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Juan Carlos Recio, son de altura en los desprendimientos

Juan Carlos Recio, son de altura en los desprendimientos

enero 18
04:19 2012

1-11_JCREl poeta cubano Juan Carlos Recio estuvo en Miami, comenzando en diciembre y terminando en enero, y casi todos los principales animadores de la movida literaria en la ciudad pudieron disfrutar de cerca su personalidad contagiosa. El poeta es como su poesía, lo menos rígido que imaginarse pueda. Nada que ver con su apellido: Derrama en cada frase, en cada aproximación, flexibilidad, atrevimiento y tolerancia.

Nacido en Santa Clara en 1968, Recio reside en Nueva York desde el año 2000.  Ha publicado los poemarios La pasión del ignorante, El buscaluz colgado (premio Ciudad de Santa Clara en 1990) y Sentado en el aire. Tras volar de regreso a la llamada “capital del mundo”, tuvo la gentileza de responder las preguntas de Neo Club Press:

Armando Añel. Tu poesía no suele dejar indiferente a nadie. Hay una tendencia a lo iconoclasta en ella. ¿La calificarías de provocadora?

Juan Carlos Recio. Me provoca provocar y tiene que ver con mi naturaleza. No es un estado divorciado de quien soy, es una dualidad que viene de vivir y retroalimentarme, de cómo me veo, quién creo ser y de la vida de otros. Algo que asumo. Como una vez dije, todas las historias que de mí se cuentan son inventadas, y sin casualidad me pertenecen. Ahora, puede que tenga razón mi amigo Edelmis Anoceto cuando refiere que esa es una parte de la realidad como cualquier otra, que es puro lenguaje imaginativo, combinaciones verbales muy específicas e irrepetibles puestas en función de un fin.  Yo no lo contradigo, pero también lo veo como la frontera donde se mezclan lo imaginativo y lo existencial, y que va desde lo reflexivo hasta lo que desnuda como acto premeditado de indagar.

Aunque para ser completamente honesto, siempre necesito deconstruir sobre frases hechas, símbolos o relecturas de los clásicos o de mis contemporáneos. Es casi como un vicio que no rompo ni con la inspiración ni con lo que tiene por ley la poesía –concisión, ritmo y musicalidad. Y lo hago consciente, con cinismo tal vez, sin que tampoco la conciba como un acto formal, de dejarse llevar por un estado de ánimo en específico. Me gusta en el tono y la intención cierta hojarasca, la nombrada ropa sucia; en ello hay un feeling para comunicarse. Claro, sin intelectualizar.

AA. ¿Qué ha aportado Nueva York, el exilio, a tu escritura?

JCR. Cosas muy importantes. Por muy guajiro que sea no quiero dejar de deslumbrarme ante esta nueva vida. Uno pasa también de ser esa persona que se ha ordeñado para beber su propia leche de cabrío a alguien que deja atrás el insilio, la angustia por un pasado que se supera para convertirse en un presente que ya es futuro. Me desprendo del ombligo que me amarra a una provincia no porque niegue mis raíces o mi identidad como persona y poeta, sino porque logro una especie de son de altura de esos desprendimientos. No cabe un prejuicio, sino la libertad de hacer y deshacer.

No es como para despreciarlo. Ahora vivo feliz en estas torres de humo de Nueva York y arribo a puerto definitivo. Por un lado no soy de un país ni tengo patria, ni presidente, ni bandera, ni soy el verde de las palmas: soy lo que no soy, por aquello de que nadie fue profeta en su tierra. Pero por otro lado consigo también contradecirme en la nostalgia, sin vaciarme de alguna miseria humana. Por eso guardo en mi corazón a las personas que necesite guardar, y entiendo que casi siempre somos más ridículos y cursis de lo que pensamos. Por tanto me asomo a lo que soy sin miedo, y trato de superarlo siendo amigo de mis amigos y de algunos de sus enemigos.

AA. Tengo noticias de que escribes una novela actualmente. ¿Puedes hablarnos un poco del proceso, de la conversión del poeta en narrador?

JCR. Como ya he dicho, en mi naturaleza bisexual incorporo la dualidad de ser dos sin ser una nulidad, que es otra cosa. Y como siempre he tenido mucha influencia de la narrativa en mi poesía, no ha sido un proceso extraño. Digamos que es como entender que no se escribe por un don concedido. Uno necesita tener talento para leer lo que piensa.

Ahora, difícil sí ha sido, porque aunque desde siempre he escrito cuentos me gusta escribir como hablo, decir espontáneamente hasta donde se quiera interpretar, y de ser posible ser conflictivo, ir en contra de lo que socialmente suele provocar la autocensura. De ahí que “Lo que hay es que no morirse” tenga desde su título mismo un positivismo para aprender a vivir o reconstruir una vida, y caracterizar a un personaje hasta darle aliento para que no se quede en su caricatura. En ese proceso se necesita mucha constancia, leer y ser menos dramático que un poeta varado en su metáfora. Y claro, ser valiente.

AA. No es común que un escritor exiliado, que como tú incluso perteneció a la disidencia en Cuba, sea publicado en la Isla. Menos todavía que se presente con ese libro en Miami. ¿Cómo viviste las circunstancias relacionadas con la publicación allá y la presentación acá del poemario “Sentado en el aire”?

JCR. No era común, pero sucede bastante frecuentemente ahora, con sus altas y bajas, de modo que ya hace tiempo se publica en Cuba literatura de exiliados vivos, ya no esperan a que uno se muera, cosa que me parece muy bien.

En mi caso todo lo asumo sin misterio. Igual que no era un personaje clandestino en esa etapa de militancia disidente y firmaba con mi nombre hasta lo que se me prohibía, no he dejado de pensar como pienso, sólo que en este exilio milito en la literatura y nada más. En el tema de la publicación en la Isla, entra la política cultural  de los últimos tiempos. No es por no ser comunista que te censuran, hasta donde creo entender. Tampoco es un secreto la calidad y cantidad de escritores que viven fuera de Cuba.

El hecho es que si lees mucha de la literatura que se escribe y publica dentro de la Isla, pertenece a lo que denominan realismo sucio unos, disidencia y crítica otros, y que me gusta llamar “literatura de las verdades”. Por eso, sea conveniente o no, según se mire, publicar en China, Cuba o Miami, no es un pecado.  Claro, en mi caso las cosas no se dieron por mis posiblemente hermosos ojos verdes. Se concretaron luego de ocho años sin que regresara. Durante mi primer viaje, un amigo ahora muerto, René Batista Moreno, me pidió que no me negara a la posibilidad de entregarles un libro a los evaluadores, que eran del grupo de escritores de allí. Un tiempo después René me avisó de que el libro tuvo tres evaluaciones positivas, suficientes para presentarlo al plan de publicaciones de Capiro. Dos años más pasaron entonces para que finalmente se materializara la edición.

Tres cosas hicieron posible la publicación sin que mediara un acuerdo específico:  1- el trabajo del editor Edelmis Anoceto, que me envió las pruebas de galera (no hubo censura a un solo verso, ni una coma), 2- se me pago mis derechos de autor, 3- el libro se pudo presentar en una de las librerías de Santa Clara con la presencia de mis amigos escritores, y de todo el que quiso.

Lo viví sin prejuicio y sin que me importara si existió o no alguna manipulación en ello, tanto de quienes lo interpretaron de forma crítica como de los que asistieron en Miami al lanzamiento. Creo que en ambos casos se apelaba a la calidad del libro, y eso me ha dejado contento. Ya en el caso específico de Miami, los que no me conocían en persona fueron casi la totalidad de los presentes; asistieron por el poder de las redes sociales donde suelo publicar mi textos, en mi blog, etcétera.  Y aunque la noche en Delio Photo Studio fue mi bautismo en relación con presentar un libro en Estados Unidos, se hizo posible una complicidad también dual. Por un lado la receptividad y por otro el intercambio de preguntas y respuestas. Pude responder con transparencia, sin echarme a correr. Me interesaba aprovechar el espacio. Nadie te va a enseñar a ser escritor, bueno o malo uno ya lo es; se trata de la posibilidad de mostrar tu literatura. Eso era lo más importante y lo hice.

AA. Sé que disfrutas los textos críticos del ensayista Ángel Velázquez Callejas. Incluso tu libro “Sentado en el aire” fue reseñado por él. Sin embargo, Callejas ha sido blanco de reacciones airadas aquí en Miami. Algunos no lo prefieren rubio, sino callado. ¿Te resulta estimulante esta clase de crítica, relativamente inusual por su enfoque y su descarnada sinceridad?

JCR. Mira, a estas alturas del inning creo que hay que denominar este fenómeno como “el susto Callejas”. Y no es que no respete a sus detractores ni sus motivos, es que lo veo como una reacción a algo que no debe verse como definitivo o concluyente. Te explico. Tengo la máxima de tener afinidad con amigos con los cuales no coincido, y soy tolerante en ello no como una práctica; digo incluso que es un azar no recurrente, y en ese intercambio de ideas que a veces hasta son contrarias he aprendido a ser paciente y no recurrir a la réplica como mecanismo de defensa. Será porque nunca me tomo una crítica como un ataque a mi persona. O te sirve y aprendes de ella o simplemente no es algo que amerita tu respuesta.

Antes de conocer a Callejas y conversar, lo he visto como lector. Lo primero que pude observar fue la forma de decir, un lenguaje que maneja lo poético con soltura y cada vez se supera. De modo que creo que en ese proceso de aprendizaje y boom con el que se me presentaba este desconocido, antes de juzgarlo o estar de acuerdo quise entender lo que comunicaba. Luego de instalarme en esos predios, asumí una afinidad para reflexionar sobre estos temas. Porque no se trata de ir al párrafo tal o cual, se trata de responder a definiciones con argumentos, que hasta ahora no es lo que le falta a Callejas. Claro, tampoco es cuestión de que nos gusten o estemos cómodos con todas sus definiciones, es que en eso que llamas descarnado o inusual se apoya la base de cómo ve y decide plantear su crítica. Hago catarsis entonces con lo que tengo de juicio al plantearme la poesía. Ojo, plantearme, no plantarme.

La vida son etapas. Para vivirla a plenitud  deben superarse las expectativas de calidad pasadas, y los poetas no son, en su retroalimentación con las fuentes que sean, una excepción.

AA.  Durante tu última estancia en Miami te alcanzó para presentar dos libros. También para tomarle el pulso cultural a la ciudad, donde conviven varias peñas literarias. Hay un debate en torno a la atomización de la movida literaria en la ciudad y la competencia, no siempre saludable, entre ciertos grupos. ¿Qué opinión te merece?

JCR. Esta es la pregunta más difícil. Debe ser porque mi concepto de libertad es individual, conquistada hace mucho en lo plural y lo diverso. Viene del entendimiento pleno de ejercer esa libertad sin cortapisas. Nací de una mujer, pero bien pude ser esa mujer para este hombre que soy en otra vida. De modo que lo que mis amigos asumen como bueno para ellos no tiene por qué ser bueno para mí, y esta independencia no debe constituir un conflicto sino, mejor, una liberación. Ni la distancia, ni el qué dirán, ni ningún ego, pueden cambiar ese concepto. Uno sólo puede decir: Los amigos nunca son para siempre.

Algunos intentan premiarte o castigarte desde la manipulación de sus intereses, los que sean, los más mezquinos o los más altruistas. Por ello he dejado de cargar con sentimientos de culpa ante conocidos y desconocidos. Y como la vida es pensar y luego vivir, y como todo es un aprendizaje, si como te digo arriba –lo he dicho y repetiré intencionalmente– ya nadie nos va a enseñar a ser escritores, no es difícil interpretar qué pasa cuando uno, aunque sea de forastero, llega a padecer eso en Miami.

De un lado todos me trataron con mucha cortesía y cariño, y cada quien me dio el lugar que entendía podía merecer. Pero de otro, en los preámbulos, las comidas, la visualidad de cierta violencia peatonal y descortesía –que padecen los servicios en general en muchos sitios de la ciudad–, pude evaluar una diferencia y diversidad en lo tocante a peñas literarias en alza y de calidad. Antes, desde el mundo online, tenía cierta cercanía a esto, pero tras las lecturas y lanzamientos tengo la impresión que la esencia de la vida cultural en Miami no radica sólo en alguna atmósfera de farándula o en delimitaciones de proyectar ciertas rasgaduras, o en el desarraigo propio de su condición de capital del exilio cubano.  Ahora, salirse de esos potreros por la puerta, sin ocultarse, es como la afinidad, es otra cosa. Por ejemplo, te permite estar en el lanzamiento de alguien con quien sostienes diferencias personales. Si trasciende, va a deberse a su contenido atemporal, nunca porque la voz de un juez moral defina quiénes o cuáles son los mejores sitios o personas.

Y con esto te digo que se van a aislar por conciencia o conveniencia aquellos creadores que no sean capaces de romper ese esquema disfuncional de antiguo funcionario de Letras que designa a amigos o enemigos por su aval político, por el lado de la cama en que duermen o por otros criterios. Estamos en la era de Internet, de las redes sociales, en una dimensión digital que define nuestros rasgos, y temerle a ello es como si una ciudad se estancara al punto de convertirse en una aldea con barracas.

La mentalidad y elegancia de competir y atomizar esa movida cultural tiene que saltarse las tranqueras metatrancosas  o de sentimentalones arropados en personajes de estilo, en pose o conflicto de telenovela. Porque es mediocre y enfermizo y porque no es para que San Pedro nos abra por asignación divina las puertas del paraíso. Tampoco se trata de un pasaje del infierno lo que nos abrirán: las cosas, para ser normales dentro de la anormalidad en la que confluimos los creadores, deben ser civilizadas. Y esto por mucho tono polémico o de pulso que tengamos a bien usar. No sólo es cuestión de principios en lo ético y estético, sino de verdadera tolerancia.

Sobre el autor

Armando Añel

Armando Añel

Armando Añel (La Habana, 1966). Ghost Writer, fue periodista independiente en Cuba. En 1999 recibió el Primer Premio de Ensayo de la fundación alemana Friedrich Naumann. Ha sido columnista de periódicos como Tiempos del Mundo, Libertad Digital y Diario las Américas, y editor de revistas como Perfiles, Encuentro de la Cultura Cubana, Islas y, actualmente, Herencia Cultural Cubana. Ha publicado las novelas "Apocalipsis: La resurrección" y "Erótica", la compilación de relatos "Cuentos de camino", los poemarios "Juegos de rol" y "La pausa que refresca" y las biografías "Instituto Edison: Escuela de vida" y "Jerónimo Esteve Abril, apuntes y testimonios", entre otros. Vive en Miami.

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