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Juan Manuel Cao: ‘Hago un periodismo sin complejos’

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Juan Manuel Cao: ‘Hago un periodismo sin complejos’

Juan Manuel Cao en plena faena periodística

Juan Manuel Cao: ‘Hago un periodismo sin complejos’
enero 26
15:06 2016

 

Juan Manuel Cao es escritor y periodista cubano. Ha sido presentador en el Noticiero 51 de Telemundo y lo es en el noticiero de América Tevé, en Miami. Conduce el programa El Espejo, que se transmite por ese canal de lunes a viernes a las 10:30 p.m. En 2004 la Editorial Planeta publicó su novela Te juro que soy culpable, y recientemente también apareció su libro El impertinente. Esta es la entrevista completa sobre su cobertura de la actual crisis migratoria, que cubrió para América Tevé y mantiene a miles de cubanos en Centroamérica, en tránsito hacia Estados Unidos.

Arturo Arias-Polo. ¿Cómo se organizó la cobertura?

Juan Manuel Cao. En el programa El espejo llevábamos más de dos meses siguiendo de cerca la crisis. Intentamos ir a Puerto Obaldía, en Panamá, donde en ese momento había más de 800 cubanos varados, pero nuestro canal se encontraba en medio de una disputa legal y no fue posible coordinar el viaje. Zanjado el caso judicial, la nueva directiva me propuso viajar hasta Costa Rica, convivir con los refugiados y luego seguir toda la ruta hasta Miami. Fueron 10 días de cobertura continua y más de 5 mil kilómetros de recorrido por carretera.

¿Qué diferencias encuentras entre la cobertura realizada por los medios en inglés y la de los medios hispanos?

No sé. No he visto la cobertura de los otros canales. Por allá, por los campamentos de La Cruz, Costa Rica, supe que estuvo el New York Times, y me topé con una reportera de NBC, pero no he leído ni he visto lo que hicieron. Aunque tal vez sea mejor que no le presten mucha atención a la noticia, y evitar así un brote de xenofobia. Lo interesante de este caso es que se produce en medio de un ambiente anti-inmigrantes a nivel mundial. Cerca de la frontera con Nicaragua, vi en el televisor de una cafetería, un reportaje sobre la manifestación masiva que se realizó en Colonia, Alemania, al grito de que se vayan los extranjeros. Y aquí en USA, Donald Trump sigue liderando las encuestas gracias al mismo mensaje. Mal momento para todos los éxodos.

¿Podrías describirme el recorrido que hiciste siguiendo a los migrantes cubanos?

De Miami a Costa Rica

Partimos de Miami, rumbo a San José, Costa Rica, donde había una treintena de cubanos presos porque llegaron tras el cierre de la frontera tica: ellos enfrentaban la posible deportación. Allí recibimos de Teletica apoyo y coordinación para la cobertura. Especial agradecimientos a Ignacio Santos, su director de noticias, y al reportero Álvaro Sánchez, con quien manejamos seis horas hasta la ciudad de Liberia, donde hay varios albergues de cubanos y donde está el aeropuerto internacional del que días después despegó el primer vuelo. Luego, tras 45 minutos más de carretera, llegamos a La Cruz: una tranquila localidad limítrofe de 11 mil habitantes, cuya bucólica paz ha sido alterada por cerca de 2 mil cubanos que, tras el cierre de la frontera nicaragüense, terminaron por constituir, en tres meses, el 20 por ciento de la población local.

Plantamos en un motelito del pueblo y durante cinco días convivimos con los refugiados en los campamentos de La Cruz. Como no nos permitieron volar con ellos hasta El Salvador, ni acompañarles en los autobuses a través de Guatemala, hicimos un periplo maratónico, para poder adelantarnos y recibirles en la frontera mexicana. Cuatro despegues y cuatro aterrizajes en apenas 16 horas: de Liberia, en una avioneta checa hasta una apartada y hermosa playa llamada Tamarindo, con pista de piedra y un paisaje montañoso digno de una postal turística. Luego a despegar en la misma pista saltarina hasta San José, y de allí hasta el D.F. México, donde en la noche abordamos un atestado avión que nos dejó en el aeropuerto de Tapachula, con lluvia y sin taxis, trasladándonos en una camioneta descubierta, rezando para que nuestros equipos no se mojaran demasiado. A la mañana siguiente, otros 45 minutos hasta Ciudad Hidalgo, a donde llegaron luego los cubanos tras haber atravesado sin detenerse El Salvador y Guatemala. 42 de ellos, previo acuerdo, subieron a un autobús rentado por nuestra empresa. Y allí empezó la gran Aventura de cruzar México de sur a norte:

Atravesando México por cuenta propia

De Ciudad Hidalgo, nuevamente a Tapachula, para entonces ir atravesando la selva hasta Tuxtla Gutiérrez, la capital de Chiapas, donde no pude evitar la pregunta de si la guerrilla Zapatista aún seguía activa, o por cuáles de esos parajes se ocultaba el subcomandante Marcos. El chofer me respondió con ironía que estaría peleando en algún hotel de París.

La próxima parada fue en Veracruz, donde coincidimos con un grupo de africanos que al parecer hacía la ruta ilegalmente hasta la frontera. Seguimos sin parar hasta Puebla y de allí bordeando el D.F. hasta San Luis Potosí. Subiendo y bajando la Sierra Madre, a dos mil quinientos metros de altura, con frío y asombro ante el imponente espectáculo de la naturaleza. Luego, sin parar, hasta Monterrey. Esa noche nos tocó dormir en el autobús, apretados y tensos: pues teníamos la opción de acortar camino hasta Matamoros, pero eso significaba adentrarse en territorio de los Zetas, de modo que el chofer aconsejó perder tiempo y ganar seguridad.

Yo hubiese preferido no parar en medio de la noche, pero fue inevitable. Comimos en cierta taquería, al borde de la ruta, en la que el humo de la parrilla le agregaba un aire tenebroso al sitio, y donde al fondo, justo en la mesa más apartada, iluminados sólo por el reflejo de las velas colocadas a la virgen guadalupana, había tres hombres tomando Tecate, y bajo la mesa, muy a mano, asegura nuestro camarógrafo Luis Quián, varias ametralladoras Uzi. “El Pelusa”, uno de los refugiados, dice que no les vio la menor intención de ocultar las armas, Y Alexis Ardines, el productor de El espejo, jura que cuando llegamos, uno de los capos colocó la ametralladora encima de la mesa. Pero 40 cubanos juntos, hablando alto, excitados por el olor a carne asada, pueden resultar más intimidantes que tres charrasqueados, y la mayoría, incluyéndome, no se percató del gaje. Además, la carne, a pesar de que era sacada de un cubo en el piso, sin refrigeración ni guantes, estaba buenísima, y los tacos insuperables.

En otro trayecto del camino el chofer tuvo que esquivar varias piedras enormes colocadas para forzar la parada del vehículo. Cuando llegamos a Nuevo Laredo, según la cuenta del Fidelio Guillén, representante del grupo Pegaso que nos guió durante todo el trayecto, 14 retenes habían detenido y requisado el bus, siempre con la incertidumbre de no saber de antemano si se trataba de autoridades legítimas o falsas. Guillén, mexicanísimo, amable y compartidor, terminó tan emocionado que al llegar a la frontera grito: ¡Viva Cuba! Nos despedimos con fuertes abrazos.

Llegar a la meta

Los 42 cubanos cruzaron a pie el puesto fronterizo de Nuevo Laredo, agitados y tensos, fueron inspeccionados e interrogados durante todo el día, el último de ellos salió a las dos de la madrugada. Esa mañana el canal rentó otro autobús e iniciamos la ruta desde Laredo, Texas, hasta Miami; ruta que incluyo el paso por Houston, el sur de Louisiana, parte de Mississippi, Alabama y el Panhandle de La Florida, dormir otra noche en la carretera, luego bajar por toda la península hasta Orlando y finalmente hasta las instalaciones de nuestro canal en Hialeah Garden.

¿Qué fue lo que más te impresionó en el recorrido?

Los niños. Y sobre todo las niñas. Hay que sacarles a todos de allí lo antes posible. Esas no son condiciones para menores de edad. Sin escuela, conviviendo con adultos desconocidos, en un hacinamiento poco saludable para su salud mental y física, sin asistencia psicológica. Es un horror. Hay que realizar una gran operación de rescate de esos menores. Es urgente.

Como exiliado cubano, ¿sentiste alguna conexión, a nivel personal, con la situación de estas personas?

Imposible no establecer una relación emocional: son nuestros compatriotas, es nuestro propio dolor, somos víctimas de la misma dictadura, son el último capítulo del mismo éxodo al que pertenecemos, es nuestra sangre. ¡Al carajo el periodismo imparcial y antiséptico!

¿Qué criterio predominó en la selección de los cubanos que pudieron montar al ómnibus?

Simplemente preguntamos quiénes venían para Miami. Muchos no tenían dinero para pagarse la segunda parte del largo viaje. Ellos mismos elaboraron la lista. No escogimos a nadie. Algunos se quedaron en Tampa, o siguieron por su cuenta cuando cruzaron la frontera.

Se sabe que la mayoría de las personas que salen de Cuba dejan familia en la isla y en muchos caso sienten miedo de hablar con los medios. ¿No piensas que se vieron presionados a hablar al verse montados en un ómnibus alquilado por un canal de televisión?
La verdad es que no hicimos muchas preguntas políticas, todo el tiempo tuvimos muy presente que se trata de una crisis humanitaria, quienes emitieron criterios políticos lo hicieron espontáneamente.

¿Compararías esta cobertura con alguna otra que hayas hecho a lo largo de tu carrera?

         Bueno, yo reporté la crisis de los balseros en la primera mitad de los noventa, y estuve varias veces en la base naval de Guantánamo, donde llegaron a acumularse más de 30 mil refugiados, estuve en los campamentos de Panamá, y en los de Gran Caimán, y de Bahamas, donde también hubo miles de refugiados. Este es el último capítulo de un mismo éxodo que empezó en la década del 60. Cada uno con sus características particulares, pero el telón de fondo es el mismo, el sufrimiento, el desgarro, el desasosiego, es el mismo.

Periodismo sin complejos
En circunstancias de crisis como estas, ¿se vale que el periodista se involucre a nivel afectivo y termine participando en la historia y haciendo en lo que inglés se le llama “activist journalism”?

He revisado los reportajes que hice en esta cobertura para los noticieros y no veo ninguno en el que me involucre más allá de lo que las normas periodísticas requieren. En todos me limito a describir los hechos y a hacer preguntas. Prácticamente no doy una sola opinión, salvo en el programa El espejo, que es para eso. Mis reportajes noticiosos no difieren mucho de los de otros medios.

Visto así, ¿qué significa involucrarse a nivel afectivo? En mis reportajes no hay nada de eso. Sólo a la llegada me emocioné, cuando otros periodistas decidieron entrevistarme, y en ese caso ya no estaba en el rol de reportero. Hasta el final cuidé bien las distancias, de hecho fui el ultimo en bajarme del bus, y esperé para ello un tiempo prudencial, tenía bien claro que ellos eran la noticia, y no yo. Esperé incluso a que empezaran a entrar al edificio. Sólo bajé cuando vi a mis hijos y a mi esposa por la ventanilla, pues llevaba dos semanas lejos de ellos. Otra cosa es mi programa, El espejo, que es un espacio de opinión, repito. Yo no alquilé el autobús, sólo los acompañé en el viaje. El ómnibus lo puso la empresa donde trabajo y es a ellos a los que se les debe preguntar. Yo, simplemente cumplí mi asignación, que entre comillas no fue nada fácil, ni cómoda.

Ser honesto es más importante que ser imparcial

Por otra parte, la imparcialidad pura, en periodismo, es una falacia. Lo verdaderamente importante es apegarse a la verdad, es decir, a los hechos. Y el hecho concreto es que estamos ante una crisis humanitaria de orígenes políticos. Además, hago periodismo de opinión y no lo oculto. Lo deshonesto es ocultar las opiniones y disfrazarlas de reportajes investigativos. Buscarse expertos que reafirman los prejuicios del articulista y no tener el coraje de decirlo con voz propia. Lo que no se vale es dar opiniones como si fueran hechos. Cuando opino todo el mundo sabe que estoy opinando. Eso es ser honesto, que me parece más importante que ser imparcial. Los americanos le llaman “activist journalism” cuando son otros lo que lo hacen, pero cuando son ellos, usan nombres más bonitos. Fueron los americanos los que inventaron el neoperiodismo, el gonzo y todas esas aplaudidas vertientes de la crónica donde el reportaje se mezcla con la subjetividad del narrador. Además, ¿no fue “activist journalism” lo que hizo el New York Times con sus seis o siete editoriales adelantando la nueva política de La Casa Blanca hacia Cuba y preparando a la opinión pública para el restablecimiento de relaciones? El N.Y.T. actuó como vocero del poder y nadie fuera de la comunidad cubana, lo critica. Todos los americanos matan por recibir el premio Pulitzer, y Pulitzer fue uno de los máximos exponentes del periodismo amarillo. Yo simplemente hago un periodismo sin complejos.

Los nietos de la revolución

Muchos cubanos del exilio están expresando su rechazo a los cubanos que están llegando desde Costa Rica. ¿A qué lo atribuyes?

El exilio ha sido demasiado largo. 56 años de dictadura es mucho tiempo. Ya vamos por la tercera generación. La primera oleada de exiliados estuvo conformada por aquellos que, de un bando o del otro, protagonizaron la revolución. Todos habían vivido el capitalismo, conocían las reglas del juego de una sociedad democrática. Por lo tanto, les fue fácil integrarse, e incluso tener éxito. Se trataba, en gran parte, de la élite empresarial, política e intelectual de aquella Cuba agitada pero próspera, muchos de ellos hablaban inglés o habían estudiado en universidades norteamericanas.

exodo cubano

La segunda oleada fue la de los hijos de la revolución, y se puede marcar a partir del Mariel, incluyendo a los balseros del 94, o a los quedaditos en el llamado exilio de terciopelo. Estos exiliados ya habían gastado al menos dos décadas (o más) de sus vidas en el comunismo y habían sufrido las distorsiones que esta experiencia presupone. Pero al menos habían recibido de sus padres la enseñanza oral de cómo era la vida antes del castrismo. Les costó un poco más adaptarse, pero lo lograron. Y el que no se adaptó fue eliminado por esa suerte de mecanismo darwiniano que los condujo a la cárcel, o a la tumba. Los que jugaron a ser Scarface ya sabemos cómo terminaron.

Esta que estamos viviendo ahora es la tercera ola: la de los nietos de la revolución. Sus padres nacieron dentro de la dictadura y por lo tanto no pudieron transmitirle la memoria de un pasado que ellos tampoco habían vivido. Es lógico que a estos muchachos les cueste más adaptarse, pues tienen referencias muy vagas sobre los mecanismos de una sociedad de mercado, y mucho menos de una democracia. Conversando con ellos te percatas de que la mayoría no sabe delimitar bien las fronteras entre gobierno y sociedad civil, entre propiedad privada y estatal. Pocos han escuchado hablar de la separación de poderes. Prácticamente ninguno entiende cómo funciona la bolsa de valores, qué es una hipoteca, un préstamo a plazo fijo, o un seguro de vida. Aunque la mayoría expresa deseos de trabajar duro, en realidad no todos tienen una verdadera ética laboral porque crecieron bajo un sistema desestimulante.

Por lo tanto, es injusto juzgar a estos nietos de la revolución con los parámetros de quienes llegaron antes. Lo inteligente es ayudarles. Es lógico que los exiliados más viejos no se sientan identificados o reconocidos en estos jóvenes que no solo se comportan de manera diferente, sino que gesticulan, hablan, o se visten distinto. Cada uno se mueve en diferentes escalas de valores.  A quienes les ha costado tanto trabajo insertarse en esta nueva vida les molesta instintivamente estos nuevos compatriotas que de alguna manera los hacen quedar mal ante el resto de la sociedad norteamericana. Lo inteligente sería tratar de encontrar puntos en común, pues a pesar de la distancia en el tiempo y la experiencia, aún sobreviven muchos. Basta compartir un café y unas cuantas anécdotas para encontrarlos.

Lo irónico es que nos pasamos la vida denunciando la represión en Cuba y cuando no topamos con cubanos temerosos de hablar, nos asombramos. Nos pasamos la vida denunciado el adoctrinamiento, y cuando escuchamos a cubanos adoctrinados, nos molestamos. Vivimos advirtiendo sobre la destrucción de valores y cuando nos topamos con el fruto de ese sistema destructor, reaccionamos como si ante nosotros tuviéramos al victimario y no a la víctima.

¿Piensas que la supuesta solidaridad entre cubanos es cosa del pasado?

No. La solidaridad entre cubanos está pasando una prueba difícil, tal vez una crisis de identidad, o un periodo de readaptación, pero en el fondo sigue ahí, latente. De hecho son muchos a los que, a pesar de los recelos, he visto dispuestos a abrir el corazón a esta nueva tragedia humanitaria, e incluso dispuestos a convertir ese sentimiento en hechos concretos. Pero hay que tomar en cuenta que esta tragedia ha sido demasiado larga, y que la gente está cansada, porque han sido muchas las decepciones. Hay que tener paciencia. Los exiliados históricos con los recientes. Y viceversa.

Sobre el autor

Arturo Arias-Polo

Arturo Arias-Polo

Arturo Arias-Polo es periodista y productor de televisión. Actualmente escribe sobre espectáculos y temas culturales en el diario El Nuevo Herald, de la ciudad de Miami. Reside en Estados Unidos.

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1 comentario

  1. Rebeca Esther Ulloa
    Rebeca Esther Ulloa enero 27, 20:17

    La verdad que tanto Cao , como Mario Vallejo, Isabel Cuervo, Yusnaby Perez , Alexis Ardines y tantos otros periodistas, reporteros, tecnicos, asi como CArlucho, y empresarios, en fin … si bien no ha habido un movimeinto digamos masivo por parte del exilio en apoyo a este exodo “de balseros de a pie”, estas personas y otras muchas han hecho poaible que estos hermanos, proque ellso tmbien son nuetros hermanos , no se hayan sentido abandonados… y sguimso ne la campaña “QUE PASEN LOS CUBANOS…” Gracias a CAo y a todos los qu ehan colaborado en esta campaña…. de veras, muchas gracais , al igual que miles de gracias a Cost Rica y a los politicos que brindaron su apoyo…y gracias a Neo club por publicar iesta entrevsita…

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