; está para pensar y punto, y claro, escribir lo que piensa. No soy un político en campaña ni una estrella del espectáculo. Así, pues, si alguien se sintió lastimado no puedo menos que recomendarle curitas de mercurocromo. Es su problema, no el mío. Mi problema, reitero, es escribir, que ya es bastante, ¿no crees?

Pero, como decía mi amigo Luis Aguilar León (un intelectual de los que ya no da Cuba), Martí pertenece al ámbito de los símbolos, y a los símbolos es mejor no tocarlos. Mejor dejarlos allá, en el mundo de lo inasible. Y es verdad, y sobre todo es verdad en pueblos como el cubano, que –empezando por sus llamadas élites– se encuentran aún en períodos pre-racionales, en las etapas primordiales del pensamiento, dominados aún por una suerte de raciocinio mágico, totémico. Y si en un arranque de ingenuidad, de creer que ese pueblo, que su élite escorada a la mano zurda, puede estar saliendo de su aletargamiento ritual, te atreves a rosar con el pétalo de una flor de chamisco, o marihuana, o hasta de la pura rosa blanca, a una de sus divinidades (curiosamente, casi siempre una divinidad que fue de carne y hueso –muerto que pare al santo), pues allá te va el pueblo enérgico y viril que llora por los rincones –llora que llora la Zarzamora– a intentar quemarte en la hoguera, lincharte, fusilarte al amanecer por el atrevimiento de no cantar los cantos ditirámbicos de la epopeya patria.

DF. ¿Acaso te sirve de pretexto la beligerancia del patriota criollo (lo que algunos se empeñan en negar) para comprometerte con un ensayo que para los más conservadores es un evidente sacrilegio?

AA. Bueno, es una de tantas similitudes el hecho de que ambos, Martí y Montana, murieran con un arma en la mano, que ambos dieran lugar a una guerra, por cierto más cruenta la de Martí que la del personaje de Al Pacino. Otra cosa sería analizar las motivaciones de ambas guerras, patriótica la de Martí, empresarial la de Montana.

DF. ¿Era José Martí un sujeto lo suficiente perverso como para que te atrevieras a establecer una ruta compartida entre el patriota y el marielito?

AA. No, era la suficientemente grande y, por lo mismo, suficientemente perverso. Esa es la gran paradoja, harto estudiada por Carl Gustav Jung. El árbol cuyas ramas rozan el cielo hunde sus raíces en el infierno. A todo Cristo le nace su Anticristo. Entre más se empina la palma más le crece la sombra. Es la ley.

DF. ¿Por qué El Apóstol y no otro personaje de la historia cubana del siglo XIX?

AA. Por el mismo razonamiento que te exponía anteriormente, supongo. Los extremos, paradójicamente, se tocan más entre sí que los puntos medios. El Apóstol está más cerca del bandido que el honesto empleado público que cada día cumple religiosamente con su rígido horario y, de contra, teme no sólo a su mandamás en la faena, sino a su mujer en el hogar. Mira, antes había publicado “La libertad, el apóstol y el bandido”, un ensayo donde, usando fuentes del Fondo Santovenia, creo demostrar dentro de un margen de duda razonable que Martí podría haber aceptado los dineros del bandolero Manuel García, alias “El rey de los campos de Cuba”. Éste, no como Montana –que es un personaje ficticio–, en realidad fue un delincuente de carne y hueso. Más allá de toda sospecha, y lo que parece asimismo fuera de cuestionamiento alguno, está la participación en los afanes independentistas de bandoleros como Manuel García y José Álvarez Arteaga, alias Matagás, ambos muertos en combate con el grado de oficiales del Ejército Libertador. Y respecto a la participación del primero, al menos, no hay titubeo en la historia nuestra de que fue aceptada por el mismísimo José Martí, quien en misiva a Máximo Gómez, en agosto de 1893, y en referencia a los preparativos revolucionarios en el interior de la isla, afirma que “Manuel García en carta triste y sumisa espera órdenes” (J. Martí, Obras Completas, La Habana, 1975, p. 389).

DF. ¿Intentas desacralizar abiertamente la figura de Martí o sólo “potabilizar” la de Montana?

AA. Ninguna de las dos cosas. Montana está suficiente potabilizado en el filme y Martí es sacro a pesar de lo que yo diga y, sobre todo, a pesar de lo que piensen mis detractores.

DF. Refiriéndome a un comentario en Diario de Cuba, ¿tu ensayo es una suerte de comunión donde queda de manifiesto la cubanidad en su más amplio espectro, o te remites nada más a los dos ejemplos?

AA. Creo que mi escrito intenta alumbrar algo en la oscura condición no de la cubanidad, sino del hombre en todas partes y en todas las épocas.

DF. En cuanto a otros comentarios, me pregunto: ¿Eres un aventurero? ¿Existe en ti una vocación por lo marginal?

AA. Buena pregunta. La verdad es que no sé. Me he visto envuelto en aventuras de diversa índole. Desde naufragios a tiroteos. He vivido en la marginalidad absoluta. Pero lo cierto es que yo no escogí esas aventuras y esa marginalidad. Las dos me fueron impuestas o, mejor, son la consecuencia de no someterme a las normas del sistema social bajo el que nací y que, dicho sea de paso, ya imperaba en mi país al yo venir a este mundo. Sólo sé que si me hubiesen dado a escoger habría sido un buen burgués, un hombre rico y afable.

DF. Por último, ¿qué piensas en cuanto al “uso” que se ha dado en Cuba, después de 1959, a la imagen de José Martí?

AA. He dicho otras veces, y lo he escrito además, que si la máxima figura patria de la Isla hubiese sido, por ejemplo, Francisco de Arango y Parreño –la mente más brillante de Cuba al decir de Manuel Moreno Fraginals–, o cualquiera de los prohombres de la Sociedad de Amigos del País y el Papel Periódico de La Habana, un acto tan deleznable como el ataque al cuartel Moncada no habría tenido, por parte de Castro, ninguna justificación histórica.

Arango y Parreño era un hombre lúcido y pragmático, y un palurdo como Castro no podría declararse heredero de su acción y pensamiento. Cuando Castro se manifiesta un continuador del pensamiento martiano, no está mintiendo del todo; si fuera así todo sería muy simple y ya hace rato que hubiésemos ganado esta guerra.

En Castro hay mucho del catastrofismo de Martí, de lo mesiánico, del culto al sacrificio y a la muerte de Martí. Ni en Martí ni en Castro hay humor. Los dos forman parte de esas raras excepciones entre los cubanos. Personajes que no ríen, y que quizá es así porque tampoco eran muy cubanos; hijos de extranjeros.

Desde luego, no vamos a decir la tontería esa de que Martí era comunista, que ya sabemos criticó el comunismo y al cretino de Carlos Marx. Para ser comunista Martí debía haberse comportado como todo comunista: como un imbécil o un delincuente, y la verdad que no era ninguna de las dos cosas. Pero sí, como Castro fundó un solo partido, el Partido Revolucionario Cubano. Y no es que tuviese que constituir dos partidos, es que no tenía que organizar ninguno si su idea hubiese sido solamente independentista. Sin embargo, había más, era una idea social, revolucionaria, internacionalista e antiimperialista; fíjate qué de perlas para el arsenal de Castro.

Eso está clarísimo en la carta a Manuel Mercado, ese antiimperialismo feroz, que no es, como se ha dicho, algo sacado de contexto. Se considera su testamento político. El testamento de un hombre que sabe, presiente, va a morir. Nadie escribe en su testamento, en vísperas de la muerte, cosas en las que no cree, al menos que sea un mentiroso patológico, que no es el caso.

Así, en el Campamento de Dos Ríos, 18 de mayo de 1895, el poeta escribió:  “Viví en el monstruo, y le conozco las entrañas:—y mi honda es la de David” (…) “impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América”.

Por eso Castro y el aparato comunista de propaganda lo han usado hasta la saciedad. Contaban con material de sobra para ello. Lo que pasa es que nuestra gente no lee y, para colmo, es apasionada, es entusiasta, y como la izquierda es apasionada y entusiasta, que de apasionamiento y entusiasmo está hecha, que no de pensamiento, en el mejor de los casos pues nuestra gente es “izquierdoza” y, lo peor, ni siquiera se da cuenta de que lo es. En fin.

http://denisfortun.blogspot.com/

Sobre el autor

Denis Fortún

Denis Fortún

Denis Fortún (La Habana, 1963). Poeta y narrador. Artículos y crónicas de su autoría, con un toque humorístico sobre la cotidianeidad en Cuba y su exilio, aparecen con regularidad en bitácoras de otros autores, y en diversos ciberportales y revistas. Textos suyos han sido incluidos en antologías de narrativa y poesía en Cuba, México y Estados Unidos. En Miami, donde reside actualmente, edita el blog Fernandina de Jagua. Ha publicado el poemario “Zona desconocida”, “El libro de los Cocozapatos” (narrativa) y “Diles que no me devuelvan” (crónicas).

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